martes, 20 de octubre de 2009

TRATADO PARA EL DESVELO


¡Ay de mí! Que el sueño me atrapa aunque yo no quiera, y lo quiero. Dormir es como ir muriendo, porque lejos de la conciencia uno pierde y va perdiendo el tiempo, tan lejano ya desde el nacimiento.
Hace calor. Las cortinas son como un fantasma inmóvil que se consume en la miseria de esta noche tibia y seca, las cortinas son y no se mueven y hay una parte de ti que se me pierde; que no se mueve y que mi mano trata de encontrar ansiosamente, que no avanza hacia algún lado como lo hiciera algún espectro vivo. Entonces, y aunque sé donde se encuentra, opto por acariciar tu omóplato y tu hombro. Hace calor, y las mandíbulas del sueño van tragándose el aire que respiro; poco a poco mi latido es más intermitente, tarda cada vez un poco en regresarme a mi pulso cotidiano.
Entonces caigo en tu pesada esfera
Como una luz opaca y verde y muerta
Y duermo, entre sollozos, alimentando mis ojos de oscuridad y lágrimas, porque en verdad no duermo y trato de engañarme. Yo aprendí a crecer en la penumbra, entre animales y figuras que nacían en los cuadros, y era tan pequeño e inocente, también tan liviano y era niño, que entre tanta selva espesa y negra supe estar anclado al miedo.
La inmovilidad le duele a uno en las costillas, a uno que no es más que uno, que nada; y más ahora que la voluntad no alcanza para detener estas ganas desangradas. Mi razón ya no se considera libre y esto multiplica el sufrimiento por tu ausencia, pero nada es eterno como el viento, ni la muerte, por eso la paciencia se siente claramente aquí, en el alma.
Hay entre el insomnio y yo un pacto: él se aferra a mí aunque indeseable, y yo toco a tu puerta cada noche. Amor que ya no estás, tú que me has abandonado, y me has odiado, y me has llorado y amado, me dueles en las manos, en estas manos desiguales que una vez te hurgaron en la sombra. Cleopatra desnuda, todavía vaga tu sangre por mi sangre, todavía soy culpable de haber entrado en ti, de haberte mordido con mi áspid. Soy culpable de haberte asesinado, y lo lamento, porque con tu muerte son otros tus olores que casi se han desvanecido, definitivamente más livianos. Tengo la impresión que lo que más percibo es el vacío, pero entre las otras cosas que presiento están, en tu cuello y en tu vientre, entre cada uno de tus pechos todavía el aliento lácteo que inventaba para consolarte.
De pronto la noche es una estancia llena de calma y las horas van pasando comunes y repetidas. Cierro a ratos los ojos pero es inútil mantenerlos y en mis párpados nace una cisura y alegres las pestañas se enlazan entre ellas. Qué hago sino pensar en lo que he de decirte?, ausente. Voy tras una edad que no preciso y una imprudencia me obliga a recordarte: porque en esta oscuridad soy el negativo de un daguerrotipo que nunca fue tomado. En esta habitación no existo, existes tú. Eres la sed que no entiendo, mi espera en agonía.
Dame, fuente de rosas inmortales,
tu vuelo de calandria
tu alma de alabastro

Dame tu espalda, la distancia rota
caricia cruel, espinas de tus brazos

Dame el cansancio puro de tu boca
Algún rastro para hallarte, un cabello, una cuna. Una gata loca.
Voy a ti como quien va a un espejo. Una superficie dura me detiene: tu voz de plata que resuena y se prolonga por los puntos cardinales de mi vida incinerada.
Voy a ti despierto, oscuro, desvelado. Pero voy presente y resignado. Pronto ya no te saludan las cornetas que plegaban el aire en tiras de flores a tu paso, es verdad, lo siento, pero en el olvido puede mi noche extender otros senderos y quizá entre esos pasos pueda ser devuelto hacia otros brazos, hacia otros besos. ¿Qué puedo hacer si he nacido solitario? ¿Quién me dice que aunque solo, he de sentirme abandonado?

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