martes, 20 de octubre de 2009

XX ÁTROPOS

Cerrar tu nombre, tus ojos tu nombre.
Sentir que el mediodía te somete,
que todavía puedas liberarte.

Todo en ti es presencia e un día de sol,
pero tu voz es triste y me socava.

Puedo empezar a sostener tu muro,
en medio de una angustia irreversible.
Nadie sabe quien lo edificó, tal vez
las manos del osado, piedra a piedra,
azules, violetas, del musgo verde
que a la orilla se alimenta;

Tu pie no vino al mundo, se hizo en él,
parió tu huella debajo de un ciprés
un rastro que se hunde en la ceniza;

Llevas los ojos en el pecho, callas,
me miras, sigues, impasible y fría.

Ya nada es como imaginé al principio,
no brillas en tu cuerpo las estrellas,
y en el pilar del mundo te decantas.

Tu voz de cristal derrite los días.
quedan vacíos los silos del año.

Al más allá te irá a buscar mi muerte,
mi mano forjará en tu frente el frío,
y la hora gris, cometa de hielo,
colocará en tus ojos dos centavos.

Antes, como ahora entre los fuegos,
fuera de la flama incorruptible
y los humores blancos que se pierden,
más allá del cúmulo silente
y los truenos desbocados,
se desprenden los pétalos y las órbitas,
desde el último horizonte triste.

Nace de tu beso un trono de brasas,
fugaz pero certero como el dolor
y el hambre de los perros que me ladran.

En la sombra y en la soledad empiezan los caminos
porque la luz sin ti se extingue
como el agua que bajo el puente se hace agua,
y en lugar de echar abajo las paredes
nos secamos sin brillo como dos flores gemelas.

Hay que partir, lejos del mismo barco,
el uno y el otro con rumores de selva y de desierto,
lejos de la sombra del mismo astro,
sin señales de humo y agua.

Sé que me voy.
El ser no lleva más remedios
que las raíces de las horas, las fechas de las nubes,
el atisbo solidario de los montes.
¿No habrá un amanecer de piel fuera de los harapos?
¿Y una silla que me sostenga
cuando ya no me levante?

Mi amor reluce y brilla en las penumbras del infierno,
y tu amor se da la vuelta y se va lleno de sarna.

Queda en mi interior una región llena de huesos:
un día crecerá en el centro de la luz
un árbol con hojas azules,
para dormir cubierto de lágrimas de frío.

Con la piel rota, la voz rota y las palabras rotas,
nada queda y nada también es igual que otras cosas:
tu adiós incendia mi estadía
en ciertos elementos de tu ausencia:
porque no siempre dueles:
a veces aniquilas
y arde la llaga de tu sombra
en la sangre que rompen están líneas.

No habrá más siglos por delante
y sin días no habrá por quién beber
vómitos de meses inútiles,
que se pierden sin nomenclatura,
y en los que el sueño es parte de otros mundos.

Hay que dormir sin voz, sin ojos.

Se duerme hacia atrás,
más allá de los comienzos, morir y no nacer,

y hallarnos, ni adentro ni afuera
en el camino que aún no queda
al otro lado del espacio y del tiempo.
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