viernes, 18 de diciembre de 2009

INVIERNO

Luz que se abre, ahogada sed, ola de viento,
tu nombre creciente en el sueño al fin logrado
talla el sol que resplandece con su grito luminoso.

Así, como el amor, un barco que palpita,
sombra o huella de unos dedos tibios que recorren
la distancia de tus ojos, el oleaje próximo.

Acaso en cada lágrima tu espuma late,
en el espejo azul que su cosecha acoge
sin ser imagen ni reflejo, apenas beso.

Antigua sed, pasiva niebla, luz de viento,
caracol de tela, lento como el fuego,
como el corazón que sin decirlo calla.

Entonces ya tu boca, gozo único del tiempo,
horizonte mío, arena de cortinas vivas,
se abre para siempre como un pozo hasta mi boca.

Dime por qué cae sobre tu pelo algún reflejo o bruma,
quizá una parte de los días que solecen
en el manto de tu piel la hierba que acaricia.

Asumo el frío cuando crece en la memoria
y la distancia es un témpano que florece a veces por la noche,
como todo, amor, que nace sin dejar un rastro de plena fijación y calma,

más que nada cuando espero tu voz como la nieve,
sangre blanca que cae sobre las horas y las hojas,
en el dolor que tengo de la tierra o tu caricia.
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lunes, 14 de diciembre de 2009

FUNERAL

Siempre buscando, siempre volviendo,
la escalera, el piso que espera
su polvo o su carne,
su nube cargada de harapos y migajas.

Cada cajón cuando enciende su mariposa
se envenena con tus ojos natales,
y tu corazón sin manos huye.

Muriéndome, constante marea o desgano,
puerta que se bate sin su pomo de cobre,
gruta de papel que enciende su fuego con palabras,
humo final del agua que se estanca.

Pensaba en otras cosas, en cristales y fríos
rompiéndose los unos y los dedos,
mutuo y constante devenir, aliento,
bofetada oculta tras las sombras.

Luna o costra permanente, sed, mentira:
tu pecho, como un desierto acribillado
no entrega sus dunas latentes
al hueco de una boca que sangra como el agua.

Estero, en todo caso miel que corre
con su olor de sal y brazos largos,
caricia de un día húmedo que pierde
el pez intacto de las horas que se multiplican.

Buscando o volviendo, así y siempre,
con una magnolia en el ojal de tu vientre,
preparo tu sepelio con mi propia muerte,
entre esta pena, o sombra que transcurre
en el límite del amor que aquieta sus alas lastimadas,

o en el pozo o la ladera que a tu cuerpo ciñe,
con flores secas y fragantes,
mi soberano odio, mi rencor inconquistable.


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lunes, 7 de diciembre de 2009

REINA DE SABA

Makeda, luz, infatigable reina
al corazón del pueblo que miraste,
quita la razón, corazón oscuro;
Umbral de sangre que tu piel derrama.

Es, en la memoria del atardecer,
del canto de la noche que se enciende,
arco gris que en tus ojos se decanta,
como una lágrima de sal que arde.

Veo en tu piel el mapa de la tierra.
Los ríos son tus ojos que me miran.

La luz que toca en ti al universo
es una luz que nace de las piedras,
y crece de mi amor cuando te miro.

Llego como un niño, pero soy un hombre
que viene a beber las fuentes de tu cuerpo:
la blanca leche que tu seno vierte,
y la clara miel que tu interior derrama.

De ti lo quiero todo:
tus dedos, tu lengua, tu saliva,
quiero el olor de tus ojos en la noche,
la sabana de tu vientre que me mira,
la gruta acurrucada entre tus piernas.
Quiero tu beso ahogándome la boca,
las uñas de tus dedos abriéndome la espalda.

Oh! Reina de las franjas de mi alma,
ven a mi cómo una daga,
que me hiere y me desangra.

El laberinto de Asterión será nuestra morada.
El cielo es una roca enorme
y cuando tú me ves se ilumina día y noche.

Este es el inicio de la historia
en que tú y yo vamos a amarnos:

Así las fuentes de tus manos fueron
luz del agua que vació mi llanto,
y en tu tacto se humilló mi odio.
Y la caricia tuya bastó para sanarme.

Como si una extraña fiera me atrapase,
o algunas lágrimas de oscuras golondrinas te rondasen:
así mi sed te alcanza,
y busca en tu esplendor de rosa mis espinas.
Besé tu frente y tu piel quemó mi boca
con un fuego incontrolable.
Pero así, como todo pasa, de tu cuerpo renacen mis manos,
como si a la piel del tiempo la cubriera una regular capa de bellos ocres.
Si mis manos fuesen dos árboles, el otoño sería en mi caricia tu regalo
y sería capaz de acariciarte sin huelga, sin medida,
y sólo el lamento prohibido de tu voz podría lograr desobediencia.
En tu cuerpo no hay caminos,
y cada uno de mis dedos engendra un paso hacia tu gozo.
En tu cuerpo cae como sudor tu lluvia,
y mis manos en ti se contienen,
como en un pozo transparente;
pues cada oquedad sufrirá el desafío de mimarte:
manos, dedos, vulva, todo se confunde junto a un beso,
un beso que se traga el aire,
que consume el fuego y deja huérfano los ritos del deseo.
Sé que me ignoras,
que a veces no has querido verme,
pero mis manos te harán saber que nadie podrá callarte con un beso,
como uno que, ardiente, despida el límite de mi boca.
Tú tienes muchos que te quieran,
pero mi único querer será una brizna de tu cuerpo.
Ya no tengo risas,
mi único lugar es el desvelo,
y no me importa cuántos ojos miren el eclipse de tu media luna,
si mis manos te constelan la sonrisa.

Yo era un fantasma:
pasaba por el mundo oliendo tu mirada,
el juego de tus ojos y tus besos,
pero ahora soy un minotauro, dueño de su propio laberinto.
A nadie di más de lo que a ti te di.
A nadie abrí las puertas de mi alma.
Pero la búsqueda de un calor que aún no encuentro
me otorga la oportunidad de otros caminos.
No nací para ser feliz, pero sé amar,
y la felicidad es en mí un océano donde navegan otros cuerpos.
El amor se refleja en mis ojos,
y dentro del reflejo la luz del alma se me pierde.
No sé
Nada sé,
pero siento que nadie ha de hablarte
como yo te hablé;
alguien querrá hacer contigo lo que yo ya hice,
pero tú,
mariposa, cosmos, viento,
serás llena de un espíritu indomable.
Sólo de mis manos saldrán estas palabras,
y de mi mente que te piensa,
pero sólo en ti está que quieras segarlas y poblar algún jardín
que esté libre de flores muertas.

No has de perder lo que te pertenece,
Igual no perderás lo que nunca has tenido.
El idilio se establece como una frontera entre dos seres
y la distancia es un abismo que teje los atardeceres del olvido.
Sólo te veo y me acerco,
mi mano tibia roza la línea de tu espalda,
y un río de gotas cristalinas pierde su cauce.

Quisiera tomarte, pero me siento herido,
y en mi memoria un hilo de sangre me cruza de este a oeste los estíos.
En cada verso que yo escribo ves mi alma que se acaba,
y en cada palabra que vierto mi vida se llena de vacío.
Entonces escribo para estar siempre colmado,
y requiebro mis lágrimas cuando llego a ser aquel fantasma.
Pero ahora, si me ves,
podrás saber de qué estoy hecho,
y así podré aprender
de las cosas que comparta.
He sido siempre el mismo, no tengo disfraz, un nombre oculto
y la causa de la vida, que es mi causa,
enarbolará la bandera de mis ansias,
y cuando mi caricia se reparta y mi palabra truene por las líneas
seré el halcón que vuela y someterá una presa hacia el amor y el
desenfreno.
Sí, yo soy.
Sólo falta que me veas, clara reina
cuando vuele por tus reinos,
y cuando yo sea el viento
viajaré a conquistar esos rincones
que los mundos de tu cuerpo me tienen deparados.
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jueves, 3 de diciembre de 2009

ABANDONO

Ahora un aroma oscuro se eleva entre tus cabellos.
Inhalo tu vapor y en mi sentido engendras un gusto de caricias.
Y para ti se abren las ventanas del día,
y tu mirada aparece entre las sábanas,
y el color de tu piel ilumina
el resto de un saludo que esbozo a la distancia.

Tu mano se estira,
me llama,
y caen ya los telones del ensueño.
Un beso te pido,
sólo un beso,
pero a través de la ventana
el viento se lleva mi deseo hasta el invierno.

Tu pie pequeño se levanta
y cada paso es la huella de mi alma.

Tu rastro es mi camino
y en la penumbra gris te sigue mi sombra encadenada.

Te siento como un manto frío y desolado,
y mi cuerpo ya no enciende los calores del pasado.

Es la hora del olvido,
y en el enjambre de los besos que un día fueron,
se desmontan los recuerdos entre lágrimas de acero.

Me marcho a otra isla,
a llorar los colores de las sombras,
y en la alfombra de tu nombre
dormiré el sueño gris hasta la muerte.

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lunes, 30 de noviembre de 2009

OTRO MUNDO

Llega el momento en que todo perece:
un río, tu mano, la ola de sal;
el adiós se despide de la sombra,
el minuto se parte en dos mitades.
Vengo de tu sol, como tu voz blanca,
y un río te recorre como mi voz,
como una nube que se precipita
en el estero que son tus dos ojos.
Nace una hoja en el desierto claro,
tu mano está en la orilla de mi pecho.

Cae tu cuerpo en el revés de mi mano,
y la rama del día se decanta,
la noche es una hoguera que aparece
con resistencias, sin nubes, sin piedras.
La noche crece, se agota, renace,
siempre dentro de tus ojos cansados.
No quedan luces que compongan restos
de los sueños que nacen con tu nombre.
El fin es un muñeco leve y triste
que nace más allá del horizonte.

De qué historias hablábamos entonces?
Tú, los dos, perdiéndonos y hallándonos,
sobre la piel extensa de los ríos,
buscando la manera de ser otros:
morir juntos, arrasarnos, amarnos;
yo, los dos, quemándonos en palabras
abriendo olvidos, pozos en la tierra.
Soy un hombre que se sienta y te mira
mientras todo desfallece: el valor,
la matriz, el cosmos, la absolución.

