martes, 20 de octubre de 2009

La Espera

Estaba esperando a que viniera.
Había llegado más temprano a propósito, para divagar en ideas, a lo mejor inútiles, que no me dejaran pensar las cosas demasiado en serio. Las paredes blancas del café, las mesas rojas con los manteles rojos se empapaban con la música que salía de los parlantes escondidos.
Las ventanas daban a la calle y mi faz daba a las ventanas. Consulté el reloj y hasta el encuentro tendría tiempo de escribir el cuento, uno de esos breves ejercicios a los que suelo recurrir para poner a prueba la rapidez conque se puede presentar un desenlace luego de plasmar la idea. A Luisa la había dejado en casa y, aunque para poder salir y estar aquí tuve que mentirle, se me ocurre ahora que, más que convencida, pudo tener el deseo de que me fuera, me pareció que luego de decirle que me iba a lo de Alberto a revisar unos textos pudo preguntarme a qué hora pensaba volver, pero ni eso.
- Está bien, - dijo -.
Me dio unos billetes y me dijo también que me esperaba. Nada más. No la noté cansada, tal vez sólo quería estar sola. En realidad no sé si me importa o si es que algo importa en todo esto. El vaso de cerveza por la mitad, el cigarrillo en mi otra mano, elementos esenciales de la espera, de la tortura del pensamiento vacío, nulo. Esta mirada, limitada por el recuadro de la ventana hacia la calle, ve la gente pasar y trata de encontrar al motivo de mi espera. Los autos van en ambos sentidos, también hay gente sentada en los bancos de las aceras; aquí, una pareja que estuvo conversando, se va; el hombre tropieza con mi mesa y pide disculpas, yo no hago más que un gesto. Entra otra pareja y piden algo que no alcanzo a escuchar.
La veo al otro lado de la calle y desde el otro lado ella me ve.
Pilar empieza a cruzar en diagonal hasta que la pierdo de vista, luego los autos siguen pasando, el vaivén de las personas se asemeja al vuelo de las abejas, el tiempo parece detenerse unos segundos, una mosca proyecta una sombra inmóvil sobre el mantel y de pronto algo rompe con la inercia de todas las vidas circundantes: el chirrido de unas llantas opaca la música del interior. Me recorre por dentro un hilillo de miedo y angustia. Cierro apuradamente mi libreta de apuntes y la guardo en el maletín, cojo el suéter y pago la cuenta y salgo del café porque ella no llegó. En media calle la gente se ha agolpado.
Camino hacia el otro lado.
Una mano se cierra en mi hombro y me vuelvo.
- Hola! - me dice Pilar mientras me besa - perdón por la demora, que hacías?
- Nada, - le dije- un cuento mientras te esperaba.

1 comentario:

Anónimo dijo...

um...noloentiendo.....

-Nada, -le dije- un cuento mientras te esperaba.

Buff

A