lunes, 19 de octubre de 2009

V

Voy a esperar que mi nombre te llame
y te traiga y te someta temprano
en la larva de un día gris que estalla
esa región más clara de tus ojos.

Cada letra es tu piel de madrugada
blanca y pastosa como si nevase,
como si un hálito azul de frío cruel
en una ronca brisa nos tocase.

Yo quise mantener una esperanza:
que el día, sin zapatos, me llevase
hasta el umbral del cielo de tu boca,
allí donde tu beso pueda ahogarme;

y el miedo, donde quiera que aparezca,
será como un silencio arrebatado
desde el centro de un lago que te nombra,
con su voz de agua y flores que mueren.

La tierra aprieta en su puño la raíz;
el invierno traza un camino blanco
lejos de mis pasos, de mis mañanas,
paciente en cada copo derretido.

Así yo dejo de llamar; espero:
sólo se queda, pálido, mi nombre
para hacer que vuelvas a la latitud
izquierda de mi pecho que, vacío,
es un pozo sin monedas de cobre,
sin la araña de tu mano que baja.

El agua entierra, la tierra se ahoga:
merece la pasión sufrida cuenta:
pasar al odio desde la neblina:
amar sin fin, desde la bruma quieta.

Pero tu amor es un pájaro que va,
(si mi palabra llega a equivocarse)
al norte de unos brazos imposibles.

Tejen tus alas lazos que me atan
al fondo de un nido que está vacío.

La tierra ahoga en leves cantos mi sal,
combate en la ola del tiempo sufrir,
espera, no más. La infancia levanta
días que todavía no han pasado.

Agua, entiérrame y socávame, letal,
yo, corriente; filtra mi alma el guijarro
de la pena que arrastra sin su pena
pares de cuatro o siete ojos celestes.

Quisiera decirte las cosas simples:
hablar de los jardines, de la tarde,
de una pieza donde la penumbra vaga
mece a veces un círculo que espera,
(y en la retama que el olvido cose
en el borde lívido de la nada
se va en redes el pulso, la nostalgia)
pero la región clara de tus ojos
es la larva del día gris que estalla,
temprano ya, te trae y te somete,
cuando mi último nombre al fin te llama.

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