martes, 20 de octubre de 2009

XI SEQUÍA

Sólo pensar.
Caen las uvas del desvelo dentro de tu boca,
candente sinsabor de latitud amarga,
maldita sed de amor,
perpetua agonía,
el día se consume en nuestras penas.

No tengo rosas para darte, sólo besos,
como un mar infinito de medusas brillantes,
de frutas silvestres y palmeras diurnas.

Por tu espalda baja una línea de espiga mineral
que un día recogió la punta de mi lengua.

Avanzo dando pasos que no son míos,
donde la tierra escupe polvo en mi camino
y sufro porque te sigo dentro de unas horas tristes.
Busco tu rostro en monedas acuñadas
pero no sé de dónde eres
y viajo eternamente
por un sendero que estrecha el frío y el fuego.

Llego a las puertas de una ciudad fortificada
y su dintel de oro tiene un brillo grave
que no es el brillo de tus ojos:
sus calles tienen piedras
duras y con el alma de arena
que buscan en mi piel hacerme daño.

Si te quedaras quieta un lustro,
diez años, podría mi corazón profundo
hacer cuartel en el invierno,
después de ver caer cada hoja en el otoño:
buscar las uvas más oscuras en el monte,
para exprimir el jugo ardiente allí en tu boca,
el último día en que te encuentre.
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