sábado, 31 de octubre de 2009

V YO



Todo cuando y son entonces sé
que con tres son más en dos y fe
pero nada porque acá ya no
a veces sí, acepto ser ya
todo cuando y son entonces sé.

lunes, 26 de octubre de 2009

SUS JE-TO CRIS

Rompo a volar el movimiento quieto
de los oscuros Lázaros yacentes,
y las pupilas muertas y vacías
se yerguen y abren para ver la niebla.

Aquí mi planta perseguida queda
y lloro en mi constelación de llanto,
y ya no hay voz que traiga el viento puro
hasta la sombra breve de mi alma.

Crece sobre el fondo gris de los mares
la ausencia del camino sobre el agua,
y caen desde las velas los jirones,
tus besos de sal, tus ojos de arena.

Vuelve al monte cautivo mi plegaria;
y el asiento de miles sofocados
de inmediato no sirve para nada,
ni el vino salva el rato de la muerte.

Así te amé y aunque te amé presiento
el martirio del cuero y del madero,
y lamento el naufragio de tus ojos
fuera de mi sangre y la penumbra azul.

Por eso no regreso, Magdalena,
para ahorrarte el capricho de las piedras,
y porque ser feliz contigo, al final,
no fue sino una historia que inventamos.

A FALTA DEL AMOR

Porque al otro lado, desde el rincón oscuro
en la frontera de nuestra distancia
la habitación nos mantiene pendientes de la presencia
del uno, que soy yo, en ti, y tu de mí.

Apenas te presiento,
la penumbra me niega tu cuerpo,
pero la estancia me trae tu voz
como una corriente lenta que al final me llega:
te oigo decir “lo acepto”,
y lo que me dices en verdad
es que mis ganas, el deseo, el hambre que te tengo desde siempre
son circunstancias que algo en ti ha traído y me corresponde.

Sales, naces del manto de la noche desnuda,
apenas iluminada por la lumbre de mi cigarrillo,
desde donde nacen, también,
nubes de un cielo que es sólo nuestro:
siempre fue mejor que dos cabezas,
juntas en la almohada,
recorran los bordes de los labios, las lenguas,
siempre fue mejor los dedos, las manos,
la caricia siempre eterna del recuerdo
que me estremece todavía a pesar del abandono,

y la infinita soledad que me dejaste
firma en mi pecho la constelación de tu ausencia
como la certeza de la muerte que un día llega
y que en mí se adelantó sin tu caricia.

ARTE POÉTICA



Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

ANTELACIÓN DEL AMOR



Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o acallamiento
serán favor tan persuasivo de ideas
como el mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis ávidos brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo,
me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes,
Arrojado a la quietud
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré por vez primera quizás como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo
sin el amor, sin mí.

ALGUIEN



Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.

Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.

Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

LA BUENA TINIEBLA



Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
de modo que si sobreviene
un apagón o un desconsuelo
es conveniente, y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

entonces las paredes se acuarelan
el cielo raso se convierte en cielo
las telarañas vibran en su ángulo
los almanaques dominguean
y los ojos felices y felinos
miran y no se cansan de mirar

una mujer desnuda y en lo oscuro
una mujer querida o a querer
exorcisa por una vez la muerte.

QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO



VUELVO / QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO
CON MI PEOR Y MI MEJOR HISTORIA
CONOZCO ESTE CAMINO DE MEMORIA
PERO IGUAL ME SORPRENDO

HAY TANTO SIEMPRE QUE NO LLEGA NUNCA
TANTA OSADÍA, TANTA PAZ DISPERSA
TANTA LUZ QUE DA SOMBRA Y VICEVERSA.
Y TANTA VIDA TRUNCA

VUELVO Y PIDO PERDÓN POR LA TARDANZA
SE DEBE A QUE HICE MUCHOS BORRADORES
ME QUEDAN DOS O TRES VIEJOS RENCORES
Y SÓLO UNA CONFIANZA

REPARTO MI EXPERIENCIA A DOMICILIO
CADA ABRAZO ES UNA RECOMPENSA
PERO ME QUEDA / Y NO SIENTO VERGÜENZA /
NOSTALGIA DEL EXILIO

EN QUÉ MOMENTO CONSIGUIÓ LA GENTE
ABRIR DE NUEVO LO QUE NO SE OLVIDA
LA MADRIGUERA LINDA QUE ES LA VIDA
CULPABLE O INOCENTE

VUELVO Y SE DISTRIBUYE EN MI JORNADA
LAS MANOS QUE RECOBRO Y LAS QUE DEJO
VUELVO A TENER UN ROSTRO EN EL ESPEJO
Y ENCUENTRO MI MIRADA

PROPIOS Y AJENOS VIENEN EN MI AYUDA
PREGUNTAN LAS PREGUNTAS QUE UNO SUEÑA
CRUZO SILBANDO POR EL SANTO Y SEÑA
Y EL PUENTE DE LA DUDA

ME FUI MENOS MORTAL DE LO QUE VENGO
USTEDES ESTUVIERON / YO NO ESTUVE
POR ESO EN ESTE CIELO HAY UNA NUBE
Y ES TODO LO QUE TENGO

TIRA Y AFLOJA ENTRE LO QUE SE AÑORA
Y EL FUEGO PROPIO Y LA CENIZA AJENA
Y EL ENTUSIASMO POBRE Y LA CONDENA
QUE NO NOS SIRVE AHORA

VUELVO DE BUEN TALANTE Y DE BUENA GANA
SE FUERON LAS ARRUGAS DE MI CEÑO
POR FIN PUEDO CREER EN LO QUE SUEÑO
ESTOY EN MI VENTANA

NOSOTROS MANTUVIMOS NUESTRAS VOCES
USTEDES VAN CURANDO SUS HERIDAS
EMPIEZO A COMPRENDER LAS BIENVENIDAS
MEJOR QUE LOS ADIOSES

VUELVO CON LA ESPERANZA ABRUMADORA
Y LOS FANTASMAS QUE LLEVÉ CONMIGO
Y EL ARRABAL DE TODOS Y EL AMIGO
QUE ESTABA Y NO ESTÁ AHORA

TODOS ESTAMOS ROTOS PERO ENTEROS.
DIEZMADOS POR PERDONES Y RESABIOS
UN POCO MÁS GASTADOS Y MÁS SABIOS
MÁS VIEJOS Y SINCEROS

VUELVO SIN DUELO Y HA LLOVIDO TANTO
EN MI AUSENCIA, EN MIS CALLES, EN MI MUNDO
QUE ME PIERDO EN LOS NOMBRES Y CONFUNDO
LA LLUVIA CON EL LLANTO

VUELVO Y PIDO PERDÓN POR LA TARDANZA
SE DEBE A QUE HICE MUCHOS BORRADORES
ME QUEDAN DOS O TRES VIEJOS RENCORES
Y SÓLO UNA CONFIANZA

VUELVO / QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO
CON MI PEOR Y MI MEJOR HISTORIA
CONOZCO ESTE CAMINO DE MEMORIA
PERO IGUAL ME SORPRENDO.

ESO DICEN



Eso dicen
que al cabo de diez años
todo ha cambiado
allá

dicen
dicen que la avenida está sin árboles
y no soy quién para ponerlo en duda

¿acaso yo no estoy sin árboles
y sin memoria de esos árboles
que según dicen
ya no están?

ENCARGO



No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel seas tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dalos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforo y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.

MI SUFRIMIENTO DOBLADO



Y también no estar triste,
no crecer con las fuentes, no doblarse en los sauces.
Ancha es la luz para dos ojos, y el dolor danza
en los pechos que aceptan sin flaqueza sus fríos escarpines.
Y no decirte ni lejana ni perdida
para no darle razón al mar que te retiene.
Y elogiarte en la más perfecta soledad
a la hora en que tu nombre es la primera lumbre en mi ventana.

BOLERO



Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.

LOS AMIGOS



En el tabaco, en el café, en el vino,
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.

Livianamente hermanos del destino,
dióscuros, sombras pálidas, me espantan
las moscas de los hábitos, me aguantan
que siga a flote entre tanto remolino.

Los muertos hablan más pero al oído,
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.

Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra.

sábado, 24 de octubre de 2009

ÁFRICA




Un árbol enorme en que la noche cuelga
sus despojos tristes, su luna abierta,
un rosal de estrellas que vuelan en la nada,
el grito que ahoga su fiereza inmunda.

La sombra abre sus ríos
como espadas que rompen el alma de la tierra,
con su rumor remoto que socava
su laja de odio, su escarabajo de muerte.

Ardiente y sólido exterminio,
oh! páramo sin voz ni sombra,
presa del antílope que tiembla,
que pasta su muerte en un instante vacío.
Recorre el viento su estancia infinita.
Unos diamantes se deshacen en piedras tristes,
crueles cristales carcomidos por el polvo,
desafíos de unas alas que baten la corteza de los días.

Quizá el colmillo que tiembla como el vidrio:
una batalla que la tierra gana sin tus manos.
Huella que tu cuerpo prende en el fuego,
quiebra el sueño, la mentira, el desafío.
El mundo nace cuando el león que ruge parte.
Destino del hambre, sin su coraza de flores lánguidas,
como una boca de sal, unas alas como brazos,
un torbellino azul de frío, un esqueleto que respira.
Mar de espinas, mar de huesos, mar de lágrimas,
sin dientes o espumas de cartón, o de miseria.
Olas que son la luz de la selva inexistente.

El obstáculo que pone su hombro de carbón,
(horizonte que mi mano toca con sus uñas rotas)
tiene un corazón de plumas derrotadas,
unas frutas con alma gris de sangre,
pupilas que a lo lejos se quiebran desde el sueño.
Rosadas son las crestas de los grillos cuando cantan.

Tu amor late en la vibración de cada junco.
Cuerpo que regresa con su paladar de fuego.
Es como un faro la soledad que el trueno destierra.
Una cristalina lámina de piel que ladra.
Choza que vence la hoguera que se extingue,
sin rocío, sin insectos de élitros de perla.
Paredes descolgadas del tiempo que se extiende
y tala con su alma de barro y de madera
el manto del cielo, su cuerpo de acero.
Oasis que encierra su cuerpo de agua con cadenas,
ronda con barrotes de troncos y agujeros
el camino, la víbora, tu vientre.
Desierto y pálida solaris,
con frutos heridos, desterrando con la sombra
su portal de nube negras y silencio.
Mancha que tu boca cuando besa engendra.

Pájaro y desierto que vuelan agotados.
De tal manera huyó tu boca viva.
Aire que destierra los ríos de sombra,
fluye con su costra de calor y humo,
sin amor y sin pena.
Costas vacías, sin mordidas, sin dientes.
Ni el engaño rasguña los huesos.
Fronteras que se pierden sin estrellas.

El calor del desierto es tu pelo.
Ocaso de sombras naranjas y violetas.
Es la soledad de tu costa un marfil pleno,
un pezón abandonado que se ahoga,
lunar duplicado de arrugas y muerte
que deshace tus senos en dos alargadas gotas.
Siembra una hilera de hormigas sin hojas
tu vino, el agrio paladar, semillas de carne,
mejilla de cristal y bordes de agua.

África se mueve en un espejo de tormentas.
Fuente de perros que se ríen con desgarros,
Ríos que siguen los rastros que rondan la tierra.
Incendio de la brisa, borde de cenizas,
corre, a veces, con su agotada lumbre;
asienta sus pupilas cuando llora.

Tu nombre es un cuerpo de arena
que se extiende con el viento.

Tus ojos dos estrellas que la oscuridad se bebe
sobre la marea opaca de tu frío rostro.