En el desván del día nace un beso,
sin claridad, sin norma como un filo,
que se consume como aquella lumbre:
vela trémula que tu mano enciende.
Cada tarde es tarde y el rito clama
mi tacto que toque tu tibio sexo,
la herida, la cicatriz de mi boca,
los dientes que muerden, pieles que sangren.
Todo queda, nada cabe, anochece,
y te beso con un beso de muerte.

Aquí renace la sustancia cruda,
la voz, el grito, la música rota
del centro de la media tarde oscura,
donde crecen los pasos y las horas.
Para decirte amor, te digo viento,
y vuelas en mis ojos y mis manos.
Creces, me absorbes, mi sangre te llama,
sin voz, sin resistencia. Los dos somos
la fuente azul en la que el fuego nace.
Viento y fuego, somos alas y sangre.

Es hora de buscarle los sentidos
a la huella, las voces, la distancia.
Todo recae, sin luz, bajo tu sombra.
La piel se agota como una página,
ya no escribiré más sobre tu cuerpo.
Para decir que muero yo te escribo,
revives, renaces, eres el fuego.
En donde ya no sopla el viento creces;
cada cosa que nombras se marchita.
Yo no escribo para matar el tiempo.

Recógeme en tus manos, junta besos,
mantén abiertas las cortinas rotas,
busca en el baúl sin fin los retratos.
Hallemos una casa mientras duren
las flores que nacen en los cajones.
nadie será como nosotros fuimos,
dentro del vino se quedan los besos;
para que pueda ser, seremos otros,
sin gritos ni miradas, nada queda,
un mar de lágrimas entre los dedos.

Caminas con tu pie desnudo y vuelves,
la huella deja en la tierra tu forma,
y el río que cantaba como el agua
ahoga al fin mi corazón perdido.
Ya no oigo, se pierden las ciudades,
pasas de mí, te alejas, te deshaces,
como un viento que arrastra mis fronteras,
como un bosque de árboles sin hojas.
Luna gris que desde el cielo apareces,
baja a la sombra de mi voz que muere.

Cuando el tiempo se cierra no hay sonidos,
no hay pasajes de ida ni regresos,
sólo queda el recuerdo de unas rosas
y espinas que clavaste en mi costado.
Cuando las lágrimas se secan mueren,
los ojos se deshacen, son vacíos,
y la lumbre que es tu mano se muestra
como una ola que se pierde lejos.
Eres arena y frío, eres fuego;
yo soy uno que te sigue los pasos.

Aquí mi voz también deja su huella,
no sé qué hacer, quisiera hacerte daño,
como escribirte versos para siempre,
ser todo mi cuerpo como una mano
y dentro de mi piel dejar mi sangre.
De mí tuviste todo, mi sed, mi amor.
Todo lo que tocamos se encendía,
abrías el tiempo, yo lo cerraba,
los dos nos desnudamos, nos amamos,
apareció el adiós, la pena y nada.
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viernes, 27 de noviembre de 2009

LA MAÑANA

Junto a los flancos de noviembre, iluminada gota,
tu caricia, simiente lívida, abrazo,
prisa constante,
dentro del morral de agua,
sed oscura, el cielo sin su calle,
prevalece la mirada que hiere los ojos de la nieve,
la mañana pálida.

Estalla el fondo, un cauce, revienta la hora,
entabla, amoroso correr de casillas,
un alfil remoto, su partida.

El cristal se rompe con una voz de madera.
La ventana se abre y el frío penetra
sin su límite irresistible,
como un insecto fresco que copula con el viento.

Un grito, muchedumbre de hojas lánguidas,
oh! tú, precioso instante que te escapas,
memoria plena de colores que se rompen,
resuelve, cabello negro o de plata, lo que muerde.
La piedra va rodando hasta la arena que llora.

Tu cuerpo, manantial que vibra transparente
como un espejo de asfalto, velo de brea,
enciende la pared el musgo ceniciento,
tu mano que pasa y que lo borra todo.

En un bosque de nubes apareces desteñida,
quebrada por las alas, los ríos que recorren las piedras,
el plumaje creciente o la desdicha,
o líquido y sonido que se extingue.

Tu boca, esa pequeña bóveda en la mañana,
lugar oscuro que renace de la cera,
palacio donde la luz no entra ni se hace,
proviene, camina con su manto dolorosa,
marea que decrece,
cuando avanzan las voces que refulgen.
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martes, 24 de noviembre de 2009

RESISTENCIA

Te he querido siempre y nunca,
y como el faro que hunde su ojo luminoso
en la penumbra insípida de las horas diminutas,
entorno los azules estribos del desierto y del oleaje.

Grávida e ingrata soledad de nidos y de piedras.
Grieta entre cejada y blanda primavera,
tierna sensación de la caricia impenetrable y dura:

Así, mirándote tu luz no alcanza,
no por ser instante o diferencia,
porque nunca es más olvido el beso que se evita.

No me busquen más el filo de tus dedos,
tus uñas abiertas en el día accidentado.

Que se caigan tus ojos, que las aceras me consuman,
que una nube de perlas no sean más tus huellas ni tu lengua.

Olvido que remonta su montaña propia,
tu silueta, el contraste de la sal y de la roca,
y cuando al fin desaparece la puerta que se cierra,
el largo roce y su correspondiente estío,
no existe el sofá, marfil que se derrite
en el pesado terciopelo, todo se pierde.

El rumbo hundido y su medusa que mata,
intenta ser espuma, lívido intercambio
de silencios y de dudas.

Estatura que recae con su fiebre alterna
y con sus venas vacías.

El ojo del amor se cierra,
como una boca transparente,
el cuerpo que la piel enmarca permanece
con su ramaje invertebrado, el calor sin velos,
la encía dolorosa sangra en los días sin luces
y en las sombras que desaparecen.
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domingo, 22 de noviembre de 2009

AMOR

La tarde dio en tu falda,
sembrando de luz la porción de tu ventana,
que florece.

Lejos de la hora antigua que despierta,
el día hierve con su campana de sol,
y contiene su codo de vapor en tu mirada,
como una nube de sal azul que se condensa
en el plato profundo de las frutas,
en el centro ausente de la mesa.

Habíamos encontrado en el cauce de las manos
el día sin fin, los meses recurrentes,
y en el aliento vegetal de los jardines
las cosas necesarias para amarnos.

Desde allí creció la extensa espiga del amor,
en tus ojos de profunda languidez y espera,
al borde fino de tus párpados entristecidos,
con su herida de lágrimas resplandecientes;

presa mía, hundida en la prisa del cielo sin nosotros,
quedaba fuera de tu rastro el candelabro de velas agotadas,
y cuando una cortina se cernía sin sus pétalos robustecidos,
nacían témpanos de piedra y fuego en nuestros besos.

El primer latido de la primavera
nos cubrió con el olor crucial de los tomates,
y el último rocío que invadió tus senos
estuvo siempre a merced de mi horizonte.

El tiempo fue, sin duda,
una cascada en el pleno desafío de la aurora,
que llegó sin pájaros oscuros, sin su violeta torturada,
con hojas rebosantes, y minutos llenos.

Mi mano entera coció tu piel,
y en tu cintura mis dedos de canela fijaron el talle
de la voz constante y negra de la noche,
y en el agreste infierno que de la mañana ausente brota
se prendió el pálido temblor de una caricia abandonada.

A veces era yo en la silla vacía,
o la tajada menos en el plato;
los pasos que entran y salen
delatados por las tablas o el silencio,

y había aquella tarde que llegaba adelantada
casi siempre con lluvias tristes, sin paraguas,
y estremecía los jardines púrpura de tu falda
con los olores de la tierra doblada sin señales,
envolviendo sin medida tu vida, mi existencia,
como una brisa que reparte su aliento gris y vespertino.

Pero al cruzar la puerta, todo comenzaba,
el acre chirrido en la bisagra,
alguna tenue sacudida en el abrigo que se cuelga,
los segundos pavorosos,
la mínima distancia...

y ahora que te veo, amor, de vuelta
más allá del vano, en el umbral de la cocina,
sé cuánto te amo, y me comprendo,
y cada día es empezar
con tu silueta en la ventana.

Y sucede siempre aquel instante único:
tu pie sensible saliendo del zapato,
tímido animal entregándose a mi mundo.
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viernes, 20 de noviembre de 2009

DESTELLO

Eran horas de guerra,
de una batalla feliz, insomne,
en que mis manos tocaban
tu sonrisa voraz,
el bosque liso de tu vientre,
la tala de besos de tu espalda.

Eras un mar de continentes,
y yo una lámina de esmero,
de placer, de consecuencia,
el registro del instante
en que el amor se ejerce,
en la completa oscuridad
de tu piel iluminada.
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jueves, 19 de noviembre de 2009

DE ANETANE

Una brisa de mar,
un puñal de viento por la espalda,
un pilar de agua que se arrastra:
enfrenta aletargado
el sueño del invierno.

Un círculo de sal,
la daga absurda que contempla
su hoja mínima resplandeciente:
empuña la silueta que desprende,
se acuesta, impone, se entrega
a un témpano en silencio.

Era el breve espacio, con su frasco vacío,
umbral de muelle solitario,
(madera de angustia pequeña y sosegada)
el que repitiéndose, maravillándose,
prendía el rostro grave de tu boca.

Sed de páramo marino,
lentitud de fría soledad sobre la arena,
palmeras de brazos heridos por un vendaval de acero,
se rompe, sobrevuela
las redes de la noche
con su luna perdida,

y yo encontré tus ojos,
de anetane, rosa única,
mi flor sin tiempo,

herida que mi sangre encuentra y vive,
en tu perfil, como un enjambre,
copa en donde mi boca es el borde
del cristal cuando a tu sed se entrega.

*de anetane, son las dos primeras palabras que un niño escribió en mi libreta, cuando me dijo "mira que ya sé escribir"

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martes, 17 de noviembre de 2009

ANA

Si yo tuviera otras palabras,
y los enseres de mi vida
sirvieran para amarte de otra forma,
escribiría.

Si tuviera un despertar en descampado,
bajo una tormenta de polvo,
y si me hubiese dormido ayer,
con mis párpados ausentes,
con un cierto olvido de días atrasados,
despertaría.

Si en mi alforja guardase
una semana sin hojas secas,
y caminos descubiertos,
iría con el viento a despejar las olas,
bajaría menos escaleras hacia el hielo,
llevaría tu nombre entre los dedos.

