martes, 20 de octubre de 2009

Reunión Nocturna

Estábamos reunidos casi clandestinamente.
Y digo casi porque nosotros, los que estábamos de este lado sintiendo sobre nuestros atavíos y gestos aquellos cientos de ojitos que brillaban en la penumbra, nosotros que recibíamos las luces y sus cambios, nosotros que éramos los que estábamos reunidos, sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo: representábamos una junta que debía parecer secreta, clandestina, una reunión que esperaba la consecuencia que los acontecimientos inevitablemente acarrearían a través de las figuras, risas, desidias y actos. Pero ni siquiera, dentro de esta ficción, lo que acontecía parecía verdadero, y aunque esto lo habíamos discutido tantas veces en los ensayos, incluso en los descansos y almuerzos, todavía me parece increíble que el hecho y la decisión de no modificar el argumento haya prevalecido sobre la concepción misma del arte, debido a que esa falsedad representada por nosotros era lo que mantenía llenas de gente la sala y de aplausos el ambiente, lo que a mí debía alcanzarme para estar, sino contento, con la satisfacción en calma y los bolsillos llenos. Pero en el subsuelo de este mundo habían cosas que ni siquiera los otros miembros del elenco comprendían, no se diga las personas que noche a noche iban y se sentaban con sus ropas y tocados y murmullos, convencidos de que al pagar la entrada a la función adquirían, más que un derecho, un poder para manipular, incluso durante el acto, una escena, utilizando métodos al extremo desquiciantes como un quejido exagerado o una observación hecha en susurro.
En todo caso, hablaba de la actitud del resto del elenco, sumergidos todos en una actitud conforme a la falta del profesionalismo actoral, aquel sentimiento que contiene el amor de lo estético y la práctica de lo justo para desempeñar un trabajo colorido y de buen gusto; pero como había dicho antes, había agotado mis recursos para cambiar el esquema artistico de la obra sin conseguir algún tipo de resultado. A pesar de mi desencanto, no había podido dirigir el movimiento de protesta hacia la conciencia de los demás miembros involucrados en el montaje de la obra; por último, me dije, quién era yo sino un actor relegado a un conciliábulo de mentira, solitario en todo aspecto, sometido a pesar de mi grandeza. Por eso, y sin importarme el dolor que sentía por todo esto, dejaba que el peso de la amarga verdad del arte se cirniera a través del esfuerzo que practicaba cada noche sobre el escenario. Es por eso, también, que dentro de esta farsa, dentro de este mundo de juguetes humanos, hoy, la última noche de esta representación absurda, pretendo darle a esta gente el mejor final de obra que puedan imaginar. Contrario a mis sentimientos, llevaré el estandarte y me entregaré completamente al sacrificio que demanda la actuación de verdad.
El ambiente oscurecido, los jarros de cerveza sobre las mesas, las aspas de los ventiladores girando a la mínima velocidad, el humo de los cigarros formando nubes de otro cielo, era todo parte de la obra que, junto a esta alegoría de personajes extraños, de algún modo formaban parte, también, de la otra obra, de esta obra que se había creado en el interior de mi alma y que en esta, la última noche, tendría, bajo los faroles, la oportunidad de compartirla.
En el centro del escenario estaban Carmencita, la dulce mujer que me había por fin abandonado, haciendo de Clara, y Juan Pérez, que la ceñía por la cintura (y que ahora que me la había quitado, en la intimidad, haría de las fricciones la antesala de los prolongados placeres que la Carmencita solía sentir y provocar) haciendo de Joseph.
Y están allí, nadando en la contradicción que tiene a todo el mundo conmovido, dialogan, cada uno se convence, ante el otro, del amor que se profesan, pero a la vez huyen del destino que el guión les tiene deparado.
Todos nosotros, los de este lado, sabemos perfectamente lo que va a pasar: Fernando, en el papel de Abel, resulta ser el asesino pagado por el esposo engañado y cobarde; sacará su arma y disparará contra Clara, la mujer que ha sido infiel a lo largo de toda la obra pero que al final, aunque toma la decisión de no abandonar a su marido, no encuentra la forma ni el tiempo para hacérselo conocer antes de que éste la mande a matar. Debo admitir que Joseph deja entrever en una línea bien lograda que la posible muerte de Clara le importa nada, o casi nada, y con ese breve rasgo se gana totalmente el reconocimiento de odio no sólo de la platea sino el mío, tal como debe lograrlo según lo que debe representar. No sólo tengo la impresión, sino que estoy seguro de que en la vida real, Juan Pérez muestra sentir lo mismo por Carmencita.
El público, absorto, sigue pendiente del desenlace, y mientras el final se acerca Joseph y Clara magnifican el último beso, el beso de la triste despedida, el beso que los trajo hasta aquí, hasta el encuentro furtivo que nadie desconoce y que nos tiene a todos con la atención pendiendo de un hilo. Es en esta parte donde se escucha, magnánimamente, desde la platea, el rumor de los suspiros, y se adivina, desde los ojitos luminosos, una que otra lágrima que las telas de los pañuelos absorben en silencio. Sobre los hombros de Abel se balancea ahora la obligación de sacarlos a todos de ese estado de observación, de impotente nostalgia, y pasarlos al horror del susto mediante la sorpresa. Al final del beso empiezan a escucharse al fondo unos arpegios disonantes que poco a poco aumentan en intensidad y timbre, las luces envuelven al escenario en tonos pardos y todo empieza a oscurecerse, un haz de luz ostenta halos iridiscentes y rompe en dos el ambiente y muere en el lugar predestinado al protagonista de la última acción. Violentamente me levanto y cae la silla, provocando un estruendo seco que comulga con la música en desesperación y ruido, la mesa cede un poco sobre sus cuatro patas y avanza y aprieta el pecho de los comensales que estaban reunidos clandestinamente junto a mí esta noche, casi no me doy espacio, algunas voces llegan a escucharse, en la penumbra, fuera del haz que no me apunta, extiendo el brazo, el arma, y, simultáneamente, la chispa, la descarga y el cuerpo que cae se suceden irrevocables.
Después de la detonación, allá, los que han visto la obra más de una vez habrán notado algo extraño, algo en la luz, algo que en esta ocasión les ha ocultado algo, y la verdad, ahora, parece confundirlos. Los otros, aquellos que vienen por primera vez, empiezan a aplaudir tímidamente. Luego, como gotas gruesas y abundantes, los aplausos llueven de todos lados, en breve nada los detiene, todos se levantan de las butacas, eufóricos, encantados, aplauden, aplauden.
Acá, en el otro lado, bajo las luces disminuídas, mi rostro debe tener algo de grueso, una expresión cruda.
Fernando tiene los ojos increíblemente abiertos, me mira y no entiende.
Mis compañeros de mesa cubren sus rostros con los harapos o sus manos.
Carmencita, de rodillas, aun no se ha levantado.
En el entablado, el cuerpo del actor emana mucha sangre.

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