Y la pequeña piedra y tu celeste infierno,
hiere mi planta, a cada paso cuando avanzo.

viernes, 23 de octubre de 2009

EL HOMBRE EN LA MAÑANA

Sabrás de mí por la mañana cruda,
luz de la inconstancia, del rito absurdo,
más de voluntades, celestes cantos,
cómo mueren los ríos por la tierra,

se seca la lágrima de la arcilla,
como una fuente que se yergue yerta,
campos desolados, sombría ruta,
me da la voz que nunca he conocido,

es el vapor, la soledad inquieta,
el agua de la lluvia que se pierde,
la amalgama cargada de la nube,
el cielo oscuro en partes dividido,
me digo, como un eco extinto y mudo,
todo es una sombra memorable
de donde nacen, negras, otras sombras,
otros mares, islas abandonadas,
un muro de horror te circunda a veces,
todo lo que tu mano toca sangra,

el cristal se rompe, todo sucumbe,
en una hora que es también lejana,
el muelle de tu seno en mi garganta,
la flor que se decanta en tu presencia,

clausuro los balcones, doy por cierto,
la luz que mana de la antorcha es falsa,
son tus ojos azules que son negros,
los fosos del abismo sin cuidado,

agua, manantial perdido, muralla,
castillo, luto de la yedra, espina,
tallo herido, fondo del mar partido,
voy vacío volando un vuelo en vano,

lámpara del sol, piedra calcinada,
río que alimenta el recodo intacto,
el áspid que se arrastra por tus muros
es una daga sin filo que hiere
la roca tallada

bajo la tierra
está colmada la raíz del miedo,
el carozo no sale a ver el día,
la lluvia gris no llega a la corteza,
nada nace en la pampa, es imposible,
la sed colma los lagos vacíos,
es hora ya de hablarte seriamente

te vas cuando la caricia propaga
las yemas de unos dedos transparentes,
la palma de una mano busca el faro,
el ojo intermitente de tu cuerpo,
la piel cabal de tu espalda, tu espina,
y nada logra en ese recorrido,

el viento abre las puertas de los vientos,
y entrega el mar su cuota penitente,
feroz espuma que desborda el mundo,
lleva la bruma de tu piel tu cuerpo,

es como si no estuvieras cuando estás,
pero un ardor recíproco se anida
en el vientre salino de tu costa,
entonces sé que no eres invisible,
no sólo renaces en mi memoria,
que puedo verte clara y despejada,

lo intento, pero inútilmente caigo,
y no hay valor para seguir andando,
cada paso es una montaña ardua
que se desvanece en una cantiga,
pero sabrás de mí por la mañana,
una ventana se abre siempre al alba,
la última estrella cierra el párpado
de la inmensa noche que al fin se duerme,

deseo ir más allá y estoy cansado,
deseo ir más allá y siento pena,
ya nada queda en pie, se agota el árbol,
la paz enfrenta el último martirio,

que estoy sin ti es cierto, todo es cierto,
el tiempo marca un paso en lejanía,
pero no me importa que te hayas ido,
puedes ser otra, yo no sé tu nombre,

baja tu mirada, marea baja,
sube la marea desde la luna,
hasta el incierto alfabeto del cielo,

me voy y ahora mi camino es otro,

al fondo del espejo un hombre mira,
perdida la silueta de su sombra,
y da la espalda al otro de este lado,
me voy cantando junto al sol prendido.

jueves, 22 de octubre de 2009

I

Con este paso lento y atontado
Con que la vida anuncia su partida,
Tomé su cobre mano adolorida
Como un cristal de sol entre mis manos.

Era así, luego, cándido mi vuelo,
Entre tu faz de dulce atardecida,
Que con mi voz mi arrullo adormecía,
Tu piel hasta la punta de tus senos.

Pero una luz que habita al otro lado
Sin un cómo y por qué, de un solo tajo,
Cortó el hilo de plata que me ataba

Sin ocultar el dolor que me presiona,
La vaga oscuridad que me devora
Esta apagada vida que se acaba.

II

La brisa con tu pelo se embriagaba
De la dulce espesura de la espuma
Y oculta tu figura entre la bruma
Ve, muda, esta mirada que te apaga.

Poco a poco vas siendo ese fantasma
Que arma su sendero de playa y luna
Y tanto huella, arena y alma esfuma
La estela de mi amor que ahora es nada.

Atrapa, entonces, tu silueta herida
Del cáncamo fundido en piel y ola
que lejos de mi mar tu brizna ahorca)

La voz que bruta y por la sal partida
Me dio al besar tu piel, caballo alado,
Mi terco paladar equivocado.

IV

El tacto ceñido a la piel que abruma
La queja fugaz que el dolor no inventa
Se entrega completa y silente a la saliva
De tu pecho tu pubis y tu boca.

Gástame la sed,
Derrama sobre mí, cálida la fuente
En la memoria cállame los besos
Con cantos, con sueños
Seré tú, seré yo,
seré los dos al mismo tiempo,
pero duerme, así sabrás que no te miento.
Sola, despojada
Ciñe la mano el talle
Que bajo la luz de tu piel se pierde.

LOS TESTIGOS

Escribo.
En lo que trato me condeno.
Y veo en cada palabra
una ruta de mentiras, a veces verdades.

Adivino mi camino
y el final quizá no llegue a verlo.
Sé que la dama que me insomnia
llegará cuando yo haya perecido.

Lo malo no es pensarlo, es saberlo.
Así será:
el valor me traiciona, el miedo me invade,
me caigo y en ocasiones me convenzo
y ya no siento nada.

Sé también que al otro lado están sus ojos,
sus vivos ojos y sus manos.

Me iré pero mis letras quedarán
entre sus ojos para siempre.

LA FUENTE

Lo mismo da que sea agua o panes.
Nada cae, el silencio y la penumbra,
las manos crecen hasta la punta de los dedos
mi cuerpo aquí, tu cuerpo al otro lado;
en una fuente aparece el mundo con tu nombre,
con tu piel y mis ojos en tus ojos.

A veces, en las noches, se extienden nuestras raíces
Y los párpados se cierran
y las flores se cierran
y la oscuridad se cierra
cuando aparece la mañana.

Nada hay de lo que pude haber tenido,
Sólo el cielo me cobija
Y mi voz se pierde si te llamo inútilmente.

También se cierra el horizonte
o se agota en la continua angustia.
Por eso el día huele
y es como todo lo que nos espera.

He de creer que puedo hallarte
pero creo también que el tiempo es ilusorio,
nada comienza si no estás
cubierta de panes o de agua.

XVII

Testigo soy de la faz de la piedra,
mullido fin sin horizonte siento;
encuentro, busco, desapareciendo
como los umbrales: lo cotidiano.

No quedan ya ni ríos ni lágrimas
lejos de la distancia que separa
el cristal, la gota, el alma de un manso,
el rencor, la corriente, la tristeza.

Tala mi piel el agua condenada
y surca fiel la sangre en las arterias;
me inclino, bajo, desciendo y me acuesto,
me quema el vuelo de una mariposa.

Entonces si tú fueras yo sería,
y se levantaría parte de mí
y tocaría lo menos profundo
para evitar la luz en pleno miedo.

XXIII

Eres borde de lo que nunca alcanzo,
la llamada ahogada que me encuentra en pie,
el sordo despertar que me aniquila,
la piedra de los hombres, los poderes.

Tanto siglo ardoroso celebrado,
llega pero también se va más tarde;
necio vivo, pecado vacilante,
honda cruz se levanta y que me hiere.

No estás, te has ido para el nunca ahora,
y ni siquiera piensas que has de volver;
conmigo jamás, ni a mis cercanías,
tu aroma ronda mis regiones siempre.

Pero no me alcanzas para decirte
que está bien, que te quiero en el recuerdo
y nada más que en el instante ocaso
cuando la tiniebla se hace en mi día.

FATALIDAD

Fatalidad, saberte siempre mía,
y un copo de algodón tu ausencia innoble,
empaña cada intento de mis ganas,
para saberte entera limpiamente.

Nada más, al parecer, puedo esperar,
pero de ti depende mi existencia.
Extensos campos se tienden perdidos:
sudores necios con olor a semen.

Caigo. Cae conmigo el día, la nada,
la ciudad se cae desde los cimientos,
y tus manos también caen dentro de mí,
me abren en dos para soñar tu hastío.

Pero sos amante y un día vendrás.
Regresaras a la fuente de agua y pan,
demoliendo mi camino, mi gruta:
el nido para ser como animales.

URNA

Fui, como la ruina del carbón,
la pálida voz que derramó
sobre mi vieja piel la mina.

Fui, dentro de la canción mejor,
el eslabón que desunía
el fondo gris, la melodía.

Pero fuiste, tú, mi amor,
la que encendió y ardió mi vida,
y flores secas y cenizas.

Solución Salina

Caía una hoja en el muslo
Del suelo bañado de tejas
Y ayer un pedazo de nada

Moría sin fin en el aire
El agua corría una mancha
Vacía se hacía un instante

Crecía el ardor de una espalda
Los afanes del muro feliz
Mientras aquí y allá miraban

Subía hasta ayer el implante
La esfera mortal de tus senos
Las penas, azules y verdes

Caía la luz de las sombras
Del tiempo sus fauces abría
Colgantes el par de tus mamas

Moría de frente al ombligo
Mi boca sutil se tragaba
El rastro de un soplo de fuego.

Crecía feroz cuánta muerte
Al minuto fugaz del cartel
En la cera del sexo solar

Subía contar la marea
La espuma y la leche cortada
Comían mis ojos de infante

Caía de nuevo una hoja
Al muslo del suelo bañado
De tejas y ayer un pedazo

De nada moría sin fines
El aire y el agua corrían
La mancha vacía se hacía

Cortaba la lona la luna
De rayas pintaba la noche
Nada más ausente que tu piel

Lejos profundos abismales
Tiñen y tañen en mi boca
Salobres de pasas y ubres.

miércoles, 21 de octubre de 2009

TRATADO DEL ÍNTIMO AMOR



Yo, que un día estuve junto a ti, derramando besos y lágrimas debajo de los pétalos y las puertas, donde los pasos eran un mármol de incansable espuma hacia la sábana y eran vitales las fuentes donde las caricias calcinaban su propio vacío de sudor y pozo, hostigué tu sangre hasta el odio más querido que hubo entre dos seres que se amaban.

Desangrado de las cosas verdes y ocres del campo, de la espiga que tuerce su tallo con el viento, lleno de la íntima pesadumbre que da el hastío, empiezo por mecer mis venas en la cuerda que salta un día y otro sobre las hojas secas del abandono, y agito la fusta en mi espalda para que el eco te alcance en la mañana, ante el espejo de cristal y de tu alma.

Yo, que te detuve ante el canto crepitante de la leña y lastimé la rosa leve de tu vientre y apagué mis ojos para verte de un modo equivocado, creo en la corriente que ha de levantarte, que, lejos de mi voz, ha de ser el líquido alimento de la danza, la huella que tu planta alienta hacia el horizonte, el mar que vaga sobre el mar que viaja sobre el mar que canta.

Lejos de olvidarte, dejo en mí tu mano desgarrada, tu aliento de musgo y brasa, la curva que me abrió tu musaraña. Para esto doy mi fe de calle, de mendigo, te doy mi don de perro, mi olor de alfalfa que huele, tras los muros, al fermento del amor que fue mío y que aún emanas.

Yo, el errante vagabundo que en los sueños se pierde cada noche; yo que no aguanto demasiado, que me canso de las presencias y las compañías, te pienso. Ahora que has aprendido a abandonarme deseo serte, andar por ahí sin verte ni mirarte, sin buscarte. Pero soy la espera que fugaz te va a regresar, aquí, como a la espina de un caballo, una alforja vacía y desolada.

Yo, que ya conozco cada parte de tu cuerpo, que bajo el manto gris de la mañana descuelgo las últimas estrellas de mi alma, te recuerdo. Rememoro la caricia primigenia que te dio mi mano, la apretada sujeción de las yemas de mis dedos en los pezones vino de tus senos, la sed hurgada que calmé en la miel de tu vagina. Alguna vez te profané. Fui la ceniza en la que tu gemido se hizo dueño de mi gozo.

