lunes, 19 de octubre de 2009

III ALEJANDRA

Quiero las pequeñas cosas, tu lugar,
la esquina de tu sueño que se rompe
en un amanecer violeta y tarde.

Tu sombra es una ola que se sienta
a ver cómo tu cuerpo la abandona;
sola y distante en su registro oscuro.

El silencio hace crecer la tela gris
del muro atlántico que nos separa:
vienen los días y el corcel del viento
trota sobre un mar de estrellas vacías.

Cuando el sol rompe a la mitad el día
tu pie establece en ti su continente;
la mañana se va y tu olor se quiebra
como una nube cuando llueve sangre.

Tiempo; el tiempo vaga en una pampa azul
donde el día decide desbocarse,
y en la costumbre lenta de la espera
yace el fin que se esconde en mis pupilas.

Así talló tu voz, con fuego y frío,
la ráfaga febril de tu palabra,
y en tibios cantos las pesadas cuentas
tiñen grana una lágrima de arena.

Por eso quiero tus pequeñas cosas:
el músculo que late y que me nombra,
tu piel, que unos adioses hostigaron,
tu beso, que en mi boca se abandona
lento y limpio como un pétalo de fe:
el cruel aroma de tu sexo fresco,
el tibio olor debajo de tu seno,
y la madura pena que se vence
en la tarde, si llega sin tu nombre.

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