lunes, 19 de octubre de 2009

IV DECLINA

Cada paso de sol que se pierde es un enjambre,
un centro remoto de paz y selva,
de nubes que rondan los suelos tristes y sin tregua
de piedras que duermen su agonía sobre el pecho.

Nadie espera la luna, su cosecha de polvo que derrama,
porción de luz que, pálida, abandona,
con su distancia de asombro,
con su daga de plata.

Vas y vienes buscando en frías superficies
el reflejo de un jardín de llantos,
y tu nombre cae en este pueblo vacío
de madreselvas que se pudran cuando puedan
de ojos secos, margaritas y voces desiertas.

A veces la entraña de la tarde suda su rocío,
mantiene abierto su brazo como espiga,
los helechos suspendidos son aves que vuelan, quietas,
en instantes de ámbar y desprecio.

Cuánta tristeza pende del balcón imaginario, como algas de penas,
como un tiempo en el que anidan los fantasmas,
y en medio del vacío titilante, el tedio hace su fiesta,
y yo, cuando me enfrento a la muerte constante,
más allá del frío o de la noche,
poco a poco, como un mar de plomo
me deshago en ráfagas o lágrimas
de amor y odio y cuesta abajo.

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