Yo, que te toqué indiscriminadamente, que con la algarabía de mis dedos hice saltar tu clítoris entre ese mar de pieles replegadas, que pulsé tus paredes estriadas; yo, el mismo que palpó tu lomo de animala encabritada, sedienta de placer, de sexo, tengo ganas de montarte, desorbitarte el grito, abrirte las piernas, cortarte en dos de nuevo. Quiero rozar tus labios con mi falo, quiero allí sentir las papilas de la punta de tu lengua, que seas tú la vaina que me guarde y que tu mano sea el puntal que me sostenga. Quiero separarte la mirada para que tus ojos sean propiedad de mi desvelo; quiero que tu boca erguida engendre medusas en tus besos, que abras heridas azules en mi pecho, que tus dientes me devoren una luna que sonríe sobre el dolor y la sangre.

Cierra ya tus ojos y respira. Deja que las lágrimas se confundan con la lluvia polvorienta de la arena, con ese espectro de horas y de gente, con la infame soledad que da el calor y el pensamiento.

TRATADO PARA UNA CARICIA



Siempre te miré con deseos de alfajor. Verte hecha dos tapas de galleta blanda, salidas de la harina, de la mantequilla, manjar de leche entre las dos, y sobre ti, como azúcar impalpable, mi piel en una caricia revolcada; pero cada mañana la forma de la ventana se dibuja diferente. Se parte en mil pedazos la luz que traspasa el cristal; veo, desde este lado, tu cuerpo desnudo y encendido, pastando algún sueño en tu silencio abandonado. Te descubro por completo, pensando que en el sueño me pides que te despoje de esta sábana -a veces insalvable- que te oculta partes y partes de mi abrupto deseo de mirarte. Allí tu pie, destapado como ahora toda tú, me muestra tu planta llena de soledades, de unas líneas que la tierra ha arado en ti; veo el comienzo de un talón que nace en unos pliegues delicados, un tendón que sobresale bondadosamente, un sólo cartílago que se extiende como una vela, como una lona henchida de sustancias escarlatas. Lejos de tu suspiro te percibo en cada parte de esto que soy, o de esto que me va quedando: un aliento rencoroso que no puede ser más de lo que miro: un deseo exhausto que se desvanece con tu cercanía, una gana nerviosa y fatigada que se abstiene de calmar su sed en tu piel llena de fuentes, mantos, valles y montes. Oculto mi voz para que no sepas que estoy acechándote. Por eso no te llamo ni te despierto. Te contemplo desde las dunas de la cama, te estudio. Maldigo verte como una presa desahuciada. Mentalmente me impulso con tu diástole, me atrevo a reptar una caricia por tu espina, a lo largo de tu espalda, en una apacible forma de morir estremecido. Hay lugares donde mi mano se encorva y largamente me detengo a disfrutarte, porque dormida eres otra cosa. Dormida eres el Largo que maneja mi melodía, la negación del tiempo que transcurre inevitable, el párpado cerrado que me da la libertad de amarte: hasta dejo de respirar para no perturbar el movimiento de tu sangre.
Si te vieras, amarías mi caricia tanto como amo yo tocarte, pero es mi turno de cerrar los ojos, y sé que vas a levantarte. Haré que duermo, como haces tú, y ya en la palma de tu mano mi cuerpo entero será sólo una ola en tu mar interminable.

TRATADO PARA UNA HERIDA



La vela quieta imperceptible
baja, lame cuidadosamente el mástil
que apunta certero tu cielo;
y me marca el horizonte
infinita, gruesa, roja,
una gota de tu sangre.




Eras tú cuando no te conocía, y eras un pulóver de jean de interior de lana y de alborotados flecos. Eras unas manos diminutas y unos brazos que a pesar de ser parte de ti, eran también parte de una soledad anestesiada, un vacío dormido que flotaba en lo profundo de tus ojos.
Eras -más que decirte, como te recuerdo- un buzo verde, tu malla azul, un hueco que se abría en una de tus medias.
Desde entonces te quise y mi amor fue un enorme hoyo en el que pretendía hundirte, una luna marginada, un frío sangrante de lágrimas plateadas. Fue mi amor un río ardiente de mercurio que iba de mí hasta ti arrasando las calmas y las bondades, una aleación de carne y de deseos, un desesperado grito por pacer en tu cuerpo, un buscar, un encontrar, un tener -de aquella vez- todos los recuerdos que pueda de cada parte de tus besos, cada gota de saliva que rodeó mi lengua, cada paso atropellado hasta tu cama. Allí pude coronar tu pelvis de una sola forma: arrollando con mi pecho y con mi vientre un tibio campo de algodones que eran tus senos y tu vientre, abriendo en el silencio el crujido ahogado de una trama de madera, sudando firmemente cada gota, orillando el apuro y el miedo.
Una causa anterior ya lo había previsto. Una cuerda templada a través de la guitarra me había provocado; cada poro fracturado en la agonía tuvo un vínculo perverso: una ceremonia con té y con vela.
Entonces fuimos víctimas de toda oscuridad, de todos los recuerdos, de cada una de las dudas practicadas. Después de tanto seguí oliendo tu piel en todo lo que habías tocado; seguía oliéndote en mí, en la constancia de ese adiós con que mi voz se estrangulaba, en una estatua de sal que se quemaba desde el fondo de mi alma. Cuando eras tú, yo era una de tus partes: la extensión del mar con que soñabas, la espuma volcánica que me dolía, la savia semitransparente, a veces ácida, del esperma que mi sexo eyaculaba. Cuando me mirabas lo calmabas todo, no a mí. En mí te rebelabas y desbocado nada había que me hiciera desistirte: empezaba por meterme debajo de tu falda, y tu muslo, ya erizado, era una tenue capa de rocío derramado; tus fronteras circulares eran el campo que queda después de la batalla; mi piel, tu piel, los enteros bordes de tus bragas los soldados. Y yo, y el vacío, solos en esta exhausta certidumbre de mi nombre encarcelado.
Cuánto de esto queda?
Apenas una luz de púrpura cálida, una vieja y larga flama, una música exánime, una pared, un pozo, una mano que oscila, un péndulo póstumo.
Más que una vertiente de sangre pálida y rota, queda en vida mi fantasma: este halo de vapor que sube, esta rústica pérdida, este dolor que se lleva tu dolor en mi mirada.
Entre todas las marcas de mi cara te dejo esta sonrisa amarga, esta voz que se diluye, este ser que ya no es nada: me abro en dos desde la frente para calmar tu ausencia.
Te dejo lo que soy, esta nube violeta.
Pero estos, que son mis estertores, no son para gastarte, son para elevar mi herida hasta donde no pueda cerrarla. Me quedo con mi aliento, y con él mis manos, y mi cuerpo adolorido, para que estas palabras se pierdan entre los peldaños y los pasamanos del perdón, la paz, del infierno y del olvido.

martes, 20 de octubre de 2009

TRATADO PARA EL AIRE




Aldebarán.- ¡Oh! pálida estatura que llena el vacío,
venid a muerte, venid;
vos que engendráis ráfagas y remolinos
en ese cementerio de sudores
y de pelos.

Eolo.- De arriba abajo los párpados mecen mi sueño;
la calma que es poca
en este laberinto sin paredes,
el más vil, el más temible que me encierra,
en él irrumpe vuestra luminosa voz.
Valiente forma tenéis
para desafiar mi aletargada furia;
porque todo aquello que visteis caer
durante mi reinado, durante los siglos,
no fue más que un bostezo de mi pesadumbre,
un silfo campestre,
una forma invisible del cansancio:
el pesar de haber existido desde siempre;
valiente sois para deshacer mi paz,
para provocarme la ira.
Aunque viva os sepáis,
la furia que habéis despertado
es la misma que, sin saberlo,
habéis pedido que tienda
sobre vuestros despojos.

Aldebarán.- No he querido…,
no ha sido mi intención desafiaros,
nunca, soplo, levante,
…calmad vuestros cansados ojos
y sed brizna y ahogad
vuestra persecución hacia las hojas,
escuchad la piedad de las palmeras y las costas, recostad vuestra masa,
parad ya la bruta fuerza…

Eolo.- ¡Respeto! astrosa;
que no os tiemble la mengua de vuestra insignificancia.

Aldebarán.- Pero, y vos, señor, amo del aire,
sois mejor y poderoso
porque ocupáis más espacio,
y a la edad de la arena confiáis vuestra soberanía?
Dejadme que os diga
que no consiento la afrenta que esgrimís
a través de las montañas y las nubes.
Que si por vuestra voluntad se esparce el trueno,
y por vuestra voluntad se engendra el ojo maldito,
es más cierto que por la nuestra vos existís…

Eolo.- ¡Increíble gracia!
Atrevida es vuestra suerte,
y aunque dama,
no tendré compasión de vos.
Decid, por fin, qué pretendéis antes de acabaros.

Aldebarán.- Pues bien, ya que así lo habéis querido,
rugid cuanto podáis,
llenadlo todo de desastre y agua,
vaciad los mares y volcanes,
entrad en los rincones
que encontréis a vuestro paso;
borrad empalizadas y fronteras,
cremad, ahogad, daros vos las muertes
y dadnos las almas inmortales,
que sea vuestro designio la desolación y el olvido, que sea vuestra cama la agonía.
Seréis sólo el viento,
el aire entre las marcas de Nazca, de Los Tayos, la piedra en la que ruede la nieve derretida…

Eolo.- Me daréis órdenes y me sentenciaréis,
a pesar de haberos permitido expresar
de tan libre manera?
Dónde ubicáis vuestro certamen?
Dejad que mi inclemencia ateste
lo que buenamente pueda quedar de vos,
oh! suplicad y suplicad.

Aldebarán.- No, señor.
En primera no podéis alcanzarme.
Estoy en la parte que más brilla
en la constelación del toro,
suponedme, imaginadme,
no sabréis qué pasó
luego de que los cometas estallen
vuestros dominios aniquilados.
Quieto, todo es inútil ahora.
Luego vuestro ser
se mezclará con nuestra atmósfera.
Que todo rencor
que su merced pueda haber tenido,
carezca para siempre;
muerto sois, señor.


