martes, 20 de octubre de 2009

XVI MUJER DE SOMBRA

Nívea y extremadamente pálida,
así tu voz, como un fantasma, toca,
la flor de mi querer que leve nace.

Tu mano, en cambio, cálida y temblando,
se posa sobre el tiempo, como el día,
y vence los designios de las horas.

Aquí no hay faro en cuya lumbre caiga
el rastro de mi corazón perdido,
ni el rumbo de mi vacilante muerte;

no hay ya la atroz paciencia que me esquiva,
ni aquella calma que anhelante cedo;
peor el beso lívido que restalla…

Y yo contemplo tu ausencia como un sol,
y soy un copo hiriente y devastado,
en el que yacen, frías, nubes grises,

pero el amor renace, allí, en tu boca,
y aunque en mi piel se quiebra tu presencia,
y todo se hace luz cuando te miro,
de poco sirve tanto verso aleve,

me cae en la fe el dolor de un día triste.
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