Ayer, yo mismo me hablé y me dije:
ven, entregate a tu sangre,
y no le llames, deja que camine sin tus huellas.
Pero al final hice silencio...

A tus ojos llegué
con mi propia guerra,
gritando sin botas y sin balas.

Yo quería irme y no quería
al mismo tiempo
dejarte allí, feliz y abandonada,
sin cantos ni praderas:
donde ser nosotros no existiera,
y que al abrir el campo
lo único que entrase fuera el corazón del día.

Así nada podría hacerte daño,
ni la piel que se evapora,
ni una ráfaga de abejas tristes.

Amor que llegas y te abres
como una flor incandescente,
desnuda, sin regiones, clara,
quema con tu boca transparente
mi puñal de tinta como el vino,
que te amo sin piedad,
pobremente,
con el filo solar de unas nubes que hieren.

Lloverá sobre mi corazón
la gota sur de los veranos,
en tanto tiempo que vendrá sin rumbo,
perdido entre el perfil de una comarca,
que sin mis ojos,
verán tus ojos desde lejos.
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lunes, 16 de noviembre de 2009

LA EDAD

Como un tigre que salta
sobre su propia sombra,
o fuera de su espuma verde,
la edad nació con su pirámide
de piedras azules,

y se elevó hasta el cielo
con sus nubes circundantes.

Y en su desierto angosto
tuvo las huellas que fecundó de mar y frío.

Todas las voces eran una voz
de costa larga, un rumor
que crecía con arenas desterradas,
y eran una barca de colores constantes.

De allí el olor que surge y mora,
se convierte en años y remordimientos,
en placeres, en corales, en lanzas,
llovidas desde la sangre,
desde el tono persistente,
sin piel que llore el fuego.

La edad cavó desde el final su fosa,
con su tronco de nácar,
su lápida de tiempo,
con el llanto del que pierde
una lágrima del hombre que nace.

sábado, 14 de noviembre de 2009

LLAMADO

Ahora tú me llamas como una espiga,
temblando.
Como una rosa de frío
que envuelve sus pétalos de tiempo con escarcha.

Pero también la tierra llama
y me entretengo jugando al polvo,
o al cometa establecido,
más allá de las raíces y los tallos,
donde la selva crece diariamente.

Entonces cada piedra nace
en cada paso que revienta.
Una huella es un disparo
y la tarde va enterrando sus horas muertas:
sin lágrimas ni ceremonias.

...yo respondo a tu cosecha de besos,
a cada letra intermitente:
llamaré al cielo sin nubes, mi rostro,
tocaré a tu puerta y a tu vientre,
yo pondré mi boca, mis manos,

al fin tú eres mi patria
y el sol nuestra única sombra.

jueves, 12 de noviembre de 2009

SOLO Y NOCHE

Anoche visitó tu fuego mi lugar,
destilando tu calor ardiente
sobre el viento.

La noche, como un pájaro negro,
cantaba faroles con su aullido de plata,
entre las nubes abiertas
de aros celestes.

Yo sé que entre el mundo y mi ventana
hay casas de paredes blancas,
balcones con helechos de madera,
tejado de arcilla como plumas,
y crecen desde el día cuando nace,

y cuando a las seis de la tarde
el pueblo, la plaza, las fuentes,
se cierran
apareces como un borde tibio
que se extiende y entra por mis ojos.

Para conservarte me duermo
con el hálito final de la esperma,
y se consume en el suspiro luminoso
la resistencia, el frío, la soledad,
una cómoda, un espejo,
tu rostro en una almohada profunda.

*esperma=vela de cebo

miércoles, 11 de noviembre de 2009

FUGITIVO

¿Cuándo podré tenerte si la lluvia,
cubriendo, piedra a piedra, tu horizonte,
bajando, trazo a golpe, la respuesta...
cae sin su río ausente, sin su nombre,
en la pesada gota de la tarde?

Allá extendió su mano muda y fría,
tu cruel indiferencia hacia mi verso,
rasgándome del pecho el universo,
de amor que a ti tejía cada día.

Entonces el jarrón, con flores mustias,
murió, junto a los lirios, de abandono,
y en un portal de sombras mi decoro,
talló en mi alma el alma de las bestias.

Rompí el jarrón, sin pena, adolorido,
y oí la voz del lirio cuando canta,
(una voraz locura me embriagaba);

mi mano se cerraba en tu garganta,
la otra cortó la vena que yo amaba,
tu vida huyó del cuerpo enmudecido...

¿Donde podré esconderme si la lluvia,
cubriendo, piedra a piedra, tu horizonte,
bajando, trazo a golpe, la respuesta...
cesó su río ausente, sin tu nombre,
en el oscuro manto de la noche?

martes, 10 de noviembre de 2009

EL TERCO AMANECER QUE CAE DE BRUCES

El terco amanecer que cae de bruces,
y tiende con su manta el abandono,
recoge en su memoria, como un tono,
la historia desmedida de las luces.

Viajaba, entonces, la ternura, sola,
como una hogaza de melancolía,
en un vagón de ausencias que le olía,
a pétalos de rosa y de amapola.

Cubrió tu mano, al fin, en la distancia,
el sueño que mi voz te proponía,
y fue el dolor mi lecho propagado:

partiendo en dos mi ser en agonía,
viviendo como un hombre desahuciado,
hasta mi último instante en esta estancia.

domingo, 8 de noviembre de 2009

LA INSANA LEJANÍA NOS DEVORA

La insana lejanía nos devora.
Flagela esta distancia la estructura
del beso, como un fruto que madura,
sin el jardín que nuestro amor decora.

Se acaban los recuerdos del paseo,
y de tu mano viva, aquí en mi mano.
Como una flor marchita sobre el piano,
decanta tu memoria mi deseo.

Nubes negras serán el abandono
de la palabra sangre que rebosa,
como un papel, mi piel cuando solloza,

si entierro las espinas que corono,
cada tarde en mi cuerpo que reposa,
en una tumba fría y gris, sin loza.

viernes, 6 de noviembre de 2009

SUEÑO DE UNA TARDE DE VERANO

Ahora que la brisa no te toca,
enciendo tu portal con mi frescura,
y el arco de tu voz y mi locura,
se sellan con un beso de tu boca.

Y en la veranda el tacto se acelera,
con su riel de metal enfurecido,
que la ausencia del aire enrarecido,
convierte tu mirada en carcelera.

Así cayó, también, mi voz lejana,
en la insalvable trampa de tus ojos.
Ni vi en tu blanca faz muerte cercana,

ni mal en tus preciosos ojos rojos.
Sólo el vacío en tu osamenta triste,
y el velo envuelto en lo que ya no existe.

TODO

El tibio paladar de tu mirada,
debajo de la luna que conmueve,
esconde en su marea, cuando llueve,
dos lágrimas de amor, a veces nada.

Entonces, cuando miro me confunde,
tu alegre vibración y tu sonido,
que en sí mismo es amor y es olvido,
la daga que tu mano en mi alma hunde.

Igual te amo, pura o mancillada,
con un afán de sueño permanente,
en cada noche fría y de abandono,

de voz azul y bóveda estrellada.
Y así te doy mi cuerpo penitente,
no tengo más, mi vida te la dono.

jueves, 5 de noviembre de 2009

PÁLIDO ARPEGIO

Pálido arpegio que rebota como bruma,
como una cascada de rastros penitentes,
así me ven tus ojos, tu sombra cuando grita,
y las margaritas tenues o dormidas en los brazos.

Llega en sí mismo el clamor, un camino,
recodo gris que tuerce, cada día,
el palpitar azul de un corazón que miente como una boca rota;
también como una huella inquieta
que busca tu nombre triste, como un perro.

Di, cuerpo dichoso,
tortura de mis ojos que te ven tendida,
que me esperas en la esquina de la noche,
al mediodía sin pétalos ni sombras,
entre los brazos remotos de tu tiempo.

Ignoro si tu pecho encuentra su forma aquí, en mi mano,
o si mi boca desprende caracolas de otros besos que ya se han marchitado.

Pobre! la voz de madera o de vacío:
vuelo que circunda la marea o el talle,
que se vierte en la pálida tibieza de la tarde,
acaso si tu nombre tiene palabras innombrables.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

AROMÁTICO

Quería ser, yo sé cuánto quería
ladrar, como la noche negra ladra,
a un vacío que te contuviera
como dentro de una taza,
de la que me gustaría beberte lentamente.

Quería ser, yo sé cuánto quería
labrar, como tu media luna labra,
y toca mi boca esa, tu otra boca,
como si fueras una taza,
de la que me gustaría beber, té, lentamente.

martes, 3 de noviembre de 2009

I DOCE



El sol que no me importa mata,
sol que vive dentro del día
que empieza a ser distante forja
no más sonido que el silencio.

Me sucede cuando recorro,
importa si queda vacío.

Mata, condena si resiste.

II BLANCO



Cuánta pena, mar desaparece,
pena de partir, pena departir,
mar marea marca menos muerte
desaparece de esa, parece.

lunes, 2 de noviembre de 2009

III ISLA



Cielo que moneda perfila y talla,
que recibe su puñal de arena, infiel
moneda, siembra color y mano así
perfila, la amanece sin voluntad...

y llora y gira su boca bruñida
talla, libra, conmueve su palmera.

domingo, 1 de noviembre de 2009

IV HOGUERA



Consumo perder tu leño cuando humo
huelga la precisa faz que se encarama
frente a tu frente despejada que agota
gota a gota ferviente fuego sofoca
cuatro patas, animal madera aire
interior que toca el brillo, lo acaricia.

sábado, 31 de octubre de 2009

V YO



Todo cuando y son entonces sé
que con tres son más en dos y fe
pero nada porque acá ya no
a veces sí, acepto ser ya
todo cuando y son entonces sé.

lunes, 26 de octubre de 2009

SUS JE-TO CRIS

Rompo a volar el movimiento quieto
de los oscuros Lázaros yacentes,
y las pupilas muertas y vacías
se yerguen y abren para ver la niebla.

Aquí mi planta perseguida queda
y lloro en mi constelación de llanto,
y ya no hay voz que traiga el viento puro
hasta la sombra breve de mi alma.