Eolo.- Porque tu voz tiene una voz que no conozco, y tu pie tiene fija la forma de dejarme su huella en el alma; porque los huesos de tu cara dibujan infinitas sombras y tu risa te convierte en fases lunares: te busco cuando no estás y cada vez que te apareces.
Porque sé que en algún lugar he de encontrarte, dispuesta, sumergida, en un párrafo olvidado, con tu rosa pálido entre hebras cobres, hilos castaños; porque se quiebra la unidad del piano cuando bailas y la onda que dibujas, cuando te despliegas, se convierte en el aliento más puro que tienen tus adentros: te siento, maldiciendo la distancia entre el tablado y la butaca.
Qué agonía verte desde lejos. O no poder mirarte si te acercas. Detrás de este dilema ya no sé ni lo que digo, o si algo estoy diciendo.
Cada sílaba es un remolino que se lleva todo lo que siento, y todo lo que siento regresa a mí en una ráfaga de aire, en una sumisión exacta hacia lo total desconocido. Si no te tengo, cómo he de hacer para encontrarte?
Cómo será romperte el pétalo, la flor ajada, el ciego contratiempo que de a poco me has de ir otorgando…
¡Oh! En cuánto desvarío se puede convertir mi vida. No sé si llegue a saberlo. Pero el tiempo está, además de lo que pudiera ser adivinado.
Acaso es este espacio todo lo que tengo?
Todo lo que necesito para estar desvanecido?
Sueño, es verdad, contraído en el afán de un simún que tu mano diera a esta piel que se retuerce y bulle cuando no retienes a tus ojos, cuando no haces otra cosa que mirarme, así, como me miras, orbital, transparente, como si supieras que me tienes encerrado, elíptica.
Entonces cada vez que eres mi ser es más inexistente, menos que un grano en el manto de arena.
Dentro de este calendario circular de olas y destellos, de música y eclipses, recuerdo alguna vez un sueño que tuve mientras era la felicidad un mar de palabras escritas con cálidas péndolas, pero al despertar siempre lo real fue diferente: con tu ausencia, tan solo algo de mí se ha ido: tú.
Después no prosperaron las cicatrices sino una sola herida: una mano resignada, una voz partida, un llanto seco y desgarrado que se multiplica en un eco silencioso, en un espejo que, abominable, restituye infinito tu destello inexistente, tu vacío, tu perdurable esencia en esta imaginaria sucesión de inventos que a partir de mí creas y desarrollas.
Y a esta hora, en la que el deseo se abate frenético sobre las formas que en tu derredor se trastornan, veo perturbada esta pasión como si fuera una locura de permanente sufrimiento: incontrolable alrededor de hálitos y campanadas.
Lejos, ahondas en mi alma a pesar del aire.
Entonces empiezo a escribirte algunos versos: versos desnudos y espesos, como el talante de mi sangre.
Necesito intensamente trepanar esta calavera que me agobia, deshacer el viento que me arrastra por un desierto solitario de limos y arcillas, hasta algún cementerio abandonado. Cielo de oscuros azules, esqueletos de árboles grises: toda visión es de luna y de muerte, por eso van estas páginas, palabra por palabra, cinceladas en amarguras; por eso muere un beso, opaco, dentro de mi boca.
Trasluce una luz detrás de la veranda y mágica aparece una silueta conmovida: eres tú y no eres.
¡Ah! ya no sé ni lo que miro, o si estoy mirando, o imaginando.
Pero así te rescato intensamente; aún como una rama deseo ser parte de algo que sea parte de ti: un lóbulo, uno de tus dedos, un cartílago perpetuo.
Qué demuda tu silencio?
Todo esto no es más que una antesala, un depósito de hábitos, una columna de amor que se encuentra sumergida.
Y hasta allá no puedo llegar; por eso te pienso y ya en mi hora final puedo establecerte como un vasto territorio: una cinta gris demarca aquel recodo que no alcanzo; se me hace que todo es parte de tu falta de nomenclatura, de lograr saber cómo eres por dentro.
Incluso adivinarte puede ser una tarea complicada. Pero tú, que sólo has de desprenderte de tu esencia para enloquecerme, dejarás que te posea ahora que me lo propongo: tu cuerpo está hecho de músculos valientes, de partes que nunca hubiera imaginado. Saberlo ha sido obra de este acercamiento cosmogónico, y en este juego que me lleva hacia la muerte puedo al fin asesinarte. Tal vez me sepas cruel, pero yo también estoy muriendo, y tú no existes, lo confieso, te invento.
Ahora tú lo sabes.
Parto en ti como una luz inicial y como una partícula de polvo. Pronto lates y tu corazón empieza a martillarme. Entonces lo encierro en tus costillas, configuro tus huesos y tus carnes; dejas de ser un hálito. Eres la transfigurada forma del vacío.
Eres la luz que dejó de ser amarga, mi estrella final, la de mi último recorrido.
A la noche ya eres el cuerpo que había imaginado y en un desesperado intento, empiezo por aprenderte de memoria. Cada latigazo de belleza va lacerándome los ojos porque cada parte de ti abarcaba diferentes universos: uno de ellos trama aniquilarme.
Desde el principio el símbolo de tu presencia habría sido el designio que ejecute este sufrimiento. Por eso pienso en otras cosas. En tocarte, por ejemplo. Empezaré acariciando aquello que por ahora he de llamar colina, porque están en tu cuerpo las elevaciones de la tierra. Luego sé, que poco a poco tendré que ir definiendo cada acto. Te nombro como si tu nombre fuera la condición que mueve las constelaciones y sea este uno de los indicios de tu naturaleza. Después, mujer, bajo a soplarte cada parte de lo que he creado. Me fundo con el llamado de tus muslos, planeo bajo y reconozco el triángulo augusto que ha de rozar mi aliento. Un florecido aroma de ático nos enmarca, el tiempo se ahoga en tu presencia de recuerdo, en la gruta que se abre de alas coronadas. Una forma transparente te envuelve y yo, que soy el aire, ahora soy un animal humedecido. De un solo rumor te lleno de caricias coloidales. No habrá más olas destruidas, más carne que tu carne, otro orín que cruce mi garganta, porque el olvido es algo que en ti se acaba.
Ahora todavía, tu voz, el reducido recuerdo de tu eco me enhiesta.
Así vienes cada vez a mí y te poseo desde la renuencia hasta la súplica y el grito.
Luego, en el éxtasis de la agonía, se devuelven a la calma los resuellos y las contracciones.
Pero llega la hora de despertar, y de morir, inútilmente separados.
Adiós, pues, mi estrella, mi lujuria; ya se acaba esta anaconda láctea, lisa, parda; abierta seas en las puertas de mi encierro.
A veces sin embargo
sobreviene un retorno, canta un ave de fronda su reclamo
.
Qué partes ocultaste
de las lágrimas del Sauce?
de mis ojos enterrados…?
Cuántas y cuántas cosas se suceden.
Próxima está la lejanía herida.
Cae la paz como un copo transparente.
Una inmaculada imagen se trastorna.
Un báculo muere desangrado
sobre este inmenso caos de incertidumbres.
El Fauno danza alegre entre las pieles,
y en medio de esta selva de sudores
cae la noche como una luz perdida,
como una ráfaga mortal, de humano.

TRATADO PARA TUS OJOS


En un principio adiviné tus ojos.
Vi que eran como un planeta, brillante y vivo, absolutamente repetido; y aunque el universo era tan sólo una masa gaseosa inexistente, supe que tus ojos debían orbitarme el alma. Luego ordené hacer cielo y tierra.
No había, ni entonces, ni ahora, cosa que se ocultara a tu mirada. Cada palmo de una mansa hectárea era tu pequeño rostro, infante, inmóvil y perpetuo. Toda tú eras para perderse en ti; por eso nunca terminé de visitarte, establecerte.
Y al fin te has ido. Quiero decir que por desgracia; porque yo no soy el mismo y extraño inmensamente el restallido de tus besos en mi boca. Seguramente tu pupila temblorosa lleva el recuerdo de mi ser que se ha perdido, y desde mi memoria trato y te recuerdo y logro atarme a tu deseo injustamente.
Manso es el atardecer que entra por tus ojos, y en ellos vive el canto de las aves mientras vuelan su retiro; y todo, mientras se detiene, se convierte en pasto y tierra, en nube y aire; y todo es tu labio y tu beso, tu mano y mi mano: cuando me miras voy cobrando un brillo esclavo y te pertenezco eternamente. Tus ojos son mi par de Dioses, y yo los sirvo como tales: agonizo mientras duermes porque invento estas maneras que conoces para amarte: cada vez que te acaricio voy abriendo un nuevo territorio y cada vez tu piel es más particular y deliciosa. Me desplazo vez tras vez sobre el espacio entre tus senos y me das el tiempo para hacer estas historias.
Te quiero como nunca te he querido: como siempre; pálida o cúprica, en la salud y en la tempestad, en la enfermedad o en la calma, tanto como quieras y más de lo que necesites. Voy a ti sin religión: la única doctrina que deseo es la enseñanza de tu sexo. Tu infinita desnudez. Las formas curvas de tus nalgas.
Tu iris grabará esta fuente que en tu boca se derrama. Más allá de esta porción de ser te doy mi alma, mi eterno amor, estas palabras. Te doy también mi muerte, mi desgarrada sed de tus entrañas, mi lengua en la penumbra de tu desolada calma.
Te amo, lo acepto, pero llegamos a mañana. Desde tu inconsciente veo como de este sueño, de mí, el recuerdo no te deja nada.

TRATADO PARA EL DESVELO


¡Ay de mí! Que el sueño me atrapa aunque yo no quiera, y lo quiero. Dormir es como ir muriendo, porque lejos de la conciencia uno pierde y va perdiendo el tiempo, tan lejano ya desde el nacimiento.
Hace calor. Las cortinas son como un fantasma inmóvil que se consume en la miseria de esta noche tibia y seca, las cortinas son y no se mueven y hay una parte de ti que se me pierde; que no se mueve y que mi mano trata de encontrar ansiosamente, que no avanza hacia algún lado como lo hiciera algún espectro vivo. Entonces, y aunque sé donde se encuentra, opto por acariciar tu omóplato y tu hombro. Hace calor, y las mandíbulas del sueño van tragándose el aire que respiro; poco a poco mi latido es más intermitente, tarda cada vez un poco en regresarme a mi pulso cotidiano.
Entonces caigo en tu pesada esfera
Como una luz opaca y verde y muerta
Y duermo, entre sollozos, alimentando mis ojos de oscuridad y lágrimas, porque en verdad no duermo y trato de engañarme. Yo aprendí a crecer en la penumbra, entre animales y figuras que nacían en los cuadros, y era tan pequeño e inocente, también tan liviano y era niño, que entre tanta selva espesa y negra supe estar anclado al miedo.
La inmovilidad le duele a uno en las costillas, a uno que no es más que uno, que nada; y más ahora que la voluntad no alcanza para detener estas ganas desangradas. Mi razón ya no se considera libre y esto multiplica el sufrimiento por tu ausencia, pero nada es eterno como el viento, ni la muerte, por eso la paciencia se siente claramente aquí, en el alma.
Hay entre el insomnio y yo un pacto: él se aferra a mí aunque indeseable, y yo toco a tu puerta cada noche. Amor que ya no estás, tú que me has abandonado, y me has odiado, y me has llorado y amado, me dueles en las manos, en estas manos desiguales que una vez te hurgaron en la sombra. Cleopatra desnuda, todavía vaga tu sangre por mi sangre, todavía soy culpable de haber entrado en ti, de haberte mordido con mi áspid. Soy culpable de haberte asesinado, y lo lamento, porque con tu muerte son otros tus olores que casi se han desvanecido, definitivamente más livianos. Tengo la impresión que lo que más percibo es el vacío, pero entre las otras cosas que presiento están, en tu cuello y en tu vientre, entre cada uno de tus pechos todavía el aliento lácteo que inventaba para consolarte.
De pronto la noche es una estancia llena de calma y las horas van pasando comunes y repetidas. Cierro a ratos los ojos pero es inútil mantenerlos y en mis párpados nace una cisura y alegres las pestañas se enlazan entre ellas. Qué hago sino pensar en lo que he de decirte?, ausente. Voy tras una edad que no preciso y una imprudencia me obliga a recordarte: porque en esta oscuridad soy el negativo de un daguerrotipo que nunca fue tomado. En esta habitación no existo, existes tú. Eres la sed que no entiendo, mi espera en agonía.
Dame, fuente de rosas inmortales,
tu vuelo de calandria
tu alma de alabastro

Dame tu espalda, la distancia rota
caricia cruel, espinas de tus brazos

Dame el cansancio puro de tu boca
Algún rastro para hallarte, un cabello, una cuna. Una gata loca.
Voy a ti como quien va a un espejo. Una superficie dura me detiene: tu voz de plata que resuena y se prolonga por los puntos cardinales de mi vida incinerada.
Voy a ti despierto, oscuro, desvelado. Pero voy presente y resignado. Pronto ya no te saludan las cornetas que plegaban el aire en tiras de flores a tu paso, es verdad, lo siento, pero en el olvido puede mi noche extender otros senderos y quizá entre esos pasos pueda ser devuelto hacia otros brazos, hacia otros besos. ¿Qué puedo hacer si he nacido solitario? ¿Quién me dice que aunque solo, he de sentirme abandonado?

TRATADO AZUL


Yo aquí vine a los límites
en donde no hay que decir nada,
todo se aprende con tiempo y océano,
y volvía la luna
sus líneas plateadas
y cada vez se rompía la sombra
con un golpe de ola
y cada día en el balcón del mar
abre las alas, nace el fuego
y todo sigue azul como mañana.

