martes, 20 de octubre de 2009

Lilas Muertas

La botella habría sido lanzada del tercer o cuarto piso; pudo ser. A alguien debió ocurrírsele: a los que investigaron luego, o a uno de esos que en el momento no corrieron, que se quedaron parados, que tuvieron suerte de que el auto no se les fuera encima y que no les hiciera volar por los aires paquetes y bolsos, y zapatos, cabezas y brazos.
Tiempo después, se notaba claramente en el gris del cemento la enorme mancha roja que se había derramado desde los cuerpos partidos sobre la acera y que incluso había alcanzado las paredes de los comercios, los bancos, y la señal de parada allá abajo, en la esquina de la calle Alianza y la avenida Segunda. Cuando el accidente sucedió, los cadáveres quedaron esparcidos mientras el río de sangre bajaba por el bordillo y seguía por la cuneta como una trágica y líquida procesión que moría púrpura y coagulada adosada a las paredes de la alcantarilla. Lo recuerdo claramente cada vez que trato de mirar a través de la ventana cerrada el vacío, cada vez que trato de atrapar en mis ojos la luz borrosa que se observa al otro lado del cristal opaco de polvo y sollozo, opaco del recuerdo que alimenta invariable la tristeza desde aquel día en el que sin saber que era uno de esos días que llegaba con la tragedia marcada en el aire, en el lugar de los dos, en un sitio distante, Duranto prometía volver y Emma asentía con desgano su partida, porque aunque sabía que él no iba a cambiar de parecer, había notado que en la promesa de regresar había utilizado un tono de determinación tal que no cabía la menor duda de que algo así iba a terminar por cumplirse.
-…está bien -había dicho ella-, luego, pero si te quedaras otro rato…
-No puedo.
-Pero por qué ahora, es temprano…
-Se me hace tarde -dijo él sin mirarla.
En cambio ella sí lo miraba detenidamente, mientras él pensaba que lo que debía hacer era importante, que no le llevaría mucho tiempo pero drásticamente no podía dejar de hacerlo, tal vez no podía hacer que ella entienda que no se trataba de un capricho ni que quería dejarla sola, pero si bien es cierto la tarea era sencilla, lo difícil había sido esperar que Pasquel regrese, que esté a la mano para cerrar el convenio y que se firme de una vez por todas el maldito contrato.
La corbata de Duranto podía ser muy bien una serpiente azul que se le enrollaba entre los dedos y lo atrapaba voluntariamente anudándosele en la garganta. Emma, entonces, vio en el nudo mariposa la certeza de su partida. Se levantó de la cama y sirvió licor en los vasos vacíos que habían estado utilizando, luego se le acercó y desde atrás le ayudó a instalarse la chaqueta.
-Quédate -insistió- a mí no me molesta tener que sacarte la ropa.
-A la vuelta, mujer -dijo él-, prometo que al regreso harás conmigo lo que te dé la gana. Y mientras avanzaba hacia la mesa en donde estaban servidos los vasos llegó a pensar que negarse, que tomar esa actitud, lo envolvía en un aire de autoridad matizado con ciertos rasgos de importancia, lo cual le hacía bien a su ánimo y elevaba en un par de grados la calificación en la escala de su ego. Separó una de las sillas y brevemente se sumió en un profundo sorbo que acabó con el contenido del vaso.
-Otro -pidió- mientras revisaba los papeles que guardaba en el portafolios.
La mujer alcanzó a observar tres juegos de copias antes de que las guardara nuevamente. Él se levantó y se dirigió hacia la puerta hasta donde ella lo siguió con el vaso con licor. Allí, con otro solitario sorbo lo vació de nuevo y antes de salir se lo devolvió junto con un beso húmedo en la frente.
-Ya regreso -dijo-, y salió sin volverse para ver cómo junto con la puerta se cerraba también la mirada ansiosa de ella que pensaba que en ocasiones el tiempo debería ser una opción que pudiera transportarnos a los momentos en los que la espera fuera un acto mínimo, una palabra que dentro del pensamiento carezca de significado.
