lunes, 19 de octubre de 2009

IV LA NIÑA, EL COLIBRÍ Y EL TIEMPO

A María Lopes Dos Santos

Sueña y entra por mi trenza
el día que se teje entre las nubes,
como un faro que asume con su luz el horizonte,

y entabla la silueta de un minuto
la lágrima cabal de mi recuerdo.

Pero ahora, acaso, lo que fue lejano llega y toca,
(y queda como ausente,
sin prisa como el mar y el tiempo,
en una fuente, la palabra,)
la flor de mi vestido.

Mi voz tejió las frutas, los aromas,
y cuando todo llega tu aleteo me conmueve.

Yo miraba el fuego
y en las sombras encontraba soledad y frío.
La pared era un manto añil
con un ojo que miraba por mis ojos.

La ventana, cuando respiraba,
se encendía con su cruz distante,
y hacia adentro me observaba,
y hacia afuera sólo el mundo.

Pero yo también tenía un universo,
una galaxia pequeña y penitente,
de espirales verdes, pico largo.

Miraba con sus ojos
cuánta mágica alegría sucedía,
y en la hora del Claro de la luna
todo se hacía vuelo y esperanza.

Dentro de mi espera volaba, infinito,
el colibrí candente,
alimentando el aire con sus alas,

y amanecía siempre el influjo,
el rastro, la cadencia:
lo que podía percibirse, menos verse.

Mi brazo extendía la ilusoria maza
y mi mano caía, como en un frugal instante,
en el tierno miedo de dos pozos:
el terrible efecto de mi amor que late,
y tu ardiente vuelo inalcanzable.

«El temor de hacerle daño me embriagaba
y ya el silencio consumió mi néctar,»

y así el mismo cristal que sueña,
empaña cada tarde cada siguiente año,

y así hasta el día que me alcanza,
sin tu vuelo de alabastro,
torturada, niña todavía,
con la flor en mi vestido, esperando el fin,
sin ayer ni atrás, quizá con pena,
mirando, sola, a través de la ventana.

(Idea Original de LUCERO)

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