Pablo Neruda (Nace, Plenos Poderes)


Tu piel ya no es la carne perseguida que un día anhelé para mi infancia.
Tu voz ya no proviene de la caracola. Ni de alguna de las profundidades abisales en la arena, ni de los campos sembrados de olas y amapolas. Tus rumores llegan volando en las gaviotas. No se trata de desvanecerte o de amarte todavía, pero sola entre tu ausencia has deshecho el vino de mi boca; ahora mi saliva es un vulgar vinagre, por lo tanto y lo poco ahora sufro seriamente. El tacto dejó de ser una sentencia que en los días de lluvia ejecutaba entre tus piernas. Ahora me toca ejercer cualquier derecho sin necesitarte y para que se entienda no te escribo con tinta ni te grabo las palabras con ayuda de las piedras: labro el odio con mi semen amargo, ya no te siembro con mi cuerpo y no beberás el sudor de mi frente. Nunca más resignaré mis huesos al polvo. Ahora soy un ángel que vaga por los mares.

TRATADO DEL OLVIDO

Si yo te olvido no es porque se me acaba la insólita voluntad de recordarte; No. Te olvido porque ya no tengo, en mí, cabeza ni palabras. No tengo cómo mencionarte, no sé cómo llamarte.
Si algún día fuiste tú, no sé ahora cómo eres. Te me has borrado de las nubes, ya no habitas en la sal de mi memoria.
Nadie como tú sabrá lo que pasó conmigo, con la soledad y la locura; Nadie entenderá lo que ahora ya no existe y por qué amaba tanto eso que hoy es un voraz vacío.
Yo me niego a lo que una vez hubo antes de mí. Y desde algún principio acorralado desconozco los aires y las olas. Ya no creo en nuestra sangre como una antigua vaguedad de recónditas y tímidas violetas; ahora ya no hay más en nuestras venas que unos torrentes desterrados al polvo y al olvido. Nuestra historia alguna vez fue esparcida por el aire; hoy somos partículas inexistentes.
Mi ser se ha suicidado. Un acantilado cae de bruces en mi alma. Una luna aúlla entre la noche a un perro con mi nombre. Y el tiempo va desvaneciendo crudamente el tiempo. Prefiero ser, entonces, un grito constelado, un pez que nada entre cereales, una gruta abierta en el centro de la tierra.
Lo que un día amé, definitivamente se ha perdido; en la medida sin distancia, en un olor desvanecido. En este instante, cuando todo acaba y el recuerdo es un vórtice de sufrimiento todo me parece el vacío que es, y se asemeja mi hálito a una presencia trémula: tu carne transparente, tu estampa lánguida, el fantasma claro de tu muerte.
Por eso, si yo te olvido es porque...
Adiós.

TRATADO PARA UN FINAL

Después de todo algo me hace falta.
Pero ya no puedo pensar que seas tú, porque si bien te amé a través de las murallas, las piedras de esos muros que ahora se han desvanecido, decantan tu recuerdo sobre mis lágrimas y mi tristeza.
No poseo las ganas de ir a lado alguno. Me cuesta saber que ya no estás; y me cuesta, también, pensar que estas líneas no sean más que palabras, que así como se escriben pueden de un momento a otro volar e irse contigo…, que no son más que palabras, que todo lo que digo puede ser utilizado en contra mía, que bien puedo empezar a hacerme daño, abandonarte al fin sin rumbo ni remedio.
Quiero sin embargo, que un día te arrepientas, inquieto colibrí. No vivirás lo suficiente para ver cómo mi alma se deslíe, cómo con tu muerte no pueda ya escribirte para siempre.

I CAMBIA

Cambian los colores
y el trazo y cada
línea que pasas
sobre la hoja de papel.

Cambia el sentido de la vida
y lo que no es
y vuelve a ser:
la misma ráfaga
de agua y nube
y de tierra y de constante lodo.

Cambia la profundidad
de la pisada,
y el camino,
y el mundo es redondo
y todo sigue igual.
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II CASA MORADA

La casa está sucia
y las ventanas cerradas.

La casa está morada y rota.
por la parte de atrás,
el humo va entrando
como el aire que no pasa
por sus ventanas.

El calor trepa por las paredes
y se adhiere a la paja del techo.

La casa está rota, el fuego entra,
trepa y se adhiere,
la casa no tiene puertas
ni sillas ni mesas,
no tiene ni pizca de casa.

El calor funde los vidrios:
ya no hay ventanas,
ya no hay nada.

La casa no existe.

Corro, salto,
tranquilamente huyo
y no lo logro.
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III DESALOJO

Perdiendo las cosas que suelo perder,
un tren que parte con mi vida, pierdo;

si me quedara ya sólo un zapato
el día cojo no me sirve para andar.

Se van mis cosas, los objetos parten,
me voy quedando solo, sin mi casa.
Desde el portal me miran las ventanas
y yo me dejo mirar desde afuera.

Alguien ordenó hacerme la mudanza:
no importa si lo acepto, ni me muevo.
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IV LA NOCHE CÁNTARO

Espera el cofre el último minuto,
la noche desde siempre que antepone
su clara red de estrellas que se pierden
bajo la ola sur de su apariencia.

Muerde la piel su espesa raza,
flor de los sueños sin espinas:
la noche llega hasta la puerta
a partir de la sombra que se rompe.

Pero el cielo es un cristal que se duerme
vacío, a veces triste y desolado,
como una enorme huella en la penumbra
oculta en su costal de tiempo.

Viajera de su mar, nave que mece
los costados de las olas que estallan;
aparece la luz como amenaza:
la marea que invierte su estrategia.

Añade en su telar el cielo oscuro
(la piel de dos o tres manzanas puras,
sin nombres, sin los dientes y sin días)
sin frío, el terciopelo que me cubre.
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Atlante

Un Aspecto veneciano.
Se me ocurrió enseguida apenas vi las ruinas.
En medio de la histeria a nadie más le pareció. A mí la impresión me causaba otros asombros. Había estado allí, en esa parte rebelde de Italia que dejaba ver confusamente su belleza, pero me sentía absurdo en esta circunstancia porque era la primera vez que cruzaba el océano, este enorme charco azul, brutal y violento que sin compasión se había tragado un continente. La inmensidad cerraba en mi cabeza revoluciones inconfesables, inexplicables en todo caso; inconcebiblemente estaba, o me sentía, iluminado; el miedo (en cambio de la vesánica labor de las personas que dentro del avión huían de la desgracia corriendo de un lado para otro) operaba mágicamente en mí la regresión no de lo que hice hasta ahora en esta vida, sino en aquella en la que apenas era un alférez del invencible ejército de Napoleón. Creo que hasta este instante ya había entendido que, aunque era lo de menos, no podía dejar de considerar también que el tiempo era lo único importante que me quedaba. Ya no me molesté en comprender lo que pensaba, ni por qué, en esta situación, pensaba; ya que no iba a llegar, tenía que de alguna forma aprovechar el viaje que estaba realizando. Alegremente me abandoné al recuerdo que se dibujaba nebulosamente en mi memoria. La idea de que Europa estaba en un estado de convulsión justificaba la presencia del líder que nos comandaba; las largas cruzadas, aun cuando demandaban vehementes el sacrificio de la lejanía y de la muerte, alentaban la lucha falaz por la supervivencia. Habíamos aprendido a mandar sobre los Alpes, habíamos vencido a Melas, Wumser, Breaulieu, Alvinzi y Povera; testificamos el tratado de Campoformio entre otras cosas. Mil setecientos noventa y siete había empezado a ser el estado del orden dentro del caos. Prácticamente barríamos ejércitos y generales, regiones enteras olvidaban su entorno cuando de lejos oían de nuestros caballos el relincho y los cascos, y de nosotros las botas y los cantos; ya vivíamos de eso: de la libertad y la conquista bajo los mandamientos del imperio que era Francia.
En ese año la Macedonia, Dalmacia, Morea y Albania dejaron de ser el núcleo que mantenía unido desde el siglo VII la República de Venecia. De allí el intenso colorido, el recuerdo de paisajes y recorridos que nos emocionaban hasta sentir las mismas náuseas que provocaban los sacudones de la nave. Venecia Julia, como tus calles debieron ser estas calles sumergidas, como tus casas estas casas acosadas por líquenes, peces y medusas. Era así el grito de tu gente entre las bayonetas? Cierro los ojos para dejar de compararte, dulce tierra, con esta desgracia que por lo menos yo merezco, pero algo me llama desde el fondo de mi alma oceánica y los abro. Miro a un costado y me dejo embelesar: como tu torre debió ser esta que se queda con un pedazo de ala. Hasta aquí, pienso, llegó tu música, tu carnaval, Venecia Julia, tu ópera y tus máscaras; por fin tu red de agua entra por las ventanillas estalladas. Logro salir por una y voy cruzando por tu plaza y tus estatuas, y como Atlante cargo con el peso de tus aguas y soy feliz de nuevo hasta la asfixia, soy feliz de nuevo hasta que muero.

