martes, 20 de octubre de 2009

TRATADO DEL OLVIDO

Si yo te olvido no es porque se me acaba la insólita voluntad de recordarte; No. Te olvido porque ya no tengo, en mí, cabeza ni palabras. No tengo cómo mencionarte, no sé cómo llamarte.
Si algún día fuiste tú, no sé ahora cómo eres. Te me has borrado de las nubes, ya no habitas en la sal de mi memoria.
Nadie como tú sabrá lo que pasó conmigo, con la soledad y la locura; Nadie entenderá lo que ahora ya no existe y por qué amaba tanto eso que hoy es un voraz vacío.
Yo me niego a lo que una vez hubo antes de mí. Y desde algún principio acorralado desconozco los aires y las olas. Ya no creo en nuestra sangre como una antigua vaguedad de recónditas y tímidas violetas; ahora ya no hay más en nuestras venas que unos torrentes desterrados al polvo y al olvido. Nuestra historia alguna vez fue esparcida por el aire; hoy somos partículas inexistentes.
Mi ser se ha suicidado. Un acantilado cae de bruces en mi alma. Una luna aúlla entre la noche a un perro con mi nombre. Y el tiempo va desvaneciendo crudamente el tiempo. Prefiero ser, entonces, un grito constelado, un pez que nada entre cereales, una gruta abierta en el centro de la tierra.
Lo que un día amé, definitivamente se ha perdido; en la medida sin distancia, en un olor desvanecido. En este instante, cuando todo acaba y el recuerdo es un vórtice de sufrimiento todo me parece el vacío que es, y se asemeja mi hálito a una presencia trémula: tu carne transparente, tu estampa lánguida, el fantasma claro de tu muerte.
Por eso, si yo te olvido es porque...
Adiós.