martes, 20 de octubre de 2009

TRATADO PARA EL AIRE




Aldebarán.- ¡Oh! pálida estatura que llena el vacío,
venid a muerte, venid;
vos que engendráis ráfagas y remolinos
en ese cementerio de sudores
y de pelos.

Eolo.- De arriba abajo los párpados mecen mi sueño;
la calma que es poca
en este laberinto sin paredes,
el más vil, el más temible que me encierra,
en él irrumpe vuestra luminosa voz.
Valiente forma tenéis
para desafiar mi aletargada furia;
porque todo aquello que visteis caer
durante mi reinado, durante los siglos,
no fue más que un bostezo de mi pesadumbre,
un silfo campestre,
una forma invisible del cansancio:
el pesar de haber existido desde siempre;
valiente sois para deshacer mi paz,
para provocarme la ira.
Aunque viva os sepáis,
la furia que habéis despertado
es la misma que, sin saberlo,
habéis pedido que tienda
sobre vuestros despojos.

Aldebarán.- No he querido…,
no ha sido mi intención desafiaros,
nunca, soplo, levante,
…calmad vuestros cansados ojos
y sed brizna y ahogad
vuestra persecución hacia las hojas,
escuchad la piedad de las palmeras y las costas, recostad vuestra masa,
parad ya la bruta fuerza…

Eolo.- ¡Respeto! astrosa;
que no os tiemble la mengua de vuestra insignificancia.

Aldebarán.- Pero, y vos, señor, amo del aire,
sois mejor y poderoso
porque ocupáis más espacio,
y a la edad de la arena confiáis vuestra soberanía?
Dejadme que os diga
que no consiento la afrenta que esgrimís
a través de las montañas y las nubes.
Que si por vuestra voluntad se esparce el trueno,
y por vuestra voluntad se engendra el ojo maldito,
es más cierto que por la nuestra vos existís…

Eolo.- ¡Increíble gracia!
Atrevida es vuestra suerte,
y aunque dama,
no tendré compasión de vos.
Decid, por fin, qué pretendéis antes de acabaros.

Aldebarán.- Pues bien, ya que así lo habéis querido,
rugid cuanto podáis,
llenadlo todo de desastre y agua,
vaciad los mares y volcanes,
entrad en los rincones
que encontréis a vuestro paso;
borrad empalizadas y fronteras,
cremad, ahogad, daros vos las muertes
y dadnos las almas inmortales,
que sea vuestro designio la desolación y el olvido, que sea vuestra cama la agonía.
Seréis sólo el viento,
el aire entre las marcas de Nazca, de Los Tayos, la piedra en la que ruede la nieve derretida…

Eolo.- Me daréis órdenes y me sentenciaréis,
a pesar de haberos permitido expresar
de tan libre manera?
Dónde ubicáis vuestro certamen?
Dejad que mi inclemencia ateste
lo que buenamente pueda quedar de vos,
oh! suplicad y suplicad.

Aldebarán.- No, señor.
En primera no podéis alcanzarme.
Estoy en la parte que más brilla
en la constelación del toro,
suponedme, imaginadme,
no sabréis qué pasó
luego de que los cometas estallen
vuestros dominios aniquilados.
Quieto, todo es inútil ahora.
Luego vuestro ser
se mezclará con nuestra atmósfera.
Que todo rencor
que su merced pueda haber tenido,
carezca para siempre;
muerto sois, señor.


