martes, 20 de octubre de 2009

Menina

"Las olas me levantaban como una pluma en un vendaval y yo experimentaba una prodigiosa sensación de fuerza y a la vez de fragilidad."
ALEJANDRA(SOBRE HÉROES Y TUMBAS, E. SÁBATO)


Al fin
cierro los ojos para dejarte descansar
y dejo que te me duermas
fuera de la memoria;
Y dónde estás
después de haberte dejado escapar?
dónde estoy?
en qué nota del alfabeto de la música?
entre que obscuros pasajes
de las cuerdas de la guitarra?
En dónde puedo hablarme
si aquí en mi centro
no me encuentro?


Pensándolo bien, pudo ser que los hechos de ayer hayan sido la causa de lo que habría de sufrir después.
La reunión en lo de Ernesto, a la que iba a ir a eso de las once y olvidé por completo, me fue recordada a la una.
Ella llamó y le expliqué que en este momento no me era posible salir, pero tan pronto, le dije, pudiera, iría. Pensé terminar de comer, pensé que era casi una hora de viaje hasta allá, pensé en el sol, en el calor del putas, que no quedaba nadie en casa, pensé que no me acordaría, que por aquí, que estaba cerca.
De lejos escuché la música, reconocí la camioneta roja, la casa pintada de blanco, los postigos grises, las puertas de hierro, negras, del garaje. Apostados en el balcón, rostros que no había visto nunca me siguieron hasta la puerta de madera.
Entré. La vi. Conversaba.
Tenía el pelo suelto. Daba la impresión de estar húmedo y despedía unos destellos rojizos que no le había visto antes. Inmutablemente conversaba.
Cuando la saludé me di cuenta que hubiera dado lo mismo no hacerlo y por un momento me molestó no haber sentido el interés que al fin y al cabo me tenía aquí. Respiré profundo y miré a mi alrededor. Hacia Ernesto, que estaba al otro lado del salón, agité mis manos a medida que me acercaba. Nos abrazamos un rato largo antes de que me presentase con sus invitados. Pude reconocer a dos o tres de algún lugar que no logré precisar. Luego quedé a la deriva, mi cuerpo se mecía en un mar de voces y miradas. Sobre la mesa, cerca de uno de los bordes, había una botella de tequila a la mitad y varios platos, unos con sal y otros con limones troceados, y en el centro aguardaba la hora fatal de la ejecución una botella de whisky, tímida, notablemente tranquila, reposada. Preví que el licor no iba a faltar y lo confirmé aun más cuando alguien me alcanzó una botella de cerveza y me brindo el fuego que encendió mi cigarrillo. Me acomodé en un sillón abandonado, desde donde la miraba y hasta donde unos ojos que no lograba adivinar de donde me miraban. No me interesaba saber de quién eran aquellos ojos que iban colmando de ardor la piel de mi cara, mis brazos; tampoco sabría qué hacer si descubría a quien pertenecían esas dos bolas incandescentes que me quemaban; lo cierto es que lograba envolverme con el manto de la incertidumbre, ese que cubre a la presa que no logra detectar al cazador a punto de asestar el golpe. Me pregunto que sentiría ella que parecía no fijarse en nadie, o en casi nadie mientras intercambiaba palabras con un tipo a simple vista mayor, cano, quien al parecer la divertía.
Entre tragos largos y copiosas chupadas, la cerveza y el cigarrillo se fueron consumiendo.
El soul volaba por todo lo alto, trepaba por las paredes, rebotaba en el piso hasta el cielo raso, se introducía en los cuadros y en los huesos. Ernesto y Láwvi se contoneaban en mitad de la sala y animaban al resto a hacerlo, pero ninguno los siguió.
De repente la vi desprenderse del diálogo que la mantenía prisionera y se acercó a la mesa. La vi servirse un tequila. Vi resbalar un pedazo de limón, revolcado en sal, por su lengua. La vi vaciar el vaso en el borde de su boca hasta estremecerse. Me acerqué del otro lado de la mesa y me serví lo mismo, pero doble. Sin mirarla metí un poco de sal en mi boca, luego el trago, luego unas gotas de limón. Logré su atención y estiré mi brazo, tendí mi mano hacia ella invitándola a bailar y aceptó. Al contacto de su mano sentí que nuestro encuentro había sido prefijado por una conciencia extraña, por una fuerza que había urdido junto a nuestros destinos este plan de encanto que había empezado a darse como si nada. De aquí en adelante me abandonaría en los brazos de los acontecimientos. Oportuna y arbitrariamente Santana se abrió paso a través de los parlantes. Primero con black magic woman, a la que después siguió gi-go-lo-ba, y entre el grito y la sorpresa, en medio del alboroto, entre acercamientos sugestivos y pases fusionados todo se fue sucediendo con relativa calma, hasta las manos juntas, los besos, el engranaje de los labios, el tictac del relojito corazón y el alma.
Así pasó la tarde, así nos fuimos gastando después junto a cantares y cuerdas de guitarra, dejando a un lado la sal y los limones, ajusticiando sin miramientos la botella de whisky.