La mañana del viernes se había presentado limpia pero la soledad me arrastraba desde hace días hacia un desenlace que podía presentir en el fondo, pero desconocía enteramente su forma y aquello me llenaba de una angustía que reprimía conscientemente. A veces pintar me ayudaba a despejar esa nebulosa que se apoderaba de mí, pero otras veces no encontraba en las ganas de aquello la escapatoria de mi pesadumbre. Despertar ya era una tarea harto difícil: levantarme, pensar en bajar cuatro pisos, ir al abasto y hacer las compras era un sacrificio inmerecido, en fin, era algo que mi cuerpo en su totalidad no agradecería jamás; prefería quedarme acá, en el palomar, ahogando la razón equivocada con unas copas que iban aumentando su volumen a medida que me embriagaba.
Era en la habitación o, ya cansado, en el sillón de terciopelo rojo, que me dedicaba a dejar pasar las horas en espera de algo que nunca se mostraba claramente, y era justo ahí, en esa espera, que las cosas más atroces ocurrían. Me sentía esperar que los fiscales de El Proceso se aparecieran de un momento a otro y que luego de tocar, educados, a la puerta, cargaran con el señor K., pero entonces la espera se fundía en espacio y tiempo con la depresión del joven C. que alimentaba mi cuerpo, mi alma y mis ideas y desvaríos. Admito que en mí confluyen energías que no sé como explicar; sucesivamente las variaciones de ánimos y estados de conciencia me atacan y progresan de tal manera que las sensaciones que provocan esos estímulos se confunden con la aparición repentina de las fuerzas y las diluyen haciéndolas imperceptibles. De nada me servía saberlo porque el resultado siempre se presentaba en un desenlace que desconocía hasta que sucedía. Pobres gentes, como yo, llenas de inexplicables y oscuras satisfacciones. Llevo en mi espíritu fósiles que derraman el ámbar turbio de la maldad a través de erecciones mentales incontenibles, hasta los límites insospechados que los niveles del control humano no pueden contener. Quién podría atreverse a entenderme si yo mismo no podía siquiera justificar los asideros que mantenían a flote las invasiones irreales y cíclicas que me envolvían, sin considerar causas reales, justas, para el mal que me consume? Las apariciones, partiendo de los hechos, de las imágenes, se revuelven en un torbellino que origina, luego, las bases de un horrendo testimonio que la humanidad generalmente desconoce. Por cierto que se produce el rompimiento de la gravedad del ser que como tal busca en el saber la comprensión de los hechos que se suceden, cotidianos y desgraciados, desde el momento en que se arma un rompecabezas que no tiene las piezas completas. Por eso es que ahora trato de rehacerme, ahora que todo ha pasado trato de contar con las fichas perdidas para entender la visión de sangre que provoqué desde el inmejorable palco que me ofrecía la ventana del cuarto piso, cuando algo que se me escapaba me fue arrastrando irremediablemente hasta salirse de control, un control que nunca tuve porque no había una razón para el desvarío, simplemente la acción de darle paso a la posesión del sentimiento excitado de la amargura, abundante y placentera, absoluta como la nada, como la muerte, como las contracciones llenas de gozo que me invadieron al lado de la ventana, de espaldas a la pared, apretando los dientes, los puños, recogiendo los dedos de los pies, tratando de mantenerme parado, gruñendo rabiosamente y aun así queriendo no dejar escapar la exaltación que de todos modos me fue arrastrando hasta el piso duro, frío, donde los frágiles alambres de la jaula de una incontrolable risa cedieron a una suerte de arcadas, jadeos y lágrimas seguramente tan falsas como mi pena.