Crece sobre el fondo gris de los mares
la ausencia del camino sobre el agua,
y caen desde las velas los jirones,
tus besos de sal, tus ojos de arena.

Vuelve al monte cautivo mi plegaria;
y el asiento de miles sofocados
de inmediato no sirve para nada,
ni el vino salva el rato de la muerte.

Así te amé y aunque te amé presiento
el martirio del cuero y del madero,
y lamento el naufragio de tus ojos
fuera de mi sangre y la penumbra azul.

Por eso no regreso, Magdalena,
para ahorrarte el capricho de las piedras,
y porque ser feliz contigo, al final,
no fue sino una historia que inventamos.

A FALTA DEL AMOR

Porque al otro lado, desde el rincón oscuro
en la frontera de nuestra distancia
la habitación nos mantiene pendientes de la presencia
del uno, que soy yo, en ti, y tu de mí.

Apenas te presiento,
la penumbra me niega tu cuerpo,
pero la estancia me trae tu voz
como una corriente lenta que al final me llega:
te oigo decir “lo acepto”,
y lo que me dices en verdad
es que mis ganas, el deseo, el hambre que te tengo desde siempre
son circunstancias que algo en ti ha traído y me corresponde.

Sales, naces del manto de la noche desnuda,
apenas iluminada por la lumbre de mi cigarrillo,
desde donde nacen, también,
nubes de un cielo que es sólo nuestro:
siempre fue mejor que dos cabezas,
juntas en la almohada,
recorran los bordes de los labios, las lenguas,
siempre fue mejor los dedos, las manos,
la caricia siempre eterna del recuerdo
que me estremece todavía a pesar del abandono,

y la infinita soledad que me dejaste
firma en mi pecho la constelación de tu ausencia
como la certeza de la muerte que un día llega
y que en mí se adelantó sin tu caricia.

ARTE POÉTICA



Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

ANTELACIÓN DEL AMOR



Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o acallamiento
serán favor tan persuasivo de ideas
como el mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis ávidos brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo,
me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes,
Arrojado a la quietud
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré por vez primera quizás como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo
sin el amor, sin mí.

ALGUIEN



Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.

Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.

Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

LA BUENA TINIEBLA



Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
de modo que si sobreviene
un apagón o un desconsuelo
es conveniente, y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

entonces las paredes se acuarelan
el cielo raso se convierte en cielo
las telarañas vibran en su ángulo
los almanaques dominguean
y los ojos felices y felinos
miran y no se cansan de mirar

una mujer desnuda y en lo oscuro
una mujer querida o a querer
exorcisa por una vez la muerte.

QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO



VUELVO / QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO
CON MI PEOR Y MI MEJOR HISTORIA
CONOZCO ESTE CAMINO DE MEMORIA
PERO IGUAL ME SORPRENDO

HAY TANTO SIEMPRE QUE NO LLEGA NUNCA
TANTA OSADÍA, TANTA PAZ DISPERSA
TANTA LUZ QUE DA SOMBRA Y VICEVERSA.
Y TANTA VIDA TRUNCA

VUELVO Y PIDO PERDÓN POR LA TARDANZA
SE DEBE A QUE HICE MUCHOS BORRADORES
ME QUEDAN DOS O TRES VIEJOS RENCORES
Y SÓLO UNA CONFIANZA

REPARTO MI EXPERIENCIA A DOMICILIO
CADA ABRAZO ES UNA RECOMPENSA
PERO ME QUEDA / Y NO SIENTO VERGÜENZA /
NOSTALGIA DEL EXILIO

EN QUÉ MOMENTO CONSIGUIÓ LA GENTE
ABRIR DE NUEVO LO QUE NO SE OLVIDA
LA MADRIGUERA LINDA QUE ES LA VIDA
CULPABLE O INOCENTE

VUELVO Y SE DISTRIBUYE EN MI JORNADA
LAS MANOS QUE RECOBRO Y LAS QUE DEJO
VUELVO A TENER UN ROSTRO EN EL ESPEJO
Y ENCUENTRO MI MIRADA

PROPIOS Y AJENOS VIENEN EN MI AYUDA
PREGUNTAN LAS PREGUNTAS QUE UNO SUEÑA
CRUZO SILBANDO POR EL SANTO Y SEÑA
Y EL PUENTE DE LA DUDA

ME FUI MENOS MORTAL DE LO QUE VENGO
USTEDES ESTUVIERON / YO NO ESTUVE
POR ESO EN ESTE CIELO HAY UNA NUBE
Y ES TODO LO QUE TENGO

TIRA Y AFLOJA ENTRE LO QUE SE AÑORA
Y EL FUEGO PROPIO Y LA CENIZA AJENA
Y EL ENTUSIASMO POBRE Y LA CONDENA
QUE NO NOS SIRVE AHORA

VUELVO DE BUEN TALANTE Y DE BUENA GANA
SE FUERON LAS ARRUGAS DE MI CEÑO
POR FIN PUEDO CREER EN LO QUE SUEÑO
ESTOY EN MI VENTANA

NOSOTROS MANTUVIMOS NUESTRAS VOCES
USTEDES VAN CURANDO SUS HERIDAS
EMPIEZO A COMPRENDER LAS BIENVENIDAS
MEJOR QUE LOS ADIOSES

VUELVO CON LA ESPERANZA ABRUMADORA
Y LOS FANTASMAS QUE LLEVÉ CONMIGO
Y EL ARRABAL DE TODOS Y EL AMIGO
QUE ESTABA Y NO ESTÁ AHORA

TODOS ESTAMOS ROTOS PERO ENTEROS.
DIEZMADOS POR PERDONES Y RESABIOS
UN POCO MÁS GASTADOS Y MÁS SABIOS
MÁS VIEJOS Y SINCEROS

VUELVO SIN DUELO Y HA LLOVIDO TANTO
EN MI AUSENCIA, EN MIS CALLES, EN MI MUNDO
QUE ME PIERDO EN LOS NOMBRES Y CONFUNDO
LA LLUVIA CON EL LLANTO

VUELVO Y PIDO PERDÓN POR LA TARDANZA
SE DEBE A QUE HICE MUCHOS BORRADORES
ME QUEDAN DOS O TRES VIEJOS RENCORES
Y SÓLO UNA CONFIANZA

VUELVO / QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO
CON MI PEOR Y MI MEJOR HISTORIA
CONOZCO ESTE CAMINO DE MEMORIA
PERO IGUAL ME SORPRENDO.

ESO DICEN



Eso dicen
que al cabo de diez años
todo ha cambiado
allá

dicen
dicen que la avenida está sin árboles
y no soy quién para ponerlo en duda

¿acaso yo no estoy sin árboles
y sin memoria de esos árboles
que según dicen
ya no están?

ENCARGO



No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel seas tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dalos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforo y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.

MI SUFRIMIENTO DOBLADO



Y también no estar triste,
no crecer con las fuentes, no doblarse en los sauces.
Ancha es la luz para dos ojos, y el dolor danza
en los pechos que aceptan sin flaqueza sus fríos escarpines.
Y no decirte ni lejana ni perdida
para no darle razón al mar que te retiene.
Y elogiarte en la más perfecta soledad
a la hora en que tu nombre es la primera lumbre en mi ventana.

BOLERO



Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.

LOS AMIGOS



En el tabaco, en el café, en el vino,
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.

Livianamente hermanos del destino,
dióscuros, sombras pálidas, me espantan
las moscas de los hábitos, me aguantan
que siga a flote entre tanto remolino.

Los muertos hablan más pero al oído,
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.

Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra.

sábado, 24 de octubre de 2009

ÁFRICA




Un árbol enorme en que la noche cuelga
sus despojos tristes, su luna abierta,
un rosal de estrellas que vuelan en la nada,
el grito que ahoga su fiereza inmunda.

La sombra abre sus ríos
como espadas que rompen el alma de la tierra,
con su rumor remoto que socava
su laja de odio, su escarabajo de muerte.

Ardiente y sólido exterminio,
oh! páramo sin voz ni sombra,
presa del antílope que tiembla,
que pasta su muerte en un instante vacío.
Recorre el viento su estancia infinita.
Unos diamantes se deshacen en piedras tristes,
crueles cristales carcomidos por el polvo,
desafíos de unas alas que baten la corteza de los días.

Quizá el colmillo que tiembla como el vidrio:
una batalla que la tierra gana sin tus manos.
Huella que tu cuerpo prende en el fuego,
quiebra el sueño, la mentira, el desafío.
El mundo nace cuando el león que ruge parte.
Destino del hambre, sin su coraza de flores lánguidas,
como una boca de sal, unas alas como brazos,
un torbellino azul de frío, un esqueleto que respira.
Mar de espinas, mar de huesos, mar de lágrimas,
sin dientes o espumas de cartón, o de miseria.
Olas que son la luz de la selva inexistente.

El obstáculo que pone su hombro de carbón,
(horizonte que mi mano toca con sus uñas rotas)
tiene un corazón de plumas derrotadas,
unas frutas con alma gris de sangre,
pupilas que a lo lejos se quiebran desde el sueño.
Rosadas son las crestas de los grillos cuando cantan.

Tu amor late en la vibración de cada junco.
Cuerpo que regresa con su paladar de fuego.
Es como un faro la soledad que el trueno destierra.
Una cristalina lámina de piel que ladra.
Choza que vence la hoguera que se extingue,
sin rocío, sin insectos de élitros de perla.
Paredes descolgadas del tiempo que se extiende
y tala con su alma de barro y de madera
el manto del cielo, su cuerpo de acero.
Oasis que encierra su cuerpo de agua con cadenas,
ronda con barrotes de troncos y agujeros
el camino, la víbora, tu vientre.
Desierto y pálida solaris,
con frutos heridos, desterrando con la sombra
su portal de nube negras y silencio.
Mancha que tu boca cuando besa engendra.

Pájaro y desierto que vuelan agotados.
De tal manera huyó tu boca viva.
Aire que destierra los ríos de sombra,
fluye con su costra de calor y humo,
sin amor y sin pena.
Costas vacías, sin mordidas, sin dientes.
Ni el engaño rasguña los huesos.
Fronteras que se pierden sin estrellas.

El calor del desierto es tu pelo.
Ocaso de sombras naranjas y violetas.
Es la soledad de tu costa un marfil pleno,
un pezón abandonado que se ahoga,
lunar duplicado de arrugas y muerte
que deshace tus senos en dos alargadas gotas.
Siembra una hilera de hormigas sin hojas
tu vino, el agrio paladar, semillas de carne,
mejilla de cristal y bordes de agua.