Cayó la noche; el fin, cualquiera que sea, se veía venir. Yo no pensaba más que en ella, en que la tenía a mi lado, sobre mis manos sus manos, sobre su boca mi boca. Después creo que lo que sucedía fluía sin alguna importancia, ya dejábamos vivir al aire, ya nada iba teniendo el mismo sentido, ni aquí ni en las calles, ni para ella ni para mí; todas las cosas se veían diferente, no en esencia ni en forma, pero algo desde nosotros las distorsionaba, los autos, las aceras, los árboles; hasta la gente parecía ser otra gente, daba la impresión de que la ciudad era otra ciudad. Cuando llegamos a su casa me invitó a pasar. Cruzamos el portal, la puerta de entrada, cruzamos por el comedor directo hasta la cocina. Abrió el refrigerador y sacó dos pedazos de carne cruda, empapados en sangre, en un almíbar rojo y espeso cuyas gotas iban resbalando entre sus dedos y lentamente se iban desprendiendo hasta dejar su rastro en el piso, un rastro que nadie iba a seguir, que seguramente se perdería con un simple movimiento, una leve presión del paño para que nadie se dé cuenta ni de la mancha ni del más tenue destello de felicidad.
- Esto es todo lo que hay, dijo casi con pena.
- Se ve muy bien, respondí, pensando que en ese momento cualquier cosa iba bien.
Si de algo más hablamos ya no lo recuerdo. Como si algo por dentro se me hubiera perdido cuando antes había creído encontrarlo, la sensación de que todo iba terminando me oprimía el pecho. Vagas imágenes son las que ahora me hacen suponer el desconsuelo, la desdicha, imágenes acompañadas de frases igual de vagas pero trascendentales, cómplices de un abuso sin nombre.
Los platos se fueron quedando vacíos, la carne sucumbía al hambre lo mismo que el arroz y las patatas cuando una repentina presencia apareció a mi espalda. Un bulto humano que no pude sino ver de soslayo irrumpió en la cocina y algo dijo, algo que no entendí o no recuerdo.
Yo terminaba con el último bocado cuando, sin darme tiempo ni para las buenas noches, tan rápido como entró, salió. La escuche decir: - Es mi tío, acaba de preguntarme si vamos a demorar.
En mi cabeza, un poco fuera de foco, se dibujó enseguida la silueta del tipo cano que a la tarde la mantenía prisionera.
- Le he dicho que no, dijo.
Noté que en ella todo cambió, su risa, el gesto alegre de su mirada, el tono de su voz.
- Me estará esperando, empezó a tararear, deberé atenderlo.
Yo sentí que de aquella manera trataba de ocultar su desconsuelo.
- No tienes que hacerlo, le dije.
- Sí, tengo. Después de lo de hoy día, más que nunca.
Luego no obtuve más respuesta que un silencio prolongado.
Terminamos. Una vez los platos vacíos, creí necesario irme. Sé que no era tarde, no recuerdo si la besé, pero sí que empezaba a llover, que iba casi cayéndome, recuerdo el taxi, después nada.
Pudo ser una de esas noches impregnadas de ebriedad y sinrazones, una de esas noches en las que sin dificultad se olvidan las cosas que han pasado, pero no; no fue así, ahora lo sé. Primero fue el sobresalto, los rayos del sol rebotándome en la cara, después la idea que debió perderse en los confines del subconsciente y en cambio quedó colgando del guayabo, quedó aferrada a mis párpados para que pueda verla en la mañana, sentirla golpear en mi desnudez apenas empiece a recordar o mejor dicho reconstruir, con lo que apenas podía recordar, lo que había acontecido.
Sus palabras empezaron a hacerse piedras en mi cabeza. “Esto es todo lo que hay”, había dicho, “Me estará esperando y deberé atenderlo”, “…ahora más que nunca”; pobre, pensé mientras recogía la ropa que dejé regada por toda la habitación a la noche, en medio de tanta oscuridad: argüí que después de llegar a casa, subí a mi cuarto en donde lo demás fue lo de siempre: desabotonarme la blusa, hacer que la falda ruede hasta el piso, despojarme del corpiño y del slip.
Mientras dormía se consumó mi tortura, me decía mientras trataba de despertar por completo, y me quedé sentada, luego, en la cama con la cara sumida entre mis manos, con los codos apoyados en mis piernas. La idea me llenó de contrición durante el sueño, ella ofreciéndosele inevitablemente y él saciando sus ansias por debajo de ella y de las sábanas.
Casi puedo masticar su dolor.
No sé si llamarla, es temprano aún, mejor trato de no pensar.
Si lograra dormir de nuevo, si pudiera abandonarme en las entrañas de la inconsciencia tal vez pueda formar parte de esa vida que nada tiene que ver con la realidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Leído! O hay un error, o yo me he saltado algo. Dice: Y me quede sentada. (será sentado)

A menos que ahora, sean dos mujeres.. Lo del corpiño no lo entiendo, vamos a ver, ropa femenina, buff, qué jaleo...Dos mujeres?

Imposible.

Entenderlo.

A.