martes, 20 de octubre de 2009

Atlante

Un Aspecto veneciano.
Se me ocurrió enseguida apenas vi las ruinas.
En medio de la histeria a nadie más le pareció. A mí la impresión me causaba otros asombros. Había estado allí, en esa parte rebelde de Italia que dejaba ver confusamente su belleza, pero me sentía absurdo en esta circunstancia porque era la primera vez que cruzaba el océano, este enorme charco azul, brutal y violento que sin compasión se había tragado un continente. La inmensidad cerraba en mi cabeza revoluciones inconfesables, inexplicables en todo caso; inconcebiblemente estaba, o me sentía, iluminado; el miedo (en cambio de la vesánica labor de las personas que dentro del avión huían de la desgracia corriendo de un lado para otro) operaba mágicamente en mí la regresión no de lo que hice hasta ahora en esta vida, sino en aquella en la que apenas era un alférez del invencible ejército de Napoleón. Creo que hasta este instante ya había entendido que, aunque era lo de menos, no podía dejar de considerar también que el tiempo era lo único importante que me quedaba. Ya no me molesté en comprender lo que pensaba, ni por qué, en esta situación, pensaba; ya que no iba a llegar, tenía que de alguna forma aprovechar el viaje que estaba realizando. Alegremente me abandoné al recuerdo que se dibujaba nebulosamente en mi memoria. La idea de que Europa estaba en un estado de convulsión justificaba la presencia del líder que nos comandaba; las largas cruzadas, aun cuando demandaban vehementes el sacrificio de la lejanía y de la muerte, alentaban la lucha falaz por la supervivencia. Habíamos aprendido a mandar sobre los Alpes, habíamos vencido a Melas, Wumser, Breaulieu, Alvinzi y Povera; testificamos el tratado de Campoformio entre otras cosas. Mil setecientos noventa y siete había empezado a ser el estado del orden dentro del caos. Prácticamente barríamos ejércitos y generales, regiones enteras olvidaban su entorno cuando de lejos oían de nuestros caballos el relincho y los cascos, y de nosotros las botas y los cantos; ya vivíamos de eso: de la libertad y la conquista bajo los mandamientos del imperio que era Francia.
En ese año la Macedonia, Dalmacia, Morea y Albania dejaron de ser el núcleo que mantenía unido desde el siglo VII la República de Venecia. De allí el intenso colorido, el recuerdo de paisajes y recorridos que nos emocionaban hasta sentir las mismas náuseas que provocaban los sacudones de la nave. Venecia Julia, como tus calles debieron ser estas calles sumergidas, como tus casas estas casas acosadas por líquenes, peces y medusas. Era así el grito de tu gente entre las bayonetas? Cierro los ojos para dejar de compararte, dulce tierra, con esta desgracia que por lo menos yo merezco, pero algo me llama desde el fondo de mi alma oceánica y los abro. Miro a un costado y me dejo embelesar: como tu torre debió ser esta que se queda con un pedazo de ala. Hasta aquí, pienso, llegó tu música, tu carnaval, Venecia Julia, tu ópera y tus máscaras; por fin tu red de agua entra por las ventanillas estalladas. Logro salir por una y voy cruzando por tu plaza y tus estatuas, y como Atlante cargo con el peso de tus aguas y soy feliz de nuevo hasta la asfixia, soy feliz de nuevo hasta que muero.

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