miércoles, 21 de octubre de 2009

TRATADO PARA UNA CARICIA



Siempre te miré con deseos de alfajor. Verte hecha dos tapas de galleta blanda, salidas de la harina, de la mantequilla, manjar de leche entre las dos, y sobre ti, como azúcar impalpable, mi piel en una caricia revolcada; pero cada mañana la forma de la ventana se dibuja diferente. Se parte en mil pedazos la luz que traspasa el cristal; veo, desde este lado, tu cuerpo desnudo y encendido, pastando algún sueño en tu silencio abandonado. Te descubro por completo, pensando que en el sueño me pides que te despoje de esta sábana -a veces insalvable- que te oculta partes y partes de mi abrupto deseo de mirarte. Allí tu pie, destapado como ahora toda tú, me muestra tu planta llena de soledades, de unas líneas que la tierra ha arado en ti; veo el comienzo de un talón que nace en unos pliegues delicados, un tendón que sobresale bondadosamente, un sólo cartílago que se extiende como una vela, como una lona henchida de sustancias escarlatas. Lejos de tu suspiro te percibo en cada parte de esto que soy, o de esto que me va quedando: un aliento rencoroso que no puede ser más de lo que miro: un deseo exhausto que se desvanece con tu cercanía, una gana nerviosa y fatigada que se abstiene de calmar su sed en tu piel llena de fuentes, mantos, valles y montes. Oculto mi voz para que no sepas que estoy acechándote. Por eso no te llamo ni te despierto. Te contemplo desde las dunas de la cama, te estudio. Maldigo verte como una presa desahuciada. Mentalmente me impulso con tu diástole, me atrevo a reptar una caricia por tu espina, a lo largo de tu espalda, en una apacible forma de morir estremecido. Hay lugares donde mi mano se encorva y largamente me detengo a disfrutarte, porque dormida eres otra cosa. Dormida eres el Largo que maneja mi melodía, la negación del tiempo que transcurre inevitable, el párpado cerrado que me da la libertad de amarte: hasta dejo de respirar para no perturbar el movimiento de tu sangre.
Si te vieras, amarías mi caricia tanto como amo yo tocarte, pero es mi turno de cerrar los ojos, y sé que vas a levantarte. Haré que duermo, como haces tú, y ya en la palma de tu mano mi cuerpo entero será sólo una ola en tu mar interminable.

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