Al salir, Duranto iba pisando algunas hojas secas que se habían separado de las que quedaron, vitales, sujetas de las ramas, mientras pensaba que sólo Pasquel le impedía volver sobre sus pasos, mientras escuchaba en su interior, insistentemente, las palabras que Emma había utilizado para persuadirlo. Ya en la calle, se bajó del auto para cerrar la puerta del garaje. Curiosamente creyó que su cuerpo tambaleaba, pero luego, una vez dentro nuevamente, se sintió bien, sintió que nada extraño le ocurría. Avanzó lentamente por la amplia avenida, bordeada por casas elegantes, hasta la cabecera, donde lo detuvo el semáforo. Un par de veces respiró profundamente para sentir, al exhalar, el profundo tufo que el licor le hacía desprender, desde el vientre, a través de las fosas nasales. Ahora que la luz verde le daba paso, se daba cuenta de que el día podía ser aprovechado de otras formas. Al volver le diría a Emma que empacara, que se quedarían en la playa hasta el martes y ella, de seguro, que lo miraría tiernamente antes de atreverse al abrazo que Duranto iba a aceptar inamovible. Aunque podía acelerar, mantenía una velocidad moderada. Le llamaba la atención el resplandor que rara vez apreciaba. Quizá era mejor ir disfrutando desde ahora lo bueno de la vida, antes de desembocar en el torrente que ofrecían, entrelazados, el calor y el asfalto, y la prisa y la multitud, antes de quedar atrapado por las sombras que caían de los edificios en el centro. Dejó pasar una larga alameda antes de cerrar completamente la ventana. No le había importado llevarla abierta a pesar del aire que mantenía encendido en el interior, había preferido ir sintiendo, invisibles, las ráfagas de viento que le marcaban en la cara el clandestino placer que llevaba dentro, había preferido aquel viento contradictorio que parecía tener un origen diferente al de la atmósfera que lo encerraba. Así fue como de pronto empezó a utilizar la bocina, a tratar de ir un poco más rápido para no dejarse atrapar por el tráfico que de todas formas lo fue ganando, haciéndolo atender cosas diferentes a las que venía imaginando: la playa, el resplandor del día, la firma de Pasquel, Emma, el aire ajeno como la incomodidad de tanto automóvil a los lados, los semáforos y el autobús que iba adelante, al que no podía rebasar, y lo iba molestando moderadamente sin saber que se acercaba a la parada. Entonces, decidido, presionó el acelerador para tratar de llegar a tiempo, tiempo que no le dió el espacio suficiente para evitar el impacto que nunca supo de donde vino a perforarle el parabrisas y obligarlo a irse contra tanta gente que, ordenados e ignorantes del destino, en vez del autobús había estado esperando la muerte.
Arriba, la ventana se presentaba como una oscura entrada por donde la luz se filtraba como en un túnel que no dejaba ver nada, donde no se sabe qué es lo que se va a encontrar, o si en verdad se va a hallar algo, en donde entrar no significa poder salir. Me invadió, entonces, el miedo que en ocasiones me desencajaba los sentidos y el entendimiento, y me empujaba hacia el vacío. Para qué entrar, por qué; no lograba responderme estas preguntas. Era como si yo no me perteneciera, como si estuviese poseído y ni mi sangre ni mis extremidades fueran ya parte de mí. Pero luego de las noticias pude verlo todo claramente, logré encontrar las piezas extraviadas y todo lo que en ese momento me nubló se fue ordenando egoísta y cruelmente para que sólo yo pudiera conocer la profundidad en la que me sumía. Entendí que el túnel me adentraba en las tinieblas inexplicables de mi interior. Cuando parecía que las cosas sucedían a mi alrededor en realidad partían de mí, y a mí regresaban, concéntricamente, con una fuerza mayor que hacía enormes las incomprensiones y los odios. Las cosas que me rodeaban se distorsionaban: veía que el terciopelo de los muebles, el tapiz de las paredes, el armónico ronroneo del gato, todo se iba en contra de mi paz y contra eso reaccionaba, contra el inexacto tiempo en el reloj, contra el día que devastadoramente entraba por la ventana, el día que alimentaba con su luz la belleza de las lilas sobre el alféizar e iba abriendo la puerta de aquel túnel que me atravesaba el alma, que abría la puerta por donde arrojé la botella consumida y esta, a su vez, invadiendo el vacío con su cuerpo de cristal, atravesando el espacio como un cometa que sabía que su estela debía terminar en medio de la calle, causando un estallido, provocando el esparcimiento de los vidrios, pero no lo hizo, no así; se sumergió en un viaje sin retorno, para ella y para tantos, no para mí, que seguiré perdido bajo las nubes negras de esta vida vacía como el interior de la botella sin distancia volando sobre las lilas, cortando el aire, impactando el parabrisas de un auto apresurado conducido por un tipo que dejó a Pasquel esperando, que no tenía que pasar a esa hora por allí, justo por donde la botella, para no matar a tanta gente que esperaba el autobús, toda esa gente derramada y muerta como las lilas después de cerrar para siempre la ventana, para siempre muertas las hermosas lilas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

qué bonita narrativa, qué bonita descripción, embauca de principio a fin, me ha encantado. Á