Reunión Nocturna

Estábamos reunidos casi clandestinamente.
Y digo casi porque nosotros, los que estábamos de este lado sintiendo sobre nuestros atavíos y gestos aquellos cientos de ojitos que brillaban en la penumbra, nosotros que recibíamos las luces y sus cambios, nosotros que éramos los que estábamos reunidos, sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo: representábamos una junta que debía parecer secreta, clandestina, una reunión que esperaba la consecuencia que los acontecimientos inevitablemente acarrearían a través de las figuras, risas, desidias y actos. Pero ni siquiera, dentro de esta ficción, lo que acontecía parecía verdadero, y aunque esto lo habíamos discutido tantas veces en los ensayos, incluso en los descansos y almuerzos, todavía me parece increíble que el hecho y la decisión de no modificar el argumento haya prevalecido sobre la concepción misma del arte, debido a que esa falsedad representada por nosotros era lo que mantenía llenas de gente la sala y de aplausos el ambiente, lo que a mí debía alcanzarme para estar, sino contento, con la satisfacción en calma y los bolsillos llenos. Pero en el subsuelo de este mundo habían cosas que ni siquiera los otros miembros del elenco comprendían, no se diga las personas que noche a noche iban y se sentaban con sus ropas y tocados y murmullos, convencidos de que al pagar la entrada a la función adquirían, más que un derecho, un poder para manipular, incluso durante el acto, una escena, utilizando métodos al extremo desquiciantes como un quejido exagerado o una observación hecha en susurro.
En todo caso, hablaba de la actitud del resto del elenco, sumergidos todos en una actitud conforme a la falta del profesionalismo actoral, aquel sentimiento que contiene el amor de lo estético y la práctica de lo justo para desempeñar un trabajo colorido y de buen gusto; pero como había dicho antes, había agotado mis recursos para cambiar el esquema artistico de la obra sin conseguir algún tipo de resultado. A pesar de mi desencanto, no había podido dirigir el movimiento de protesta hacia la conciencia de los demás miembros involucrados en el montaje de la obra; por último, me dije, quién era yo sino un actor relegado a un conciliábulo de mentira, solitario en todo aspecto, sometido a pesar de mi grandeza. Por eso, y sin importarme el dolor que sentía por todo esto, dejaba que el peso de la amarga verdad del arte se cirniera a través del esfuerzo que practicaba cada noche sobre el escenario. Es por eso, también, que dentro de esta farsa, dentro de este mundo de juguetes humanos, hoy, la última noche de esta representación absurda, pretendo darle a esta gente el mejor final de obra que puedan imaginar. Contrario a mis sentimientos, llevaré el estandarte y me entregaré completamente al sacrificio que demanda la actuación de verdad.
El ambiente oscurecido, los jarros de cerveza sobre las mesas, las aspas de los ventiladores girando a la mínima velocidad, el humo de los cigarros formando nubes de otro cielo, era todo parte de la obra que, junto a esta alegoría de personajes extraños, de algún modo formaban parte, también, de la otra obra, de esta obra que se había creado en el interior de mi alma y que en esta, la última noche, tendría, bajo los faroles, la oportunidad de compartirla.
En el centro del escenario estaban Carmencita, la dulce mujer que me había por fin abandonado, haciendo de Clara, y Juan Pérez, que la ceñía por la cintura (y que ahora que me la había quitado, en la intimidad, haría de las fricciones la antesala de los prolongados placeres que la Carmencita solía sentir y provocar) haciendo de Joseph.
Y están allí, nadando en la contradicción que tiene a todo el mundo conmovido, dialogan, cada uno se convence, ante el otro, del amor que se profesan, pero a la vez huyen del destino que el guión les tiene deparado.
Todos nosotros, los de este lado, sabemos perfectamente lo que va a pasar: Fernando, en el papel de Abel, resulta ser el asesino pagado por el esposo engañado y cobarde; sacará su arma y disparará contra Clara, la mujer que ha sido infiel a lo largo de toda la obra pero que al final, aunque toma la decisión de no abandonar a su marido, no encuentra la forma ni el tiempo para hacérselo conocer antes de que éste la mande a matar. Debo admitir que Joseph deja entrever en una línea bien lograda que la posible muerte de Clara le importa nada, o casi nada, y con ese breve rasgo se gana totalmente el reconocimiento de odio no sólo de la platea sino el mío, tal como debe lograrlo según lo que debe representar. No sólo tengo la impresión, sino que estoy seguro de que en la vida real, Juan Pérez muestra sentir lo mismo por Carmencita.
El público, absorto, sigue pendiente del desenlace, y mientras el final se acerca Joseph y Clara magnifican el último beso, el beso de la triste despedida, el beso que los trajo hasta aquí, hasta el encuentro furtivo que nadie desconoce y que nos tiene a todos con la atención pendiendo de un hilo. Es en esta parte donde se escucha, magnánimamente, desde la platea, el rumor de los suspiros, y se adivina, desde los ojitos luminosos, una que otra lágrima que las telas de los pañuelos absorben en silencio. Sobre los hombros de Abel se balancea ahora la obligación de sacarlos a todos de ese estado de observación, de impotente nostalgia, y pasarlos al horror del susto mediante la sorpresa. Al final del beso empiezan a escucharse al fondo unos arpegios disonantes que poco a poco aumentan en intensidad y timbre, las luces envuelven al escenario en tonos pardos y todo empieza a oscurecerse, un haz de luz ostenta halos iridiscentes y rompe en dos el ambiente y muere en el lugar predestinado al protagonista de la última acción. Violentamente me levanto y cae la silla, provocando un estruendo seco que comulga con la música en desesperación y ruido, la mesa cede un poco sobre sus cuatro patas y avanza y aprieta el pecho de los comensales que estaban reunidos clandestinamente junto a mí esta noche, casi no me doy espacio, algunas voces llegan a escucharse, en la penumbra, fuera del haz que no me apunta, extiendo el brazo, el arma, y, simultáneamente, la chispa, la descarga y el cuerpo que cae se suceden irrevocables.
Después de la detonación, allá, los que han visto la obra más de una vez habrán notado algo extraño, algo en la luz, algo que en esta ocasión les ha ocultado algo, y la verdad, ahora, parece confundirlos. Los otros, aquellos que vienen por primera vez, empiezan a aplaudir tímidamente. Luego, como gotas gruesas y abundantes, los aplausos llueven de todos lados, en breve nada los detiene, todos se levantan de las butacas, eufóricos, encantados, aplauden, aplauden.
Acá, en el otro lado, bajo las luces disminuídas, mi rostro debe tener algo de grueso, una expresión cruda.
Fernando tiene los ojos increíblemente abiertos, me mira y no entiende.
Mis compañeros de mesa cubren sus rostros con los harapos o sus manos.
Carmencita, de rodillas, aun no se ha levantado.
En el entablado, el cuerpo del actor emana mucha sangre.

La Plaza o el Árbol Rosado

El hombre de la esquina
se redobla el sombrero
pifia su pensamiento más allá de la esquina
alguien le comunica que puede estar lloviendo
se coloca el paraguas
un cuchillo le cruza la mirada
siente como una hormiga por dentro

Empieza a caminar
cambia de cuadra

El hombre de la esquina
no se pone el sombrero
porque ya no hace sol
ha guardado el paraguas
porque no está lloviendo
y no tiene paraguas
y nunca va a la esquina.


CARLOS ROJAS GONZÁLES

José Carrión no pudo volver a conciliar el sueño.
La oscuridad lo envolvía. Mamá, pensó, te acuerdas de lo que me contaste la víspera de tu muerte?, ahora soy yo el que tiene miedo, madre, ahora que tampoco puedo dormir. Fue el sueño. Creo que es el sueño, las mismas imágenes que me dijiste que habías soñado. José pensaba con la imposible mente en blanco, con los dientes, con la noche abierta, con los ojos idos y abiertos, pensaba; pensaba que mientras estaba acostado veía grises, medio azuladas las paredes blancas de la habitación, altas, que se perdían como se le perdía la mirada persiguiendo las líneas del cieloraso, los adornos floreados en las esquinas de cada módulo, el tubo de bronce que sostiene a la gran lámpara en pleno centro, con sus guindolas de cuentas de cristal y las gotas de cristal y la grande bola de cristal en su término. El grueso cortinaje ocultaba la ventana; atrás quedaban los postigos de madera, los cristales, un poco más allá la aventura de algunas horas por las tardes en el balcón y sólo cuando pudo distinguir además del brocado que la puerta labrada que comunicaba la estancia con la habitación contigua estaba cerrada (debió olvidar por unos instantes que no había otra manera de mantener esa puerta), se incorporó hundiendo las manos en el colchón. Quiso aparentar un sobresalto de pesadilla pero tendría que haber despertado recién y José ya tenía un buen rato despierto, quiso sudar y no sudaba, hubiera querido al menos estar agitado pero ese era un estado que poco a poco lo iba a ir ganando, cuando trató de renombrar todo lo que desde que despertó había visto y ni sentado ni vuelto a acostar lo pudo hacer porque no había manera de que entrara luz, ni la de la luna mientras las varias membranas de la cortina estuvieran sobre el recuadro de la ventana, no había forma de que hubiese podido ver todo lo que vio, la oscuridad lo ahogaba todo. Lo supo enseguida. La delgada luz que inundó la habitación de sombras remotas, fijas y alargadas, apareció cuando José estiró su brazo y encendió la lámpara, la pequeña lámpara sobre la mesita de noche, a tientas, sorteando el vaso con agua, de memoria, al tiempo que sin quererlo respiraba una especie de humedad fuera de tiempo, apenas el rumor del miedo lo iba ganando desde el vacío, desde la penumbra, hasta enredársele por todo el cuerpo.
La luz, aunque escasa, fue implacable. No había tal lámpara de tubo de bronce y guindolas de cristal y cuentas y bola colgada del techo, los módulos no eran más que placas de escayola que no tenían adornos floreados en las esquinas y las cortinas no eran de brocados ni la puerta era labrada, lo que sí tenía era mucho tiempo de estar cerrada. Las paredes, si bien eran altas, no eran blancas. Las cubría un verde agua gastado por los años.
"...yo estaba triste, José, y en el sueño caminaba mi tristeza. Estaba dura. Por lo menos así me sentía, dura, queriendo y no a la vez saber lo que pasaba, este andar sin nombre por las calles, este andar callado y violento que debió aplacarme, diluirme tal vez, aniquilarme, que me llevaba, que me trasladaba, andar lejano cuando presentía que me iba y lejano cuando regresaba, cuando no reconocía nada, cuando no podía saber del cielo, cuando no podía saber que era inmóvil y lejana dentro de la plaza, José, cuando en verdad era inmóvil y no había vueltas que valgan, me entiendes? Y daba vueltas y seguía andando y era inmóvil y nada, seguía ahí el mismo costado, el mismo frente, las mismas bancas, el pasto, las jardineras, el mismo árbol rosado, siempre, José, el mismo árbol rosado…".
No, madre, no entiendo entonces.
Nada había cambiado de lugar. En la habitación las sombras seguían inertes, sólo José se había movido, despacio, vestido despacio, y había salido; a las tres de la mañana las calles estaban vacías, tanto como él ya lo sabía, igual como en su sueño. Avanzó un par de cuadras y fue la misma soledad, madre, la misma igual a la de antes del despertar perdido, la misma ahora, la misma después de golpear a tu puerta, la puerta cerrada de tu habitación, la de tu vida clausurada, la que no abriste, a la que no respondiste después de la víspera de los años sin sentido desde que me contaste tu ridículo sueño, su paisaje, tu simbólica existencia que nunca comprendí, ni entonces ni en este momento ante tu puerta, madre, ni ahora diciéndote que salgo, que voy a salir, que me pongo el sobretodo, quizá el sombrero, quizá con el paraguas y me voy a caminar, un rato, no más que un rato, porque no puedo dormir, un rato por culpa de tu sueño en mi dormir, un rato en mi sueño igual al tuyo y tengo miedo, miedo de empezar a ver cosas que no existen, madre, ya regreso.
Avanzó una cuadra más, una tercera cuadra en la que cada paso lo iba deteniendo; pensaba que era una tontería la que estaba cometiendo a las tres y más de la mañana. Una vez afuera no supo por qué caminaba entre estas calles tan frías y absolutas si hasta aquí recuerdo, hasta aquí me veo parado en la esquina y el sobretodo y el sombrero que es inútil sin sol y que me lo he sacado, hasta aquí recuerdo cuando sé que hay algo más, diablos, la parte que no me contaste, madre, o que no dejé que me contaras, ya no lo recuerdo, tanto tiempo ya, el final del sueño que empieza aquí desde donde debo regresar, regresar desde aquí, desde donde estoy parado, al filo de la esquina de la tercera cuadra, desde donde no se puede saber nada, desde donde sólo se siente el deseo fuerte de regresar, regresar sin querer saber de dónde el hombre que no puedo ver, de dónde su voz traslapada desde su boca hasta mis oídos.
- Sabe? - me dice la voz que no sé de donde me llega -, de un momento a otro va a llover.
No traté de ubicarla, pero pensé enseguida en el paraguas, me cercioré que lo llevaba conmigo, que lo había sacado, que lo tenía colgado del brazo. Curiosamente también yo tenía la certeza de que en cualquier momento iba a llover, por eso debo haber salido con paraguas, era inminente desde mi habitación el penetrante olor de la humedad.
Escuché que un cuerpo se alejaba, los tacos de sus zapatos percutían en la acera despidiendo un eco sin remitente que se iba apagando a medida que la distancia se hacía más grande entre los dos, en cualquier sentido, pero más y más distancia hasta que de un momento a otro desapareció completamente. Pensé entonces que se había ido, que era el momento para ir a casa, para dejarme de tonterías, de estupideces y olvidarlo todo pero de nuevo su voz me azotó los tímpanos, poco a poco, y mientras sus palabras eran receptadas, íbame degollando el sentido, los sentidos, la paciencia.
- Usted va a la plaza porque siente curiosidad, eh?, quiere saber si es verdad que no se puede salir de ella, no?
- No!, - grité sin dar ninguna explicación, indignado -; a quién le podía importar lo que hacía a esa hora, y si así fuera, pensé, a quién le importa.
- No me importa, - dijo la voz -, tal vez en realidad no me importa, pero estoy seguro, o es la plaza o el árbol rosado; no tiene importancia, lo uno lleva a lo otro, lo mismo da, no me importa.
Después escuché el vago rumor de sus tacones alejándose nuevamente.
Di media vuelta, madre, decidido a regresar a casa, al principio como con la idea de que en verdad hubo terminado este juego absurdo de voces que le contestan a uno hasta lo que se piensa, luego se me ocurrió que podía repetirse, luego que mejor empezaba a andar, a media cuadra apuré endemoniadamente el paso, fue agotador llegar a la esquina corriendo y luego ver a uno y otro lado de la calle, de la calle desierta, ver al otro lado de la calle desierta su figura. Asustado es la palabra correcta para definirme en este instante; lo miré fijamente y fijamente y al mismo tiempo él también me miraba: me vi en él, tenía algo de mí, de oscuro (bastante de eso, supuse), vestía como yo, tenía mi mirada, no mi angustia ni mi susto, tenía mis ojos, ese abismo circular que sólo yo creí tener y que ahora me sumía, como si habitara en un espejo, en un abismo más profundo que el mío, en la seguridad insondable que aquel hombre poseía y lo mantenía convencido de que él no era yo, en cambio yo..., yo ya no sabía quién era. Lo vi moverse ligeramente, luego avanzar, caminar hacia mí. Yo estaba hecho de piedra, mis pies no respondían, ni mis piernas. Quería alejarme y sin embargo parecían fraguados con la acera. Pasó a mi lado, escuché que me decía que puede estar lloviendo, se colocó mi sombrero que lo tenía en la mano, se colgó del brazo mi paraguas y después siguió su camino; después sólo el eco endemoniado de sus zapatos alejándose definitivamente. Me armé de un valor inusual en mí, de una fuerza que hasta ese momento no me había conocido y me di la vuelta para enfrentarlo: arrojé contra él el sombrero, blandí la punta del paraguas; el fieltro se perdió en la oscuridad, la sombrilla hería mortalmente el espacio vacío; a qué gritar, me dije, a quién, a las bancas?, a los bordillos circundando el pasto?, a la plaza en sí o acaso al árbol rosado plantado allí donde debería estar la acera, la calle entera, las casas, los faroles que nunca han dejado de estar y que no podía siquiera imaginarlos ahora que mi delirio originaba un trueque de mis imágenes con las tuyas, madre encerrada de mi vida que no puedes entender que si te abro la puerta seguirías instruyéndome con la absurda muerte de tus sueños y eso no lo puedo permitir, no más, madre, no más; lo prefiero así, piensa que estarías en mi lugar en vez de disfrutar del calor de tu habitación, de la suave lana que te cobija los huesos, piensa que estarías como yo, parada en mitad de la calle a dos o tres cuadras de la casa, mirando lo que viste siempre que dormías: la plaza en general o el árbol rosado, su tronco retorcido de dolor, su copa inalcanzable, su inolvidable olor a fresas, el par de faros que vi cuando ya era demasiado tarde, no para el golpe seco a las cuatro y media de la mañana sino para evitarlo e intentar un salto audaz que me salvara la vida y no volar por los aires y no avanzar algunos metros, muerto ya, antes de caer al pavimento.
Las piernas rotas, los brazos protegiendo su cabeza intacta, a la luz del alba no hubo a quién decirle que su cuerpo fue encontrado en el portal de la casa de las altas ventanas, de cortinas corridas y puertas cerradas, apenas la garúa lo fue cubriendo poco a poco, cubriendo la escalinata, el pasaje, las jardineras y antes que a estas a las hojas, las flores, los adoquines de la acera, el asfalto, todo, todo.

