martes, 20 de octubre de 2009

XIII EL INÚTIL

Como dentro de una oscura espera
pensaba que ya no te vería,
que no alcanzaría, todavía, esos muros,
en los que todos mis lamentos deciden desbocarse;

Y lloro y miro a un lado y otro,
a nadie pregunto por tu suerte,
voy y ando debajo de las dudas
aunque no llego al centro, o al vacío.

Y pienso que he de hallarte en una hora prometida,
en el cristal de un vaso sin estanco,
en la raíz superficial del miedo,
en el sinfín de una aurora que perdura
dentro del instante púrpura, lejano, solitario,
tan inscrito en el amanecer yacente
de tus vivos ojos claros.

Tu voz, como una ráfaga de agua de azúcares salvajes,
se desplaza por mis venas, en silencio
y te siento recorrer mi cuerpo, sin asombros.
¿Cuánto habrás pensado en demarcarme?

Te siento, pero soy de una quietud inapelable,
un lobo detenido en una estepa de sangre,
un aullido desgraciado que sigue en sí tu rastro.

Tu ausencia es el tiempo que me golpea con un puño de aire,
y hay unos olivos que se desangran bajo el sol sobre las piedras,
tus lágrimas se vierten en mi sed,
como el aceite de las graves penas verdes.

Pero ya no me acompañes si mis costados van heridos,
cuando a las costillas laceradas las envuelva un polvo impuro.

Deja que no más te halle,
porque sólo tu mano puede regar mi piel como un jardín
sin los helados fuegos del invierno,
y sólo los días deban sufrir
la ardiente tempestad de las palabras de piedra.

Cuando luego abrí mis ojos,
las horas habían caído en el oscuro pozo de la noche,
ya mis pasos se habían quedado sin aliento,
y no alcanzaba el espacio de la niebla ni el fresco
para salvar de una agónica mentira
la flor nocturna y delirante
que el viento deshoja en pálidas naves estrelladas.

La penumbra azul se aquieta en los manjares de tus bordes,
como hacia un espejo te miro a los ojos desnudos,
sin movimientos, sin heridas.
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