África se mueve en un espejo de tormentas.
Fuente de perros que se ríen con desgarros,
Ríos que siguen los rastros que rondan la tierra.
Incendio de la brisa, borde de cenizas,
corre, a veces, con su agotada lumbre;
asienta sus pupilas cuando llora.

Tu nombre es un cuerpo de arena
que se extiende con el viento.

Tus ojos dos estrellas que la oscuridad se bebe
sobre la marea opaca de tu frío rostro.

Y la pequeña piedra y tu celeste infierno,
hiere mi planta, a cada paso cuando avanzo.

viernes, 23 de octubre de 2009

EL HOMBRE EN LA MAÑANA

Sabrás de mí por la mañana cruda,
luz de la inconstancia, del rito absurdo,
más de voluntades, celestes cantos,
cómo mueren los ríos por la tierra,

se seca la lágrima de la arcilla,
como una fuente que se yergue yerta,
campos desolados, sombría ruta,
me da la voz que nunca he conocido,

es el vapor, la soledad inquieta,
el agua de la lluvia que se pierde,
la amalgama cargada de la nube,
el cielo oscuro en partes dividido,
me digo, como un eco extinto y mudo,
todo es una sombra memorable
de donde nacen, negras, otras sombras,
otros mares, islas abandonadas,
un muro de horror te circunda a veces,
todo lo que tu mano toca sangra,

el cristal se rompe, todo sucumbe,
en una hora que es también lejana,
el muelle de tu seno en mi garganta,
la flor que se decanta en tu presencia,

clausuro los balcones, doy por cierto,
la luz que mana de la antorcha es falsa,
son tus ojos azules que son negros,
los fosos del abismo sin cuidado,

agua, manantial perdido, muralla,
castillo, luto de la yedra, espina,
tallo herido, fondo del mar partido,
voy vacío volando un vuelo en vano,

lámpara del sol, piedra calcinada,
río que alimenta el recodo intacto,
el áspid que se arrastra por tus muros
es una daga sin filo que hiere
la roca tallada

bajo la tierra
está colmada la raíz del miedo,
el carozo no sale a ver el día,
la lluvia gris no llega a la corteza,
nada nace en la pampa, es imposible,
la sed colma los lagos vacíos,
es hora ya de hablarte seriamente

te vas cuando la caricia propaga
las yemas de unos dedos transparentes,
la palma de una mano busca el faro,
el ojo intermitente de tu cuerpo,
la piel cabal de tu espalda, tu espina,
y nada logra en ese recorrido,

el viento abre las puertas de los vientos,
y entrega el mar su cuota penitente,
feroz espuma que desborda el mundo,
lleva la bruma de tu piel tu cuerpo,

es como si no estuvieras cuando estás,
pero un ardor recíproco se anida
en el vientre salino de tu costa,
entonces sé que no eres invisible,
no sólo renaces en mi memoria,
que puedo verte clara y despejada,

lo intento, pero inútilmente caigo,
y no hay valor para seguir andando,
cada paso es una montaña ardua
que se desvanece en una cantiga,
pero sabrás de mí por la mañana,
una ventana se abre siempre al alba,
la última estrella cierra el párpado
de la inmensa noche que al fin se duerme,

deseo ir más allá y estoy cansado,
deseo ir más allá y siento pena,
ya nada queda en pie, se agota el árbol,
la paz enfrenta el último martirio,

que estoy sin ti es cierto, todo es cierto,
el tiempo marca un paso en lejanía,
pero no me importa que te hayas ido,
puedes ser otra, yo no sé tu nombre,

baja tu mirada, marea baja,
sube la marea desde la luna,
hasta el incierto alfabeto del cielo,

me voy y ahora mi camino es otro,

al fondo del espejo un hombre mira,
perdida la silueta de su sombra,
y da la espalda al otro de este lado,
me voy cantando junto al sol prendido.

jueves, 22 de octubre de 2009

I

Con este paso lento y atontado
Con que la vida anuncia su partida,
Tomé su cobre mano adolorida
Como un cristal de sol entre mis manos.

Era así, luego, cándido mi vuelo,
Entre tu faz de dulce atardecida,
Que con mi voz mi arrullo adormecía,
Tu piel hasta la punta de tus senos.

Pero una luz que habita al otro lado
Sin un cómo y por qué, de un solo tajo,
Cortó el hilo de plata que me ataba

Sin ocultar el dolor que me presiona,
La vaga oscuridad que me devora
Esta apagada vida que se acaba.

II

La brisa con tu pelo se embriagaba
De la dulce espesura de la espuma
Y oculta tu figura entre la bruma
Ve, muda, esta mirada que te apaga.

Poco a poco vas siendo ese fantasma
Que arma su sendero de playa y luna
Y tanto huella, arena y alma esfuma
La estela de mi amor que ahora es nada.

Atrapa, entonces, tu silueta herida
Del cáncamo fundido en piel y ola
que lejos de mi mar tu brizna ahorca)

La voz que bruta y por la sal partida
Me dio al besar tu piel, caballo alado,
Mi terco paladar equivocado.

IV

El tacto ceñido a la piel que abruma
La queja fugaz que el dolor no inventa
Se entrega completa y silente a la saliva
De tu pecho tu pubis y tu boca.

Gástame la sed,
Derrama sobre mí, cálida la fuente
En la memoria cállame los besos
Con cantos, con sueños
Seré tú, seré yo,
seré los dos al mismo tiempo,
pero duerme, así sabrás que no te miento.
Sola, despojada
Ciñe la mano el talle
Que bajo la luz de tu piel se pierde.

LOS TESTIGOS

Escribo.
En lo que trato me condeno.
Y veo en cada palabra
una ruta de mentiras, a veces verdades.

Adivino mi camino
y el final quizá no llegue a verlo.
Sé que la dama que me insomnia
llegará cuando yo haya perecido.

Lo malo no es pensarlo, es saberlo.
Así será:
el valor me traiciona, el miedo me invade,
me caigo y en ocasiones me convenzo
y ya no siento nada.

Sé también que al otro lado están sus ojos,
sus vivos ojos y sus manos.

Me iré pero mis letras quedarán
entre sus ojos para siempre.

LA FUENTE

Lo mismo da que sea agua o panes.
Nada cae, el silencio y la penumbra,
las manos crecen hasta la punta de los dedos
mi cuerpo aquí, tu cuerpo al otro lado;
en una fuente aparece el mundo con tu nombre,
con tu piel y mis ojos en tus ojos.

A veces, en las noches, se extienden nuestras raíces
Y los párpados se cierran
y las flores se cierran
y la oscuridad se cierra
cuando aparece la mañana.

Nada hay de lo que pude haber tenido,
Sólo el cielo me cobija
Y mi voz se pierde si te llamo inútilmente.

También se cierra el horizonte
o se agota en la continua angustia.
Por eso el día huele
y es como todo lo que nos espera.

He de creer que puedo hallarte
pero creo también que el tiempo es ilusorio,
nada comienza si no estás
cubierta de panes o de agua.

XVII

Testigo soy de la faz de la piedra,
mullido fin sin horizonte siento;
encuentro, busco, desapareciendo
como los umbrales: lo cotidiano.

No quedan ya ni ríos ni lágrimas
lejos de la distancia que separa
el cristal, la gota, el alma de un manso,
el rencor, la corriente, la tristeza.

Tala mi piel el agua condenada
y surca fiel la sangre en las arterias;
me inclino, bajo, desciendo y me acuesto,
me quema el vuelo de una mariposa.

Entonces si tú fueras yo sería,
y se levantaría parte de mí
y tocaría lo menos profundo
para evitar la luz en pleno miedo.

XXIII

Eres borde de lo que nunca alcanzo,
la llamada ahogada que me encuentra en pie,
el sordo despertar que me aniquila,
la piedra de los hombres, los poderes.

Tanto siglo ardoroso celebrado,
llega pero también se va más tarde;
necio vivo, pecado vacilante,
honda cruz se levanta y que me hiere.

No estás, te has ido para el nunca ahora,
y ni siquiera piensas que has de volver;
conmigo jamás, ni a mis cercanías,
tu aroma ronda mis regiones siempre.

Pero no me alcanzas para decirte
que está bien, que te quiero en el recuerdo
y nada más que en el instante ocaso
cuando la tiniebla se hace en mi día.

FATALIDAD

Fatalidad, saberte siempre mía,
y un copo de algodón tu ausencia innoble,
empaña cada intento de mis ganas,
para saberte entera limpiamente.

Nada más, al parecer, puedo esperar,
pero de ti depende mi existencia.
Extensos campos se tienden perdidos:
sudores necios con olor a semen.

Caigo. Cae conmigo el día, la nada,
la ciudad se cae desde los cimientos,
y tus manos también caen dentro de mí,
me abren en dos para soñar tu hastío.

Pero sos amante y un día vendrás.
Regresaras a la fuente de agua y pan,
demoliendo mi camino, mi gruta:
el nido para ser como animales.

URNA

Fui, como la ruina del carbón,
la pálida voz que derramó
sobre mi vieja piel la mina.

Fui, dentro de la canción mejor,
el eslabón que desunía
el fondo gris, la melodía.

Pero fuiste, tú, mi amor,
la que encendió y ardió mi vida,
y flores secas y cenizas.

Solución Salina

Caía una hoja en el muslo
Del suelo bañado de tejas
Y ayer un pedazo de nada

Moría sin fin en el aire
El agua corría una mancha
Vacía se hacía un instante

Crecía el ardor de una espalda
Los afanes del muro feliz
Mientras aquí y allá miraban

Subía hasta ayer el implante
La esfera mortal de tus senos
Las penas, azules y verdes

Caía la luz de las sombras
Del tiempo sus fauces abría
Colgantes el par de tus mamas

Moría de frente al ombligo
Mi boca sutil se tragaba
El rastro de un soplo de fuego.