Menina

"Las olas me levantaban como una pluma en un vendaval y yo experimentaba una prodigiosa sensación de fuerza y a la vez de fragilidad."
ALEJANDRA(SOBRE HÉROES Y TUMBAS, E. SÁBATO)


Al fin
cierro los ojos para dejarte descansar
y dejo que te me duermas
fuera de la memoria;
Y dónde estás
después de haberte dejado escapar?
dónde estoy?
en qué nota del alfabeto de la música?
entre que obscuros pasajes
de las cuerdas de la guitarra?
En dónde puedo hablarme
si aquí en mi centro
no me encuentro?


Pensándolo bien, pudo ser que los hechos de ayer hayan sido la causa de lo que habría de sufrir después.
La reunión en lo de Ernesto, a la que iba a ir a eso de las once y olvidé por completo, me fue recordada a la una.
Ella llamó y le expliqué que en este momento no me era posible salir, pero tan pronto, le dije, pudiera, iría. Pensé terminar de comer, pensé que era casi una hora de viaje hasta allá, pensé en el sol, en el calor del putas, que no quedaba nadie en casa, pensé que no me acordaría, que por aquí, que estaba cerca.
De lejos escuché la música, reconocí la camioneta roja, la casa pintada de blanco, los postigos grises, las puertas de hierro, negras, del garaje. Apostados en el balcón, rostros que no había visto nunca me siguieron hasta la puerta de madera.
Entré. La vi. Conversaba.
Tenía el pelo suelto. Daba la impresión de estar húmedo y despedía unos destellos rojizos que no le había visto antes. Inmutablemente conversaba.
Cuando la saludé me di cuenta que hubiera dado lo mismo no hacerlo y por un momento me molestó no haber sentido el interés que al fin y al cabo me tenía aquí. Respiré profundo y miré a mi alrededor. Hacia Ernesto, que estaba al otro lado del salón, agité mis manos a medida que me acercaba. Nos abrazamos un rato largo antes de que me presentase con sus invitados. Pude reconocer a dos o tres de algún lugar que no logré precisar. Luego quedé a la deriva, mi cuerpo se mecía en un mar de voces y miradas. Sobre la mesa, cerca de uno de los bordes, había una botella de tequila a la mitad y varios platos, unos con sal y otros con limones troceados, y en el centro aguardaba la hora fatal de la ejecución una botella de whisky, tímida, notablemente tranquila, reposada. Preví que el licor no iba a faltar y lo confirmé aun más cuando alguien me alcanzó una botella de cerveza y me brindo el fuego que encendió mi cigarrillo. Me acomodé en un sillón abandonado, desde donde la miraba y hasta donde unos ojos que no lograba adivinar de donde me miraban. No me interesaba saber de quién eran aquellos ojos que iban colmando de ardor la piel de mi cara, mis brazos; tampoco sabría qué hacer si descubría a quien pertenecían esas dos bolas incandescentes que me quemaban; lo cierto es que lograba envolverme con el manto de la incertidumbre, ese que cubre a la presa que no logra detectar al cazador a punto de asestar el golpe. Me pregunto que sentiría ella que parecía no fijarse en nadie, o en casi nadie mientras intercambiaba palabras con un tipo a simple vista mayor, cano, quien al parecer la divertía.
Entre tragos largos y copiosas chupadas, la cerveza y el cigarrillo se fueron consumiendo.
El soul volaba por todo lo alto, trepaba por las paredes, rebotaba en el piso hasta el cielo raso, se introducía en los cuadros y en los huesos. Ernesto y Láwvi se contoneaban en mitad de la sala y animaban al resto a hacerlo, pero ninguno los siguió.
De repente la vi desprenderse del diálogo que la mantenía prisionera y se acercó a la mesa. La vi servirse un tequila. Vi resbalar un pedazo de limón, revolcado en sal, por su lengua. La vi vaciar el vaso en el borde de su boca hasta estremecerse. Me acerqué del otro lado de la mesa y me serví lo mismo, pero doble. Sin mirarla metí un poco de sal en mi boca, luego el trago, luego unas gotas de limón. Logré su atención y estiré mi brazo, tendí mi mano hacia ella invitándola a bailar y aceptó. Al contacto de su mano sentí que nuestro encuentro había sido prefijado por una conciencia extraña, por una fuerza que había urdido junto a nuestros destinos este plan de encanto que había empezado a darse como si nada. De aquí en adelante me abandonaría en los brazos de los acontecimientos. Oportuna y arbitrariamente Santana se abrió paso a través de los parlantes. Primero con black magic woman, a la que después siguió gi-go-lo-ba, y entre el grito y la sorpresa, en medio del alboroto, entre acercamientos sugestivos y pases fusionados todo se fue sucediendo con relativa calma, hasta las manos juntas, los besos, el engranaje de los labios, el tictac del relojito corazón y el alma.
Así pasó la tarde, así nos fuimos gastando después junto a cantares y cuerdas de guitarra, dejando a un lado la sal y los limones, ajusticiando sin miramientos la botella de whisky.
Cayó la noche; el fin, cualquiera que sea, se veía venir. Yo no pensaba más que en ella, en que la tenía a mi lado, sobre mis manos sus manos, sobre su boca mi boca. Después creo que lo que sucedía fluía sin alguna importancia, ya dejábamos vivir al aire, ya nada iba teniendo el mismo sentido, ni aquí ni en las calles, ni para ella ni para mí; todas las cosas se veían diferente, no en esencia ni en forma, pero algo desde nosotros las distorsionaba, los autos, las aceras, los árboles; hasta la gente parecía ser otra gente, daba la impresión de que la ciudad era otra ciudad. Cuando llegamos a su casa me invitó a pasar. Cruzamos el portal, la puerta de entrada, cruzamos por el comedor directo hasta la cocina. Abrió el refrigerador y sacó dos pedazos de carne cruda, empapados en sangre, en un almíbar rojo y espeso cuyas gotas iban resbalando entre sus dedos y lentamente se iban desprendiendo hasta dejar su rastro en el piso, un rastro que nadie iba a seguir, que seguramente se perdería con un simple movimiento, una leve presión del paño para que nadie se dé cuenta ni de la mancha ni del más tenue destello de felicidad.
- Esto es todo lo que hay, dijo casi con pena.
- Se ve muy bien, respondí, pensando que en ese momento cualquier cosa iba bien.
Si de algo más hablamos ya no lo recuerdo. Como si algo por dentro se me hubiera perdido cuando antes había creído encontrarlo, la sensación de que todo iba terminando me oprimía el pecho. Vagas imágenes son las que ahora me hacen suponer el desconsuelo, la desdicha, imágenes acompañadas de frases igual de vagas pero trascendentales, cómplices de un abuso sin nombre.
Los platos se fueron quedando vacíos, la carne sucumbía al hambre lo mismo que el arroz y las patatas cuando una repentina presencia apareció a mi espalda. Un bulto humano que no pude sino ver de soslayo irrumpió en la cocina y algo dijo, algo que no entendí o no recuerdo.
Yo terminaba con el último bocado cuando, sin darme tiempo ni para las buenas noches, tan rápido como entró, salió. La escuche decir: - Es mi tío, acaba de preguntarme si vamos a demorar.
En mi cabeza, un poco fuera de foco, se dibujó enseguida la silueta del tipo cano que a la tarde la mantenía prisionera.
- Le he dicho que no, dijo.
Noté que en ella todo cambió, su risa, el gesto alegre de su mirada, el tono de su voz.
- Me estará esperando, empezó a tararear, deberé atenderlo.
Yo sentí que de aquella manera trataba de ocultar su desconsuelo.
- No tienes que hacerlo, le dije.
- Sí, tengo. Después de lo de hoy día, más que nunca.
Luego no obtuve más respuesta que un silencio prolongado.
Terminamos. Una vez los platos vacíos, creí necesario irme. Sé que no era tarde, no recuerdo si la besé, pero sí que empezaba a llover, que iba casi cayéndome, recuerdo el taxi, después nada.
Pudo ser una de esas noches impregnadas de ebriedad y sinrazones, una de esas noches en las que sin dificultad se olvidan las cosas que han pasado, pero no; no fue así, ahora lo sé. Primero fue el sobresalto, los rayos del sol rebotándome en la cara, después la idea que debió perderse en los confines del subconsciente y en cambio quedó colgando del guayabo, quedó aferrada a mis párpados para que pueda verla en la mañana, sentirla golpear en mi desnudez apenas empiece a recordar o mejor dicho reconstruir, con lo que apenas podía recordar, lo que había acontecido.
Sus palabras empezaron a hacerse piedras en mi cabeza. “Esto es todo lo que hay”, había dicho, “Me estará esperando y deberé atenderlo”, “…ahora más que nunca”; pobre, pensé mientras recogía la ropa que dejé regada por toda la habitación a la noche, en medio de tanta oscuridad: argüí que después de llegar a casa, subí a mi cuarto en donde lo demás fue lo de siempre: desabotonarme la blusa, hacer que la falda ruede hasta el piso, despojarme del corpiño y del slip.
Mientras dormía se consumó mi tortura, me decía mientras trataba de despertar por completo, y me quedé sentada, luego, en la cama con la cara sumida entre mis manos, con los codos apoyados en mis piernas. La idea me llenó de contrición durante el sueño, ella ofreciéndosele inevitablemente y él saciando sus ansias por debajo de ella y de las sábanas.
Casi puedo masticar su dolor.
No sé si llamarla, es temprano aún, mejor trato de no pensar.
Si lograra dormir de nuevo, si pudiera abandonarme en las entrañas de la inconsciencia tal vez pueda formar parte de esa vida que nada tiene que ver con la realidad.