Eolo.- Porque tu voz tiene una voz que no conozco, y tu pie tiene fija la forma de dejarme su huella en el alma; porque los huesos de tu cara dibujan infinitas sombras y tu risa te convierte en fases lunares: te busco cuando no estás y cada vez que te apareces.
Porque sé que en algún lugar he de encontrarte, dispuesta, sumergida, en un párrafo olvidado, con tu rosa pálido entre hebras cobres, hilos castaños; porque se quiebra la unidad del piano cuando bailas y la onda que dibujas, cuando te despliegas, se convierte en el aliento más puro que tienen tus adentros: te siento, maldiciendo la distancia entre el tablado y la butaca.
Qué agonía verte desde lejos. O no poder mirarte si te acercas. Detrás de este dilema ya no sé ni lo que digo, o si algo estoy diciendo.
Cada sílaba es un remolino que se lleva todo lo que siento, y todo lo que siento regresa a mí en una ráfaga de aire, en una sumisión exacta hacia lo total desconocido. Si no te tengo, cómo he de hacer para encontrarte?
Cómo será romperte el pétalo, la flor ajada, el ciego contratiempo que de a poco me has de ir otorgando…
¡Oh! En cuánto desvarío se puede convertir mi vida. No sé si llegue a saberlo. Pero el tiempo está, además de lo que pudiera ser adivinado.
Acaso es este espacio todo lo que tengo?
Todo lo que necesito para estar desvanecido?
Sueño, es verdad, contraído en el afán de un simún que tu mano diera a esta piel que se retuerce y bulle cuando no retienes a tus ojos, cuando no haces otra cosa que mirarme, así, como me miras, orbital, transparente, como si supieras que me tienes encerrado, elíptica.
Entonces cada vez que eres mi ser es más inexistente, menos que un grano en el manto de arena.
Dentro de este calendario circular de olas y destellos, de música y eclipses, recuerdo alguna vez un sueño que tuve mientras era la felicidad un mar de palabras escritas con cálidas péndolas, pero al despertar siempre lo real fue diferente: con tu ausencia, tan solo algo de mí se ha ido: tú.
Después no prosperaron las cicatrices sino una sola herida: una mano resignada, una voz partida, un llanto seco y desgarrado que se multiplica en un eco silencioso, en un espejo que, abominable, restituye infinito tu destello inexistente, tu vacío, tu perdurable esencia en esta imaginaria sucesión de inventos que a partir de mí creas y desarrollas.
Y a esta hora, en la que el deseo se abate frenético sobre las formas que en tu derredor se trastornan, veo perturbada esta pasión como si fuera una locura de permanente sufrimiento: incontrolable alrededor de hálitos y campanadas.
Lejos, ahondas en mi alma a pesar del aire.
Entonces empiezo a escribirte algunos versos: versos desnudos y espesos, como el talante de mi sangre.
Necesito intensamente trepanar esta calavera que me agobia, deshacer el viento que me arrastra por un desierto solitario de limos y arcillas, hasta algún cementerio abandonado. Cielo de oscuros azules, esqueletos de árboles grises: toda visión es de luna y de muerte, por eso van estas páginas, palabra por palabra, cinceladas en amarguras; por eso muere un beso, opaco, dentro de mi boca.
Trasluce una luz detrás de la veranda y mágica aparece una silueta conmovida: eres tú y no eres.
¡Ah! ya no sé ni lo que miro, o si estoy mirando, o imaginando.
Pero así te rescato intensamente; aún como una rama deseo ser parte de algo que sea parte de ti: un lóbulo, uno de tus dedos, un cartílago perpetuo.
Qué demuda tu silencio?
Todo esto no es más que una antesala, un depósito de hábitos, una columna de amor que se encuentra sumergida.
Y hasta allá no puedo llegar; por eso te pienso y ya en mi hora final puedo establecerte como un vasto territorio: una cinta gris demarca aquel recodo que no alcanzo; se me hace que todo es parte de tu falta de nomenclatura, de lograr saber cómo eres por dentro.
