martes, 20 de octubre de 2009

Halos Circulares

Volví del norte.
Mi nombre es Bossâ, y aún estoy aquí. Permanezco, ahora, y recuerdo.
Entonces, cuando desperté, supe que en mi sueño había visto los mismos colores que miraba en el cielo, en las nubes que lo cubrían todo y se perdían en el horizonte. Pronto nada se podría definir con claridad. En la pampa estaba toda la tierra del mundo y todo el aire también; en la pampa estaban todas las mañanas y las tardes, pero ahora anochecía. La oscuridad avanzaba, lo consumía todo lentamente como un manto cruel hacia el infinito, y así de lento, poco a poco me arrastró a formar parte de su mar, de esa ola que había que esperar como al tiempo, que había que dejar que se suceda. La noche fue esa noche algo que tenía que llegar de todos modos y así la esperé con una ansiedad que nunca antes me había conocido.
Junto con la luz el calor se fue alejando; el sudor se iba haciendo polvo en mi piel. Cuando me incorporé una ligera nube diamantina envolvió mi ser, respiré un aire de magia y profecía.
Adiviné unos cuantos pasos hasta el camino imaginaba habría de regirme, avancé poco y con descuido, el mismo que hasta ahora no me había preocupado, no lo haría, y que sin más me tenía allí, sin que me importe el dolor que diminutas y medianas puntiagudas piedras elevaban por mis pies. Pues estaba listo para ser del gran acontecimiento la parte esencial, habría de continuar con lo que me había propuesto: pisar decidido el rumbo que me pertenezca, andar mi propia senda aunque me cueste para aquello esperar a la luna: el símbolo mayor de todos los que componen el alfabeto del cielo, la madre de los lenguajes nocturnos y de los caminos, la dadora de la luz que señala el destino de los hombres en lo claro y en la sombra que deja algún sabor en el deseo, así lo comentaban los antiguos y yo lo había escuchado muchas veces, así quería que fuera, así quería leerlo o saberlo, sentir lo que hay que hacer para encontrar la vida dentro de la vida, de alguna manera ser partícipe del secreto para dejar de ser un rumor, un soplo, una brisa gastada por el contorno de las cosas. Así es que esperé. Y esperé. La oscuridad ya no sólo que lo cubría todo sino que había pasado a ser parte de la rara esencia que apenas intuía la existencia de las piedras y los montes, había pasado a ser mucho más pesada que el calor que había vuelto a través de un tiempo que no podía definir. Esperé ahí, parado; imaginé que humanamente sólo el árbol bajo cuya sombra había calmado mi resuello me miraba a tientas. A ratos cerraba los ojos para descansar la retina inútil mientras esperaba la luz de plata, la gran bola blanca que seguramente marcaría mi camino, esperaba que aquella voz de luz transparente me repasara el destino sobre la piel, en la cara, esperaba abiertamente sentir la bofetada cruel de la verdad, que hasta ahora meramente incierta esperaba sea revelada ante mí de cualquier forma.
Pero esperé y algo que dije no me iba a pasar pasó: me cansé de no oír acerca de mi ser agotado, de mis pasos, me cansé de no salvar el motivo que me tenía allí dejando escapar el sudor de mis barbas hacia la tierra. Gota a gota se había saturado mi paciencia. Sentí como si de pronto me llenara de arrugas, de pronto me sentí más viejo, de pronto no era más que Bossâ: un viejo de veintiséis años cansado de esperar. Para entonces, de un momento a otro, había decidido desandar el camino hecho desde la mañana hacia la tarde; ya nada me importaba, ni a mí ni a mi cansancio ni a mis ojos obstruidos: ni símbolos mayores ni la más pequeña estrella, nada, ni el cristal líquido que me salió de la mirada. Di unos cuantos pasos hacia atrás antes de dar la vuelta y un viento leve empezó por azotarme de costado. Luego me envolvió completamente haciendo algo agradable la estancia pero ya era demasiado tarde.
Yo no sé todas las cosas, yo no sé de muchas cosas, tal vez ya no sé ni lo que digo, tal vez la desesperación me llevó hasta donde ya no me importa, pero no quiero justificarme, de nada vale, jamás volvería a ilusionarme, jamás volver a esperar la luna al otro lado del sur, la luna que de regreso me va dando golpecitos en la frente, que va iluminándome la vuelta, el desconsuelo, luna enorme, grande y manchada, la bola blanca rodeada de halos circulares y amarillos y celestes.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No veo trama si fuera un cuento. Veo un desenlace muy débil, pero no marca una sorpresa o un cambio brusco inesperado. Bueno, es sólo una opinión. Á