martes, 20 de octubre de 2009

La Plaza o el Árbol Rosado

El hombre de la esquina
se redobla el sombrero
pifia su pensamiento más allá de la esquina
alguien le comunica que puede estar lloviendo
se coloca el paraguas
un cuchillo le cruza la mirada
siente como una hormiga por dentro

Empieza a caminar
cambia de cuadra

El hombre de la esquina
no se pone el sombrero
porque ya no hace sol
ha guardado el paraguas
porque no está lloviendo
y no tiene paraguas
y nunca va a la esquina.


CARLOS ROJAS GONZÁLES

José Carrión no pudo volver a conciliar el sueño.
La oscuridad lo envolvía. Mamá, pensó, te acuerdas de lo que me contaste la víspera de tu muerte?, ahora soy yo el que tiene miedo, madre, ahora que tampoco puedo dormir. Fue el sueño. Creo que es el sueño, las mismas imágenes que me dijiste que habías soñado. José pensaba con la imposible mente en blanco, con los dientes, con la noche abierta, con los ojos idos y abiertos, pensaba; pensaba que mientras estaba acostado veía grises, medio azuladas las paredes blancas de la habitación, altas, que se perdían como se le perdía la mirada persiguiendo las líneas del cieloraso, los adornos floreados en las esquinas de cada módulo, el tubo de bronce que sostiene a la gran lámpara en pleno centro, con sus guindolas de cuentas de cristal y las gotas de cristal y la grande bola de cristal en su término. El grueso cortinaje ocultaba la ventana; atrás quedaban los postigos de madera, los cristales, un poco más allá la aventura de algunas horas por las tardes en el balcón y sólo cuando pudo distinguir además del brocado que la puerta labrada que comunicaba la estancia con la habitación contigua estaba cerrada (debió olvidar por unos instantes que no había otra manera de mantener esa puerta), se incorporó hundiendo las manos en el colchón. Quiso aparentar un sobresalto de pesadilla pero tendría que haber despertado recién y José ya tenía un buen rato despierto, quiso sudar y no sudaba, hubiera querido al menos estar agitado pero ese era un estado que poco a poco lo iba a ir ganando, cuando trató de renombrar todo lo que desde que despertó había visto y ni sentado ni vuelto a acostar lo pudo hacer porque no había manera de que entrara luz, ni la de la luna mientras las varias membranas de la cortina estuvieran sobre el recuadro de la ventana, no había forma de que hubiese podido ver todo lo que vio, la oscuridad lo ahogaba todo. Lo supo enseguida. La delgada luz que inundó la habitación de sombras remotas, fijas y alargadas, apareció cuando José estiró su brazo y encendió la lámpara, la pequeña lámpara sobre la mesita de noche, a tientas, sorteando el vaso con agua, de memoria, al tiempo que sin quererlo respiraba una especie de humedad fuera de tiempo, apenas el rumor del miedo lo iba ganando desde el vacío, desde la penumbra, hasta enredársele por todo el cuerpo.
La luz, aunque escasa, fue implacable. No había tal lámpara de tubo de bronce y guindolas de cristal y cuentas y bola colgada del techo, los módulos no eran más que placas de escayola que no tenían adornos floreados en las esquinas y las cortinas no eran de brocados ni la puerta era labrada, lo que sí tenía era mucho tiempo de estar cerrada. Las paredes, si bien eran altas, no eran blancas. Las cubría un verde agua gastado por los años.
"...yo estaba triste, José, y en el sueño caminaba mi tristeza. Estaba dura. Por lo menos así me sentía, dura, queriendo y no a la vez saber lo que pasaba, este andar sin nombre por las calles, este andar callado y violento que debió aplacarme, diluirme tal vez, aniquilarme, que me llevaba, que me trasladaba, andar lejano cuando presentía que me iba y lejano cuando regresaba, cuando no reconocía nada, cuando no podía saber del cielo, cuando no podía saber que era inmóvil y lejana dentro de la plaza, José, cuando en verdad era inmóvil y no había vueltas que valgan, me entiendes? Y daba vueltas y seguía andando y era inmóvil y nada, seguía ahí el mismo costado, el mismo frente, las mismas bancas, el pasto, las jardineras, el mismo árbol rosado, siempre, José, el mismo árbol rosado…".
No, madre, no entiendo entonces.
Nada había cambiado de lugar. En la habitación las sombras seguían inertes, sólo José se había movido, despacio, vestido despacio, y había salido; a las tres de la mañana las calles estaban vacías, tanto como él ya lo sabía, igual como en su sueño. Avanzó un par de cuadras y fue la misma soledad, madre, la misma igual a la de antes del despertar perdido, la misma ahora, la misma después de golpear a tu puerta, la puerta cerrada de tu habitación, la de tu vida clausurada, la que no abriste, a la que no respondiste después de la víspera de los años sin sentido desde que me contaste tu ridículo sueño, su paisaje, tu simbólica existencia que nunca comprendí, ni entonces ni en este momento ante tu puerta, madre, ni ahora diciéndote que salgo, que voy a salir, que me pongo el sobretodo, quizá el sombrero, quizá con el paraguas y me voy a caminar, un rato, no más que un rato, porque no puedo dormir, un rato por culpa de tu sueño en mi dormir, un rato en mi sueño igual al tuyo y tengo miedo, miedo de empezar a ver cosas que no existen, madre, ya regreso.
