martes, 20 de octubre de 2009

XVIII CLOTO

Luna cobre, mortal y oscurecida,
resplandece tu fulgor de cepo gris
en la herrumbrada cama de los mares;

vacíos lechos, penitentes voces,
figuras de papel del aire manso:
se quiebra el andar en las olas fijas;

en el mar ya no hay vida, ni en la tierra:
sucede que el dolor rompe los días.

crece el amor, se abren las ventanas,
en el cristal del mundo me reflejo.

Y dime tú de dónde vienes, blanca,
sombra penitente de mis afectos
que elevas hasta el cielo los colores,
y en el cielo te desvaneces sola
como un ave que abre sus alas tristes
en la triste hora que el mar revienta
y se lleva la vida que nos toca.

Queda un muro que se va levantando,
su sombra da en el centro de la plaza,
el agua de la fuente se oscurece
una fría mañana sin mañana;
¿Y las puertas, entonces no servían?
¿Nos mantenían lejos de las piedras?
Acaso era esta nuestra casa,
la casa es el mundo transparente
de donde desaparece el herraje
y hacia donde van todas tus visiones.

Tejías en mi pecho con tus manos,
salíamos a caminar, dormías
dentro de los días como un pájaro.

Los días no pasaban, transcurrían
y se quedaban en tus ojos grises
como un relámpago que permanece.

A veces, estos eran otros días,
pasados, donde no había futuro.
yo metía mis manos en la arena
y el desierto arrastraba piedra y sangre.

Un cántaro de sal, la voz del fuego
una metralla de arena en los ojos
un mar de tinta, el brazo que se parte
llega, hiere, se asemeja a la muerte,
se va, regresa, se convierte en raíz,
anida, vive, queda para siempre.

Un canto desde el pedregal marino,
levanta sombras hasta las palmeras,
luces sobre casas en hileras,
y vientos duros en los corredores.
todavía no sabía que eras tú,
principio de la historia que no era,
piel de nube, paseo de la estrella:
no te sabía pero te soñaba.
Eras como un manto en todas mis horas,
contigo mi sed de amor se moría:
siempre eras como el río púrpura
debajo de las piedras de los puentes.

Quedaba tu voz lejos de mi oído,
yo mordía tu boca cada noche,
iba y venía desde tu ventana,
sobre la cresta de los vientos leves.

Allí te vi con tu bata de sombra,
sembrando los misterios de la estancia:
tus manos blancas atadas al sueño,
tu rostro trémulo, placer sin hombre,
el par de copas que tu pecho vierte
en sangre por mis venas aterradas.
Tus piernas que caben en la llanura
tímida de la noche sin miradas,
son dos árboles que restallan la tierra.
Viajo por la piel blanca de tu vientre
y es tu vientre una plaza abandonada.

Allí nace el muro, la provincia azul
del miedo, eres la huella que se aleja
mientras voy por tus ojos como un niño.
Cruzo tu pradera de flores rojas
como un potro que busca su camino;
huelo el rastro de tu sexo húmedo
y abre el día su persiana lánguida,
extendiendo sus brazos delirantes
hacia la encendida bruma cósmica
que mece los cristales y las horas.
Todo se rompe, fríos, primaveras:
el sueño se marchita penitente:
me dueles en los dedos cuando escribo.

Tejo tu nombre en la luz encorvada,
tus plumas van cayendo como piedras
en un océano de dulces llamas,
pero todo es nada y todo se pierde
en la precisa flama de una vela.
No estás, la tabla cruje en el vacío,
yo te siento al final de una escalera
que sube y baja por los campos grises.

Al fin mi necio corazón embarca
la pálida noción del continente.
Mira el faro con su ojo único
la huella de sangre, mi pecho abierto;
la costa cede su manto de arena
fluye la espuma en mi cuerpo tendido.
Viaja el monzón hacia los horizontes
de un barco que encalla sobre las olas:

se llena, entonces, nuevamente,
un cántaro de sal, la voz del fuego,
una metralla de arena en los ojos,
un mar de tinta, el brazo que se parte,
llega, hiere, se asemeja a la muerte,
se va, regresa, te convierte en raíz,
anidas, vives, quedas para siempre.
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