Incluso adivinarte puede ser una tarea complicada. Pero tú, que sólo has de desprenderte de tu esencia para enloquecerme, dejarás que te posea ahora que me lo propongo: tu cuerpo está hecho de músculos valientes, de partes que nunca hubiera imaginado. Saberlo ha sido obra de este acercamiento cosmogónico, y en este juego que me lleva hacia la muerte puedo al fin asesinarte. Tal vez me sepas cruel, pero yo también estoy muriendo, y tú no existes, lo confieso, te invento.
Ahora tú lo sabes.
Parto en ti como una luz inicial y como una partícula de polvo. Pronto lates y tu corazón empieza a martillarme. Entonces lo encierro en tus costillas, configuro tus huesos y tus carnes; dejas de ser un hálito. Eres la transfigurada forma del vacío.
Eres la luz que dejó de ser amarga, mi estrella final, la de mi último recorrido.
A la noche ya eres el cuerpo que había imaginado y en un desesperado intento, empiezo por aprenderte de memoria. Cada latigazo de belleza va lacerándome los ojos porque cada parte de ti abarcaba diferentes universos: uno de ellos trama aniquilarme.
Desde el principio el símbolo de tu presencia habría sido el designio que ejecute este sufrimiento. Por eso pienso en otras cosas. En tocarte, por ejemplo. Empezaré acariciando aquello que por ahora he de llamar colina, porque están en tu cuerpo las elevaciones de la tierra. Luego sé, que poco a poco tendré que ir definiendo cada acto. Te nombro como si tu nombre fuera la condición que mueve las constelaciones y sea este uno de los indicios de tu naturaleza. Después, mujer, bajo a soplarte cada parte de lo que he creado. Me fundo con el llamado de tus muslos, planeo bajo y reconozco el triángulo augusto que ha de rozar mi aliento. Un florecido aroma de ático nos enmarca, el tiempo se ahoga en tu presencia de recuerdo, en la gruta que se abre de alas coronadas. Una forma transparente te envuelve y yo, que soy el aire, ahora soy un animal humedecido. De un solo rumor te lleno de caricias coloidales. No habrá más olas destruidas, más carne que tu carne, otro orín que cruce mi garganta, porque el olvido es algo que en ti se acaba.
Ahora todavía, tu voz, el reducido recuerdo de tu eco me enhiesta.
Así vienes cada vez a mí y te poseo desde la renuencia hasta la súplica y el grito.
Luego, en el éxtasis de la agonía, se devuelven a la calma los resuellos y las contracciones.
Pero llega la hora de despertar, y de morir, inútilmente separados.
Adiós, pues, mi estrella, mi lujuria; ya se acaba esta anaconda láctea, lisa, parda; abierta seas en las puertas de mi encierro.
A veces sin embargo
sobreviene un retorno, canta un ave de fronda su reclamo
.
Qué partes ocultaste
de las lágrimas del Sauce?
de mis ojos enterrados…?
Cuántas y cuántas cosas se suceden.
Próxima está la lejanía herida.
Cae la paz como un copo transparente.
Una inmaculada imagen se trastorna.
Un báculo muere desangrado
sobre este inmenso caos de incertidumbres.
El Fauno danza alegre entre las pieles,
y en medio de esta selva de sudores
cae la noche como una luz perdida,
como una ráfaga mortal, de humano.

2 comentarios:

EURICE dijo...

Cementerio de sudores...me ha gustado esa frase.
Todo está muy bien escrito.
Un pñacer leerte y seguirte.

Anónimo dijo...

Espectacular, Gus. No hay texto que me deje indiferente, ahora, escojo también este párrafo que me parece sublíme, de nuevo la voz, es tremenda, la autenticidad con que a mí me llega. Extraordinario:

Eolo.- Porque tu voz tiene una voz que no conozco, y tu pie tiene fija la forma de dejarme su huella en el alma; porque los huesos de tu cara dibujan infinitas sombras y tu risa te convierte en fases lunares: te busco cuando no estás y cada vez que te apareces.

Porque sé que en algún lugar he de encontrarte, dispuesta, sumergida, en un párrafo olvidado, con tu rosa pálido entre hebras cobres, hilos castaños;

porque se quiebra la unidad del piano cuando bailas y la onda que dibujas, cuando te despliegas, se convierte en el aliento más puro que tienen tus adentros: te siento, maldiciendo la distancia entre el tablado y la butaca.

África.