Crecía feroz cuánta muerte
Al minuto fugaz del cartel
En la cera del sexo solar

Subía contar la marea
La espuma y la leche cortada
Comían mis ojos de infante

Caía de nuevo una hoja
Al muslo del suelo bañado
De tejas y ayer un pedazo

De nada moría sin fines
El aire y el agua corrían
La mancha vacía se hacía

Cortaba la lona la luna
De rayas pintaba la noche
Nada más ausente que tu piel

Lejos profundos abismales
Tiñen y tañen en mi boca
Salobres de pasas y ubres.

miércoles, 21 de octubre de 2009

TRATADO DEL ÍNTIMO AMOR



Yo, que un día estuve junto a ti, derramando besos y lágrimas debajo de los pétalos y las puertas, donde los pasos eran un mármol de incansable espuma hacia la sábana y eran vitales las fuentes donde las caricias calcinaban su propio vacío de sudor y pozo, hostigué tu sangre hasta el odio más querido que hubo entre dos seres que se amaban.

Desangrado de las cosas verdes y ocres del campo, de la espiga que tuerce su tallo con el viento, lleno de la íntima pesadumbre que da el hastío, empiezo por mecer mis venas en la cuerda que salta un día y otro sobre las hojas secas del abandono, y agito la fusta en mi espalda para que el eco te alcance en la mañana, ante el espejo de cristal y de tu alma.

Yo, que te detuve ante el canto crepitante de la leña y lastimé la rosa leve de tu vientre y apagué mis ojos para verte de un modo equivocado, creo en la corriente que ha de levantarte, que, lejos de mi voz, ha de ser el líquido alimento de la danza, la huella que tu planta alienta hacia el horizonte, el mar que vaga sobre el mar que viaja sobre el mar que canta.

Lejos de olvidarte, dejo en mí tu mano desgarrada, tu aliento de musgo y brasa, la curva que me abrió tu musaraña. Para esto doy mi fe de calle, de mendigo, te doy mi don de perro, mi olor de alfalfa que huele, tras los muros, al fermento del amor que fue mío y que aún emanas.

Yo, el errante vagabundo que en los sueños se pierde cada noche; yo que no aguanto demasiado, que me canso de las presencias y las compañías, te pienso. Ahora que has aprendido a abandonarme deseo serte, andar por ahí sin verte ni mirarte, sin buscarte. Pero soy la espera que fugaz te va a regresar, aquí, como a la espina de un caballo, una alforja vacía y desolada.

Yo, que ya conozco cada parte de tu cuerpo, que bajo el manto gris de la mañana descuelgo las últimas estrellas de mi alma, te recuerdo. Rememoro la caricia primigenia que te dio mi mano, la apretada sujeción de las yemas de mis dedos en los pezones vino de tus senos, la sed hurgada que calmé en la miel de tu vagina. Alguna vez te profané. Fui la ceniza en la que tu gemido se hizo dueño de mi gozo.

Yo, que te toqué indiscriminadamente, que con la algarabía de mis dedos hice saltar tu clítoris entre ese mar de pieles replegadas, que pulsé tus paredes estriadas; yo, el mismo que palpó tu lomo de animala encabritada, sedienta de placer, de sexo, tengo ganas de montarte, desorbitarte el grito, abrirte las piernas, cortarte en dos de nuevo. Quiero rozar tus labios con mi falo, quiero allí sentir las papilas de la punta de tu lengua, que seas tú la vaina que me guarde y que tu mano sea el puntal que me sostenga. Quiero separarte la mirada para que tus ojos sean propiedad de mi desvelo; quiero que tu boca erguida engendre medusas en tus besos, que abras heridas azules en mi pecho, que tus dientes me devoren una luna que sonríe sobre el dolor y la sangre.

Cierra ya tus ojos y respira. Deja que las lágrimas se confundan con la lluvia polvorienta de la arena, con ese espectro de horas y de gente, con la infame soledad que da el calor y el pensamiento.

TRATADO PARA UNA CARICIA



Siempre te miré con deseos de alfajor. Verte hecha dos tapas de galleta blanda, salidas de la harina, de la mantequilla, manjar de leche entre las dos, y sobre ti, como azúcar impalpable, mi piel en una caricia revolcada; pero cada mañana la forma de la ventana se dibuja diferente. Se parte en mil pedazos la luz que traspasa el cristal; veo, desde este lado, tu cuerpo desnudo y encendido, pastando algún sueño en tu silencio abandonado. Te descubro por completo, pensando que en el sueño me pides que te despoje de esta sábana -a veces insalvable- que te oculta partes y partes de mi abrupto deseo de mirarte. Allí tu pie, destapado como ahora toda tú, me muestra tu planta llena de soledades, de unas líneas que la tierra ha arado en ti; veo el comienzo de un talón que nace en unos pliegues delicados, un tendón que sobresale bondadosamente, un sólo cartílago que se extiende como una vela, como una lona henchida de sustancias escarlatas. Lejos de tu suspiro te percibo en cada parte de esto que soy, o de esto que me va quedando: un aliento rencoroso que no puede ser más de lo que miro: un deseo exhausto que se desvanece con tu cercanía, una gana nerviosa y fatigada que se abstiene de calmar su sed en tu piel llena de fuentes, mantos, valles y montes. Oculto mi voz para que no sepas que estoy acechándote. Por eso no te llamo ni te despierto. Te contemplo desde las dunas de la cama, te estudio. Maldigo verte como una presa desahuciada. Mentalmente me impulso con tu diástole, me atrevo a reptar una caricia por tu espina, a lo largo de tu espalda, en una apacible forma de morir estremecido. Hay lugares donde mi mano se encorva y largamente me detengo a disfrutarte, porque dormida eres otra cosa. Dormida eres el Largo que maneja mi melodía, la negación del tiempo que transcurre inevitable, el párpado cerrado que me da la libertad de amarte: hasta dejo de respirar para no perturbar el movimiento de tu sangre.
Si te vieras, amarías mi caricia tanto como amo yo tocarte, pero es mi turno de cerrar los ojos, y sé que vas a levantarte. Haré que duermo, como haces tú, y ya en la palma de tu mano mi cuerpo entero será sólo una ola en tu mar interminable.

TRATADO PARA UNA HERIDA



La vela quieta imperceptible
baja, lame cuidadosamente el mástil
que apunta certero tu cielo;
y me marca el horizonte
infinita, gruesa, roja,
una gota de tu sangre.




Eras tú cuando no te conocía, y eras un pulóver de jean de interior de lana y de alborotados flecos. Eras unas manos diminutas y unos brazos que a pesar de ser parte de ti, eran también parte de una soledad anestesiada, un vacío dormido que flotaba en lo profundo de tus ojos.
Eras -más que decirte, como te recuerdo- un buzo verde, tu malla azul, un hueco que se abría en una de tus medias.
Desde entonces te quise y mi amor fue un enorme hoyo en el que pretendía hundirte, una luna marginada, un frío sangrante de lágrimas plateadas. Fue mi amor un río ardiente de mercurio que iba de mí hasta ti arrasando las calmas y las bondades, una aleación de carne y de deseos, un desesperado grito por pacer en tu cuerpo, un buscar, un encontrar, un tener -de aquella vez- todos los recuerdos que pueda de cada parte de tus besos, cada gota de saliva que rodeó mi lengua, cada paso atropellado hasta tu cama. Allí pude coronar tu pelvis de una sola forma: arrollando con mi pecho y con mi vientre un tibio campo de algodones que eran tus senos y tu vientre, abriendo en el silencio el crujido ahogado de una trama de madera, sudando firmemente cada gota, orillando el apuro y el miedo.
Una causa anterior ya lo había previsto. Una cuerda templada a través de la guitarra me había provocado; cada poro fracturado en la agonía tuvo un vínculo perverso: una ceremonia con té y con vela.
Entonces fuimos víctimas de toda oscuridad, de todos los recuerdos, de cada una de las dudas practicadas. Después de tanto seguí oliendo tu piel en todo lo que habías tocado; seguía oliéndote en mí, en la constancia de ese adiós con que mi voz se estrangulaba, en una estatua de sal que se quemaba desde el fondo de mi alma. Cuando eras tú, yo era una de tus partes: la extensión del mar con que soñabas, la espuma volcánica que me dolía, la savia semitransparente, a veces ácida, del esperma que mi sexo eyaculaba. Cuando me mirabas lo calmabas todo, no a mí. En mí te rebelabas y desbocado nada había que me hiciera desistirte: empezaba por meterme debajo de tu falda, y tu muslo, ya erizado, era una tenue capa de rocío derramado; tus fronteras circulares eran el campo que queda después de la batalla; mi piel, tu piel, los enteros bordes de tus bragas los soldados. Y yo, y el vacío, solos en esta exhausta certidumbre de mi nombre encarcelado.
Cuánto de esto queda?
Apenas una luz de púrpura cálida, una vieja y larga flama, una música exánime, una pared, un pozo, una mano que oscila, un péndulo póstumo.
Más que una vertiente de sangre pálida y rota, queda en vida mi fantasma: este halo de vapor que sube, esta rústica pérdida, este dolor que se lleva tu dolor en mi mirada.
Entre todas las marcas de mi cara te dejo esta sonrisa amarga, esta voz que se diluye, este ser que ya no es nada: me abro en dos desde la frente para calmar tu ausencia.
Te dejo lo que soy, esta nube violeta.
Pero estos, que son mis estertores, no son para gastarte, son para elevar mi herida hasta donde no pueda cerrarla. Me quedo con mi aliento, y con él mis manos, y mi cuerpo adolorido, para que estas palabras se pierdan entre los peldaños y los pasamanos del perdón, la paz, del infierno y del olvido.

martes, 20 de octubre de 2009

TRATADO PARA EL AIRE




Aldebarán.- ¡Oh! pálida estatura que llena el vacío,
venid a muerte, venid;
vos que engendráis ráfagas y remolinos
en ese cementerio de sudores
y de pelos.

Eolo.- De arriba abajo los párpados mecen mi sueño;
la calma que es poca
en este laberinto sin paredes,
el más vil, el más temible que me encierra,
en él irrumpe vuestra luminosa voz.
Valiente forma tenéis
para desafiar mi aletargada furia;
porque todo aquello que visteis caer
durante mi reinado, durante los siglos,
no fue más que un bostezo de mi pesadumbre,
un silfo campestre,
una forma invisible del cansancio:
el pesar de haber existido desde siempre;
valiente sois para deshacer mi paz,
para provocarme la ira.
Aunque viva os sepáis,
la furia que habéis despertado
es la misma que, sin saberlo,
habéis pedido que tienda
sobre vuestros despojos.