Avanzó una cuadra más, una tercera cuadra en la que cada paso lo iba deteniendo; pensaba que era una tontería la que estaba cometiendo a las tres y más de la mañana. Una vez afuera no supo por qué caminaba entre estas calles tan frías y absolutas si hasta aquí recuerdo, hasta aquí me veo parado en la esquina y el sobretodo y el sombrero que es inútil sin sol y que me lo he sacado, hasta aquí recuerdo cuando sé que hay algo más, diablos, la parte que no me contaste, madre, o que no dejé que me contaras, ya no lo recuerdo, tanto tiempo ya, el final del sueño que empieza aquí desde donde debo regresar, regresar desde aquí, desde donde estoy parado, al filo de la esquina de la tercera cuadra, desde donde no se puede saber nada, desde donde sólo se siente el deseo fuerte de regresar, regresar sin querer saber de dónde el hombre que no puedo ver, de dónde su voz traslapada desde su boca hasta mis oídos.
- Sabe? - me dice la voz que no sé de donde me llega -, de un momento a otro va a llover.
No traté de ubicarla, pero pensé enseguida en el paraguas, me cercioré que lo llevaba conmigo, que lo había sacado, que lo tenía colgado del brazo. Curiosamente también yo tenía la certeza de que en cualquier momento iba a llover, por eso debo haber salido con paraguas, era inminente desde mi habitación el penetrante olor de la humedad.
Escuché que un cuerpo se alejaba, los tacos de sus zapatos percutían en la acera despidiendo un eco sin remitente que se iba apagando a medida que la distancia se hacía más grande entre los dos, en cualquier sentido, pero más y más distancia hasta que de un momento a otro desapareció completamente. Pensé entonces que se había ido, que era el momento para ir a casa, para dejarme de tonterías, de estupideces y olvidarlo todo pero de nuevo su voz me azotó los tímpanos, poco a poco, y mientras sus palabras eran receptadas, íbame degollando el sentido, los sentidos, la paciencia.
- Usted va a la plaza porque siente curiosidad, eh?, quiere saber si es verdad que no se puede salir de ella, no?
- No!, - grité sin dar ninguna explicación, indignado -; a quién le podía importar lo que hacía a esa hora, y si así fuera, pensé, a quién le importa.
- No me importa, - dijo la voz -, tal vez en realidad no me importa, pero estoy seguro, o es la plaza o el árbol rosado; no tiene importancia, lo uno lleva a lo otro, lo mismo da, no me importa.
Después escuché el vago rumor de sus tacones alejándose nuevamente.
Di media vuelta, madre, decidido a regresar a casa, al principio como con la idea de que en verdad hubo terminado este juego absurdo de voces que le contestan a uno hasta lo que se piensa, luego se me ocurrió que podía repetirse, luego que mejor empezaba a andar, a media cuadra apuré endemoniadamente el paso, fue agotador llegar a la esquina corriendo y luego ver a uno y otro lado de la calle, de la calle desierta, ver al otro lado de la calle desierta su figura. Asustado es la palabra correcta para definirme en este instante; lo miré fijamente y fijamente y al mismo tiempo él también me miraba: me vi en él, tenía algo de mí, de oscuro (bastante de eso, supuse), vestía como yo, tenía mi mirada, no mi angustia ni mi susto, tenía mis ojos, ese abismo circular que sólo yo creí tener y que ahora me sumía, como si habitara en un espejo, en un abismo más profundo que el mío, en la seguridad insondable que aquel hombre poseía y lo mantenía convencido de que él no era yo, en cambio yo..., yo ya no sabía quién era. Lo vi moverse ligeramente, luego avanzar, caminar hacia mí. Yo estaba hecho de piedra, mis pies no respondían, ni mis piernas. Quería alejarme y sin embargo parecían fraguados con la acera. Pasó a mi lado, escuché que me decía que puede estar lloviendo, se colocó mi sombrero que lo tenía en la mano, se colgó del brazo mi paraguas y después siguió su camino; después sólo el eco endemoniado de sus zapatos alejándose definitivamente. Me armé de un valor inusual en mí, de una fuerza que hasta ese momento no me había conocido y me di la vuelta para enfrentarlo: arrojé contra él el sombrero, blandí la punta del paraguas; el fieltro se perdió en la oscuridad, la sombrilla hería mortalmente el espacio vacío; a qué gritar, me dije, a quién, a las bancas?, a los bordillos circundando el pasto?, a la plaza en sí o acaso al árbol rosado plantado allí donde debería estar la acera, la calle entera, las casas, los faroles que nunca han dejado de estar y que no podía siquiera imaginarlos ahora que mi delirio originaba un trueque de mis imágenes con las tuyas, madre encerrada de mi vida que no puedes entender que si te abro la puerta seguirías instruyéndome con la absurda muerte de tus sueños y eso no lo puedo permitir, no más, madre, no más; lo prefiero así, piensa que estarías en mi lugar en vez de disfrutar del calor de tu habitación, de la suave lana que te cobija los huesos, piensa que estarías como yo, parada en mitad de la calle a dos o tres cuadras de la casa, mirando lo que viste siempre que dormías: la plaza en general o el árbol rosado, su tronco retorcido de dolor, su copa inalcanzable, su inolvidable olor a fresas, el par de faros que vi cuando ya era demasiado tarde, no para el golpe seco a las cuatro y media de la mañana sino para evitarlo e intentar un salto audaz que me salvara la vida y no volar por los aires y no avanzar algunos metros, muerto ya, antes de caer al pavimento.
Las piernas rotas, los brazos protegiendo su cabeza intacta, a la luz del alba no hubo a quién decirle que su cuerpo fue encontrado en el portal de la casa de las altas ventanas, de cortinas corridas y puertas cerradas, apenas la garúa lo fue cubriendo poco a poco, cubriendo la escalinata, el pasaje, las jardineras y antes que a estas a las hojas, las flores, los adoquines de la acera, el asfalto, todo, todo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Hum, qué sorpresa! El título. De verdad, me he quedado de piedra. Ladrón sabrá por qué... Jajaja.. Un beso, ya lo leeré, Gus. África