martes, 20 de octubre de 2009

XIV PRESENCIA

Tu piel, como el jazmín,
es blanca y extiende tu olor
por los resquicios de la noche;

te espero detrás de una cortina de aire
y con mis oscuros brazos de rocío,
como dos sombríos ramos húmedos,
te ciño el pecho en un abrazo de fuego.

Te beso porque la noche me envuelve
y en medio de ella tu firme caricia me socava.

La noche es negra, a veces roja,
larga y silenciosa en medio de mis ojos,
se extiende como un río,
se pierde entre tus fríos dedos tiernos.

Allí también me pierdo.
La noche baja por tu cauce
y posa su manto oscuro en las curvas de tus hombros.

Al filo de la calle también van sus pasos
como una tímida presencia desvelada.

Acechante latido de pantera lleva,
crece en su océano selvático
la verde mansedumbre del vacío,
a veces total, como el amor,
quieta en la madrugada sin silencios.

Muere la noche a la orilla del alba,
se cruza en mi suerte el maullido del día,
plena vigilia se deslíe del mundo,
y la zozobra de mi cuerpo tira su piedra a tus aguas concéntricas,
que giran en mi espera cuando me sumerjo en tu corriente.
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