Aldebarán.- No he querido…,
no ha sido mi intención desafiaros,
nunca, soplo, levante,
…calmad vuestros cansados ojos
y sed brizna y ahogad
vuestra persecución hacia las hojas,
escuchad la piedad de las palmeras y las costas, recostad vuestra masa,
parad ya la bruta fuerza…

Eolo.- ¡Respeto! astrosa;
que no os tiemble la mengua de vuestra insignificancia.

Aldebarán.- Pero, y vos, señor, amo del aire,
sois mejor y poderoso
porque ocupáis más espacio,
y a la edad de la arena confiáis vuestra soberanía?
Dejadme que os diga
que no consiento la afrenta que esgrimís
a través de las montañas y las nubes.
Que si por vuestra voluntad se esparce el trueno,
y por vuestra voluntad se engendra el ojo maldito,
es más cierto que por la nuestra vos existís…

Eolo.- ¡Increíble gracia!
Atrevida es vuestra suerte,
y aunque dama,
no tendré compasión de vos.
Decid, por fin, qué pretendéis antes de acabaros.

Aldebarán.- Pues bien, ya que así lo habéis querido,
rugid cuanto podáis,
llenadlo todo de desastre y agua,
vaciad los mares y volcanes,
entrad en los rincones
que encontréis a vuestro paso;
borrad empalizadas y fronteras,
cremad, ahogad, daros vos las muertes
y dadnos las almas inmortales,
que sea vuestro designio la desolación y el olvido, que sea vuestra cama la agonía.
Seréis sólo el viento,
el aire entre las marcas de Nazca, de Los Tayos, la piedra en la que ruede la nieve derretida…

Eolo.- Me daréis órdenes y me sentenciaréis,
a pesar de haberos permitido expresar
de tan libre manera?
Dónde ubicáis vuestro certamen?
Dejad que mi inclemencia ateste
lo que buenamente pueda quedar de vos,
oh! suplicad y suplicad.

Aldebarán.- No, señor.
En primera no podéis alcanzarme.
Estoy en la parte que más brilla
en la constelación del toro,
suponedme, imaginadme,
no sabréis qué pasó
luego de que los cometas estallen
vuestros dominios aniquilados.
Quieto, todo es inútil ahora.
Luego vuestro ser
se mezclará con nuestra atmósfera.
Que todo rencor
que su merced pueda haber tenido,
carezca para siempre;
muerto sois, señor.


Eolo.- Porque tu voz tiene una voz que no conozco, y tu pie tiene fija la forma de dejarme su huella en el alma; porque los huesos de tu cara dibujan infinitas sombras y tu risa te convierte en fases lunares: te busco cuando no estás y cada vez que te apareces.
Porque sé que en algún lugar he de encontrarte, dispuesta, sumergida, en un párrafo olvidado, con tu rosa pálido entre hebras cobres, hilos castaños; porque se quiebra la unidad del piano cuando bailas y la onda que dibujas, cuando te despliegas, se convierte en el aliento más puro que tienen tus adentros: te siento, maldiciendo la distancia entre el tablado y la butaca.
Qué agonía verte desde lejos. O no poder mirarte si te acercas. Detrás de este dilema ya no sé ni lo que digo, o si algo estoy diciendo.
Cada sílaba es un remolino que se lleva todo lo que siento, y todo lo que siento regresa a mí en una ráfaga de aire, en una sumisión exacta hacia lo total desconocido. Si no te tengo, cómo he de hacer para encontrarte?
Cómo será romperte el pétalo, la flor ajada, el ciego contratiempo que de a poco me has de ir otorgando…
¡Oh! En cuánto desvarío se puede convertir mi vida. No sé si llegue a saberlo. Pero el tiempo está, además de lo que pudiera ser adivinado.
Acaso es este espacio todo lo que tengo?
Todo lo que necesito para estar desvanecido?
Sueño, es verdad, contraído en el afán de un simún que tu mano diera a esta piel que se retuerce y bulle cuando no retienes a tus ojos, cuando no haces otra cosa que mirarme, así, como me miras, orbital, transparente, como si supieras que me tienes encerrado, elíptica.
Entonces cada vez que eres mi ser es más inexistente, menos que un grano en el manto de arena.
Dentro de este calendario circular de olas y destellos, de música y eclipses, recuerdo alguna vez un sueño que tuve mientras era la felicidad un mar de palabras escritas con cálidas péndolas, pero al despertar siempre lo real fue diferente: con tu ausencia, tan solo algo de mí se ha ido: tú.
Después no prosperaron las cicatrices sino una sola herida: una mano resignada, una voz partida, un llanto seco y desgarrado que se multiplica en un eco silencioso, en un espejo que, abominable, restituye infinito tu destello inexistente, tu vacío, tu perdurable esencia en esta imaginaria sucesión de inventos que a partir de mí creas y desarrollas.
Y a esta hora, en la que el deseo se abate frenético sobre las formas que en tu derredor se trastornan, veo perturbada esta pasión como si fuera una locura de permanente sufrimiento: incontrolable alrededor de hálitos y campanadas.
Lejos, ahondas en mi alma a pesar del aire.
Entonces empiezo a escribirte algunos versos: versos desnudos y espesos, como el talante de mi sangre.
Necesito intensamente trepanar esta calavera que me agobia, deshacer el viento que me arrastra por un desierto solitario de limos y arcillas, hasta algún cementerio abandonado. Cielo de oscuros azules, esqueletos de árboles grises: toda visión es de luna y de muerte, por eso van estas páginas, palabra por palabra, cinceladas en amarguras; por eso muere un beso, opaco, dentro de mi boca.
Trasluce una luz detrás de la veranda y mágica aparece una silueta conmovida: eres tú y no eres.
¡Ah! ya no sé ni lo que miro, o si estoy mirando, o imaginando.
Pero así te rescato intensamente; aún como una rama deseo ser parte de algo que sea parte de ti: un lóbulo, uno de tus dedos, un cartílago perpetuo.
Qué demuda tu silencio?
Todo esto no es más que una antesala, un depósito de hábitos, una columna de amor que se encuentra sumergida.
Y hasta allá no puedo llegar; por eso te pienso y ya en mi hora final puedo establecerte como un vasto territorio: una cinta gris demarca aquel recodo que no alcanzo; se me hace que todo es parte de tu falta de nomenclatura, de lograr saber cómo eres por dentro.
Incluso adivinarte puede ser una tarea complicada. Pero tú, que sólo has de desprenderte de tu esencia para enloquecerme, dejarás que te posea ahora que me lo propongo: tu cuerpo está hecho de músculos valientes, de partes que nunca hubiera imaginado. Saberlo ha sido obra de este acercamiento cosmogónico, y en este juego que me lleva hacia la muerte puedo al fin asesinarte. Tal vez me sepas cruel, pero yo también estoy muriendo, y tú no existes, lo confieso, te invento.
Ahora tú lo sabes.
Parto en ti como una luz inicial y como una partícula de polvo. Pronto lates y tu corazón empieza a martillarme. Entonces lo encierro en tus costillas, configuro tus huesos y tus carnes; dejas de ser un hálito. Eres la transfigurada forma del vacío.
Eres la luz que dejó de ser amarga, mi estrella final, la de mi último recorrido.
A la noche ya eres el cuerpo que había imaginado y en un desesperado intento, empiezo por aprenderte de memoria. Cada latigazo de belleza va lacerándome los ojos porque cada parte de ti abarcaba diferentes universos: uno de ellos trama aniquilarme.
Desde el principio el símbolo de tu presencia habría sido el designio que ejecute este sufrimiento. Por eso pienso en otras cosas. En tocarte, por ejemplo. Empezaré acariciando aquello que por ahora he de llamar colina, porque están en tu cuerpo las elevaciones de la tierra. Luego sé, que poco a poco tendré que ir definiendo cada acto. Te nombro como si tu nombre fuera la condición que mueve las constelaciones y sea este uno de los indicios de tu naturaleza. Después, mujer, bajo a soplarte cada parte de lo que he creado. Me fundo con el llamado de tus muslos, planeo bajo y reconozco el triángulo augusto que ha de rozar mi aliento. Un florecido aroma de ático nos enmarca, el tiempo se ahoga en tu presencia de recuerdo, en la gruta que se abre de alas coronadas. Una forma transparente te envuelve y yo, que soy el aire, ahora soy un animal humedecido. De un solo rumor te lleno de caricias coloidales. No habrá más olas destruidas, más carne que tu carne, otro orín que cruce mi garganta, porque el olvido es algo que en ti se acaba.
Ahora todavía, tu voz, el reducido recuerdo de tu eco me enhiesta.
Así vienes cada vez a mí y te poseo desde la renuencia hasta la súplica y el grito.
Luego, en el éxtasis de la agonía, se devuelven a la calma los resuellos y las contracciones.
Pero llega la hora de despertar, y de morir, inútilmente separados.
Adiós, pues, mi estrella, mi lujuria; ya se acaba esta anaconda láctea, lisa, parda; abierta seas en las puertas de mi encierro.
A veces sin embargo
sobreviene un retorno, canta un ave de fronda su reclamo
.
Qué partes ocultaste
de las lágrimas del Sauce?
de mis ojos enterrados…?
Cuántas y cuántas cosas se suceden.
Próxima está la lejanía herida.
Cae la paz como un copo transparente.
Una inmaculada imagen se trastorna.
Un báculo muere desangrado
sobre este inmenso caos de incertidumbres.
El Fauno danza alegre entre las pieles,
y en medio de esta selva de sudores
cae la noche como una luz perdida,
como una ráfaga mortal, de humano.

