jueves, 22 de octubre de 2009

XXIII

Eres borde de lo que nunca alcanzo,
la llamada ahogada que me encuentra en pie,
el sordo despertar que me aniquila,
la piedra de los hombres, los poderes.

Tanto siglo ardoroso celebrado,
llega pero también se va más tarde;
necio vivo, pecado vacilante,
honda cruz se levanta y que me hiere.

No estás, te has ido para el nunca ahora,
y ni siquiera piensas que has de volver;
conmigo jamás, ni a mis cercanías,
tu aroma ronda mis regiones siempre.

Pero no me alcanzas para decirte
que está bien, que te quiero en el recuerdo
y nada más que en el instante ocaso
cuando la tiniebla se hace en mi día.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como brisa salada, tu sombra queda,
el carbón enrojecido se apaga, lento,
sobre un día que no amanece, inerte,
bajo la mano de un cielo,sí,azul.

Las arenas como hormigas se remontan,
enfiladas se ahogan en la ola de tu nombre,
el mar también es una piedra dolorosa,
y la nada, aun queda.


Ha caído tu cuerpo, y tu recuerdo agoniza,
pero no te vas, siempre regresas, como ave,
de mi mano jamás saldrá tu nombre,
y tu boca me ha sepultado, en tu silencio.

No hay grito que nos reúna,
ni la oscuridad que nos invoque,
cuando el día muere, te pierdo,
vuelvo a ser libre.