jueves, 22 de octubre de 2009

XVII

Testigo soy de la faz de la piedra,
mullido fin sin horizonte siento;
encuentro, busco, desapareciendo
como los umbrales: lo cotidiano.

No quedan ya ni ríos ni lágrimas
lejos de la distancia que separa
el cristal, la gota, el alma de un manso,
el rencor, la corriente, la tristeza.

Tala mi piel el agua condenada
y surca fiel la sangre en las arterias;
me inclino, bajo, desciendo y me acuesto,
me quema el vuelo de una mariposa.

Entonces si tú fueras yo sería,
y se levantaría parte de mí
y tocaría lo menos profundo
para evitar la luz en pleno miedo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

eRES Mejor Poeta amando que olvidando. Á