TRATADO PARA TUS OJOS


En un principio adiviné tus ojos.
Vi que eran como un planeta, brillante y vivo, absolutamente repetido; y aunque el universo era tan sólo una masa gaseosa inexistente, supe que tus ojos debían orbitarme el alma. Luego ordené hacer cielo y tierra.
No había, ni entonces, ni ahora, cosa que se ocultara a tu mirada. Cada palmo de una mansa hectárea era tu pequeño rostro, infante, inmóvil y perpetuo. Toda tú eras para perderse en ti; por eso nunca terminé de visitarte, establecerte.
Y al fin te has ido. Quiero decir que por desgracia; porque yo no soy el mismo y extraño inmensamente el restallido de tus besos en mi boca. Seguramente tu pupila temblorosa lleva el recuerdo de mi ser que se ha perdido, y desde mi memoria trato y te recuerdo y logro atarme a tu deseo injustamente.
Manso es el atardecer que entra por tus ojos, y en ellos vive el canto de las aves mientras vuelan su retiro; y todo, mientras se detiene, se convierte en pasto y tierra, en nube y aire; y todo es tu labio y tu beso, tu mano y mi mano: cuando me miras voy cobrando un brillo esclavo y te pertenezco eternamente. Tus ojos son mi par de Dioses, y yo los sirvo como tales: agonizo mientras duermes porque invento estas maneras que conoces para amarte: cada vez que te acaricio voy abriendo un nuevo territorio y cada vez tu piel es más particular y deliciosa. Me desplazo vez tras vez sobre el espacio entre tus senos y me das el tiempo para hacer estas historias.
Te quiero como nunca te he querido: como siempre; pálida o cúprica, en la salud y en la tempestad, en la enfermedad o en la calma, tanto como quieras y más de lo que necesites. Voy a ti sin religión: la única doctrina que deseo es la enseñanza de tu sexo. Tu infinita desnudez. Las formas curvas de tus nalgas.
Tu iris grabará esta fuente que en tu boca se derrama. Más allá de esta porción de ser te doy mi alma, mi eterno amor, estas palabras. Te doy también mi muerte, mi desgarrada sed de tus entrañas, mi lengua en la penumbra de tu desolada calma.
Te amo, lo acepto, pero llegamos a mañana. Desde tu inconsciente veo como de este sueño, de mí, el recuerdo no te deja nada.

TRATADO PARA EL DESVELO


¡Ay de mí! Que el sueño me atrapa aunque yo no quiera, y lo quiero. Dormir es como ir muriendo, porque lejos de la conciencia uno pierde y va perdiendo el tiempo, tan lejano ya desde el nacimiento.
Hace calor. Las cortinas son como un fantasma inmóvil que se consume en la miseria de esta noche tibia y seca, las cortinas son y no se mueven y hay una parte de ti que se me pierde; que no se mueve y que mi mano trata de encontrar ansiosamente, que no avanza hacia algún lado como lo hiciera algún espectro vivo. Entonces, y aunque sé donde se encuentra, opto por acariciar tu omóplato y tu hombro. Hace calor, y las mandíbulas del sueño van tragándose el aire que respiro; poco a poco mi latido es más intermitente, tarda cada vez un poco en regresarme a mi pulso cotidiano.
Entonces caigo en tu pesada esfera
Como una luz opaca y verde y muerta
Y duermo, entre sollozos, alimentando mis ojos de oscuridad y lágrimas, porque en verdad no duermo y trato de engañarme. Yo aprendí a crecer en la penumbra, entre animales y figuras que nacían en los cuadros, y era tan pequeño e inocente, también tan liviano y era niño, que entre tanta selva espesa y negra supe estar anclado al miedo.
La inmovilidad le duele a uno en las costillas, a uno que no es más que uno, que nada; y más ahora que la voluntad no alcanza para detener estas ganas desangradas. Mi razón ya no se considera libre y esto multiplica el sufrimiento por tu ausencia, pero nada es eterno como el viento, ni la muerte, por eso la paciencia se siente claramente aquí, en el alma.
Hay entre el insomnio y yo un pacto: él se aferra a mí aunque indeseable, y yo toco a tu puerta cada noche. Amor que ya no estás, tú que me has abandonado, y me has odiado, y me has llorado y amado, me dueles en las manos, en estas manos desiguales que una vez te hurgaron en la sombra. Cleopatra desnuda, todavía vaga tu sangre por mi sangre, todavía soy culpable de haber entrado en ti, de haberte mordido con mi áspid. Soy culpable de haberte asesinado, y lo lamento, porque con tu muerte son otros tus olores que casi se han desvanecido, definitivamente más livianos. Tengo la impresión que lo que más percibo es el vacío, pero entre las otras cosas que presiento están, en tu cuello y en tu vientre, entre cada uno de tus pechos todavía el aliento lácteo que inventaba para consolarte.
De pronto la noche es una estancia llena de calma y las horas van pasando comunes y repetidas. Cierro a ratos los ojos pero es inútil mantenerlos y en mis párpados nace una cisura y alegres las pestañas se enlazan entre ellas. Qué hago sino pensar en lo que he de decirte?, ausente. Voy tras una edad que no preciso y una imprudencia me obliga a recordarte: porque en esta oscuridad soy el negativo de un daguerrotipo que nunca fue tomado. En esta habitación no existo, existes tú. Eres la sed que no entiendo, mi espera en agonía.
Dame, fuente de rosas inmortales,
tu vuelo de calandria
tu alma de alabastro

Dame tu espalda, la distancia rota
caricia cruel, espinas de tus brazos

Dame el cansancio puro de tu boca
Algún rastro para hallarte, un cabello, una cuna. Una gata loca.
Voy a ti como quien va a un espejo. Una superficie dura me detiene: tu voz de plata que resuena y se prolonga por los puntos cardinales de mi vida incinerada.
Voy a ti despierto, oscuro, desvelado. Pero voy presente y resignado. Pronto ya no te saludan las cornetas que plegaban el aire en tiras de flores a tu paso, es verdad, lo siento, pero en el olvido puede mi noche extender otros senderos y quizá entre esos pasos pueda ser devuelto hacia otros brazos, hacia otros besos. ¿Qué puedo hacer si he nacido solitario? ¿Quién me dice que aunque solo, he de sentirme abandonado?

TRATADO AZUL


Yo aquí vine a los límites
en donde no hay que decir nada,
todo se aprende con tiempo y océano,
y volvía la luna
sus líneas plateadas
y cada vez se rompía la sombra
con un golpe de ola
y cada día en el balcón del mar
abre las alas, nace el fuego
y todo sigue azul como mañana.

Pablo Neruda (Nace, Plenos Poderes)


Tu piel ya no es la carne perseguida que un día anhelé para mi infancia.
Tu voz ya no proviene de la caracola. Ni de alguna de las profundidades abisales en la arena, ni de los campos sembrados de olas y amapolas. Tus rumores llegan volando en las gaviotas. No se trata de desvanecerte o de amarte todavía, pero sola entre tu ausencia has deshecho el vino de mi boca; ahora mi saliva es un vulgar vinagre, por lo tanto y lo poco ahora sufro seriamente. El tacto dejó de ser una sentencia que en los días de lluvia ejecutaba entre tus piernas. Ahora me toca ejercer cualquier derecho sin necesitarte y para que se entienda no te escribo con tinta ni te grabo las palabras con ayuda de las piedras: labro el odio con mi semen amargo, ya no te siembro con mi cuerpo y no beberás el sudor de mi frente. Nunca más resignaré mis huesos al polvo. Ahora soy un ángel que vaga por los mares.

TRATADO DEL OLVIDO

Si yo te olvido no es porque se me acaba la insólita voluntad de recordarte; No. Te olvido porque ya no tengo, en mí, cabeza ni palabras. No tengo cómo mencionarte, no sé cómo llamarte.
Si algún día fuiste tú, no sé ahora cómo eres. Te me has borrado de las nubes, ya no habitas en la sal de mi memoria.
Nadie como tú sabrá lo que pasó conmigo, con la soledad y la locura; Nadie entenderá lo que ahora ya no existe y por qué amaba tanto eso que hoy es un voraz vacío.
Yo me niego a lo que una vez hubo antes de mí. Y desde algún principio acorralado desconozco los aires y las olas. Ya no creo en nuestra sangre como una antigua vaguedad de recónditas y tímidas violetas; ahora ya no hay más en nuestras venas que unos torrentes desterrados al polvo y al olvido. Nuestra historia alguna vez fue esparcida por el aire; hoy somos partículas inexistentes.
Mi ser se ha suicidado. Un acantilado cae de bruces en mi alma. Una luna aúlla entre la noche a un perro con mi nombre. Y el tiempo va desvaneciendo crudamente el tiempo. Prefiero ser, entonces, un grito constelado, un pez que nada entre cereales, una gruta abierta en el centro de la tierra.
Lo que un día amé, definitivamente se ha perdido; en la medida sin distancia, en un olor desvanecido. En este instante, cuando todo acaba y el recuerdo es un vórtice de sufrimiento todo me parece el vacío que es, y se asemeja mi hálito a una presencia trémula: tu carne transparente, tu estampa lánguida, el fantasma claro de tu muerte.
Por eso, si yo te olvido es porque...
Adiós.

TRATADO PARA UN FINAL

Después de todo algo me hace falta.
Pero ya no puedo pensar que seas tú, porque si bien te amé a través de las murallas, las piedras de esos muros que ahora se han desvanecido, decantan tu recuerdo sobre mis lágrimas y mi tristeza.
No poseo las ganas de ir a lado alguno. Me cuesta saber que ya no estás; y me cuesta, también, pensar que estas líneas no sean más que palabras, que así como se escriben pueden de un momento a otro volar e irse contigo…, que no son más que palabras, que todo lo que digo puede ser utilizado en contra mía, que bien puedo empezar a hacerme daño, abandonarte al fin sin rumbo ni remedio.
Quiero sin embargo, que un día te arrepientas, inquieto colibrí. No vivirás lo suficiente para ver cómo mi alma se deslíe, cómo con tu muerte no pueda ya escribirte para siempre.

I CAMBIA

Cambian los colores
y el trazo y cada
línea que pasas
sobre la hoja de papel.

Cambia el sentido de la vida
y lo que no es
y vuelve a ser:
la misma ráfaga
de agua y nube
y de tierra y de constante lodo.

Cambia la profundidad
de la pisada,
y el camino,
y el mundo es redondo
y todo sigue igual.
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II CASA MORADA

La casa está sucia
y las ventanas cerradas.

La casa está morada y rota.
por la parte de atrás,
el humo va entrando
como el aire que no pasa
por sus ventanas.

El calor trepa por las paredes
y se adhiere a la paja del techo.

La casa está rota, el fuego entra,
trepa y se adhiere,
la casa no tiene puertas
ni sillas ni mesas,
no tiene ni pizca de casa.

El calor funde los vidrios:
ya no hay ventanas,
ya no hay nada.

La casa no existe.

Corro, salto,
tranquilamente huyo
y no lo logro.
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