Lilas Muertas

La botella habría sido lanzada del tercer o cuarto piso; pudo ser. A alguien debió ocurrírsele: a los que investigaron luego, o a uno de esos que en el momento no corrieron, que se quedaron parados, que tuvieron suerte de que el auto no se les fuera encima y que no les hiciera volar por los aires paquetes y bolsos, y zapatos, cabezas y brazos.
Tiempo después, se notaba claramente en el gris del cemento la enorme mancha roja que se había derramado desde los cuerpos partidos sobre la acera y que incluso había alcanzado las paredes de los comercios, los bancos, y la señal de parada allá abajo, en la esquina de la calle Alianza y la avenida Segunda. Cuando el accidente sucedió, los cadáveres quedaron esparcidos mientras el río de sangre bajaba por el bordillo y seguía por la cuneta como una trágica y líquida procesión que moría púrpura y coagulada adosada a las paredes de la alcantarilla. Lo recuerdo claramente cada vez que trato de mirar a través de la ventana cerrada el vacío, cada vez que trato de atrapar en mis ojos la luz borrosa que se observa al otro lado del cristal opaco de polvo y sollozo, opaco del recuerdo que alimenta invariable la tristeza desde aquel día en el que sin saber que era uno de esos días que llegaba con la tragedia marcada en el aire, en el lugar de los dos, en un sitio distante, Duranto prometía volver y Emma asentía con desgano su partida, porque aunque sabía que él no iba a cambiar de parecer, había notado que en la promesa de regresar había utilizado un tono de determinación tal que no cabía la menor duda de que algo así iba a terminar por cumplirse.
-…está bien -había dicho ella-, luego, pero si te quedaras otro rato…
-No puedo.
-Pero por qué ahora, es temprano…
-Se me hace tarde -dijo él sin mirarla.
En cambio ella sí lo miraba detenidamente, mientras él pensaba que lo que debía hacer era importante, que no le llevaría mucho tiempo pero drásticamente no podía dejar de hacerlo, tal vez no podía hacer que ella entienda que no se trataba de un capricho ni que quería dejarla sola, pero si bien es cierto la tarea era sencilla, lo difícil había sido esperar que Pasquel regrese, que esté a la mano para cerrar el convenio y que se firme de una vez por todas el maldito contrato.
La corbata de Duranto podía ser muy bien una serpiente azul que se le enrollaba entre los dedos y lo atrapaba voluntariamente anudándosele en la garganta. Emma, entonces, vio en el nudo mariposa la certeza de su partida. Se levantó de la cama y sirvió licor en los vasos vacíos que habían estado utilizando, luego se le acercó y desde atrás le ayudó a instalarse la chaqueta.
-Quédate -insistió- a mí no me molesta tener que sacarte la ropa.
-A la vuelta, mujer -dijo él-, prometo que al regreso harás conmigo lo que te dé la gana. Y mientras avanzaba hacia la mesa en donde estaban servidos los vasos llegó a pensar que negarse, que tomar esa actitud, lo envolvía en un aire de autoridad matizado con ciertos rasgos de importancia, lo cual le hacía bien a su ánimo y elevaba en un par de grados la calificación en la escala de su ego. Separó una de las sillas y brevemente se sumió en un profundo sorbo que acabó con el contenido del vaso.
-Otro -pidió- mientras revisaba los papeles que guardaba en el portafolios.
La mujer alcanzó a observar tres juegos de copias antes de que las guardara nuevamente. Él se levantó y se dirigió hacia la puerta hasta donde ella lo siguió con el vaso con licor. Allí, con otro solitario sorbo lo vació de nuevo y antes de salir se lo devolvió junto con un beso húmedo en la frente.
-Ya regreso -dijo-, y salió sin volverse para ver cómo junto con la puerta se cerraba también la mirada ansiosa de ella que pensaba que en ocasiones el tiempo debería ser una opción que pudiera transportarnos a los momentos en los que la espera fuera un acto mínimo, una palabra que dentro del pensamiento carezca de significado.
La mañana del viernes se había presentado limpia pero la soledad me arrastraba desde hace días hacia un desenlace que podía presentir en el fondo, pero desconocía enteramente su forma y aquello me llenaba de una angustía que reprimía conscientemente. A veces pintar me ayudaba a despejar esa nebulosa que se apoderaba de mí, pero otras veces no encontraba en las ganas de aquello la escapatoria de mi pesadumbre. Despertar ya era una tarea harto difícil: levantarme, pensar en bajar cuatro pisos, ir al abasto y hacer las compras era un sacrificio inmerecido, en fin, era algo que mi cuerpo en su totalidad no agradecería jamás; prefería quedarme acá, en el palomar, ahogando la razón equivocada con unas copas que iban aumentando su volumen a medida que me embriagaba.
Era en la habitación o, ya cansado, en el sillón de terciopelo rojo, que me dedicaba a dejar pasar las horas en espera de algo que nunca se mostraba claramente, y era justo ahí, en esa espera, que las cosas más atroces ocurrían. Me sentía esperar que los fiscales de El Proceso se aparecieran de un momento a otro y que luego de tocar, educados, a la puerta, cargaran con el señor K., pero entonces la espera se fundía en espacio y tiempo con la depresión del joven C. que alimentaba mi cuerpo, mi alma y mis ideas y desvaríos. Admito que en mí confluyen energías que no sé como explicar; sucesivamente las variaciones de ánimos y estados de conciencia me atacan y progresan de tal manera que las sensaciones que provocan esos estímulos se confunden con la aparición repentina de las fuerzas y las diluyen haciéndolas imperceptibles. De nada me servía saberlo porque el resultado siempre se presentaba en un desenlace que desconocía hasta que sucedía. Pobres gentes, como yo, llenas de inexplicables y oscuras satisfacciones. Llevo en mi espíritu fósiles que derraman el ámbar turbio de la maldad a través de erecciones mentales incontenibles, hasta los límites insospechados que los niveles del control humano no pueden contener. Quién podría atreverse a entenderme si yo mismo no podía siquiera justificar los asideros que mantenían a flote las invasiones irreales y cíclicas que me envolvían, sin considerar causas reales, justas, para el mal que me consume? Las apariciones, partiendo de los hechos, de las imágenes, se revuelven en un torbellino que origina, luego, las bases de un horrendo testimonio que la humanidad generalmente desconoce. Por cierto que se produce el rompimiento de la gravedad del ser que como tal busca en el saber la comprensión de los hechos que se suceden, cotidianos y desgraciados, desde el momento en que se arma un rompecabezas que no tiene las piezas completas. Por eso es que ahora trato de rehacerme, ahora que todo ha pasado trato de contar con las fichas perdidas para entender la visión de sangre que provoqué desde el inmejorable palco que me ofrecía la ventana del cuarto piso, cuando algo que se me escapaba me fue arrastrando irremediablemente hasta salirse de control, un control que nunca tuve porque no había una razón para el desvarío, simplemente la acción de darle paso a la posesión del sentimiento excitado de la amargura, abundante y placentera, absoluta como la nada, como la muerte, como las contracciones llenas de gozo que me invadieron al lado de la ventana, de espaldas a la pared, apretando los dientes, los puños, recogiendo los dedos de los pies, tratando de mantenerme parado, gruñendo rabiosamente y aun así queriendo no dejar escapar la exaltación que de todos modos me fue arrastrando hasta el piso duro, frío, donde los frágiles alambres de la jaula de una incontrolable risa cedieron a una suerte de arcadas, jadeos y lágrimas seguramente tan falsas como mi pena.
Al salir, Duranto iba pisando algunas hojas secas que se habían separado de las que quedaron, vitales, sujetas de las ramas, mientras pensaba que sólo Pasquel le impedía volver sobre sus pasos, mientras escuchaba en su interior, insistentemente, las palabras que Emma había utilizado para persuadirlo. Ya en la calle, se bajó del auto para cerrar la puerta del garaje. Curiosamente creyó que su cuerpo tambaleaba, pero luego, una vez dentro nuevamente, se sintió bien, sintió que nada extraño le ocurría. Avanzó lentamente por la amplia avenida, bordeada por casas elegantes, hasta la cabecera, donde lo detuvo el semáforo. Un par de veces respiró profundamente para sentir, al exhalar, el profundo tufo que el licor le hacía desprender, desde el vientre, a través de las fosas nasales. Ahora que la luz verde le daba paso, se daba cuenta de que el día podía ser aprovechado de otras formas. Al volver le diría a Emma que empacara, que se quedarían en la playa hasta el martes y ella, de seguro, que lo miraría tiernamente antes de atreverse al abrazo que Duranto iba a aceptar inamovible. Aunque podía acelerar, mantenía una velocidad moderada. Le llamaba la atención el resplandor que rara vez apreciaba. Quizá era mejor ir disfrutando desde ahora lo bueno de la vida, antes de desembocar en el torrente que ofrecían, entrelazados, el calor y el asfalto, y la prisa y la multitud, antes de quedar atrapado por las sombras que caían de los edificios en el centro. Dejó pasar una larga alameda antes de cerrar completamente la ventana. No le había importado llevarla abierta a pesar del aire que mantenía encendido en el interior, había preferido ir sintiendo, invisibles, las ráfagas de viento que le marcaban en la cara el clandestino placer que llevaba dentro, había preferido aquel viento contradictorio que parecía tener un origen diferente al de la atmósfera que lo encerraba. Así fue como de pronto empezó a utilizar la bocina, a tratar de ir un poco más rápido para no dejarse atrapar por el tráfico que de todas formas lo fue ganando, haciéndolo atender cosas diferentes a las que venía imaginando: la playa, el resplandor del día, la firma de Pasquel, Emma, el aire ajeno como la incomodidad de tanto automóvil a los lados, los semáforos y el autobús que iba adelante, al que no podía rebasar, y lo iba molestando moderadamente sin saber que se acercaba a la parada. Entonces, decidido, presionó el acelerador para tratar de llegar a tiempo, tiempo que no le dió el espacio suficiente para evitar el impacto que nunca supo de donde vino a perforarle el parabrisas y obligarlo a irse contra tanta gente que, ordenados e ignorantes del destino, en vez del autobús había estado esperando la muerte.
Arriba, la ventana se presentaba como una oscura entrada por donde la luz se filtraba como en un túnel que no dejaba ver nada, donde no se sabe qué es lo que se va a encontrar, o si en verdad se va a hallar algo, en donde entrar no significa poder salir. Me invadió, entonces, el miedo que en ocasiones me desencajaba los sentidos y el entendimiento, y me empujaba hacia el vacío. Para qué entrar, por qué; no lograba responderme estas preguntas. Era como si yo no me perteneciera, como si estuviese poseído y ni mi sangre ni mis extremidades fueran ya parte de mí. Pero luego de las noticias pude verlo todo claramente, logré encontrar las piezas extraviadas y todo lo que en ese momento me nubló se fue ordenando egoísta y cruelmente para que sólo yo pudiera conocer la profundidad en la que me sumía. Entendí que el túnel me adentraba en las tinieblas inexplicables de mi interior. Cuando parecía que las cosas sucedían a mi alrededor en realidad partían de mí, y a mí regresaban, concéntricamente, con una fuerza mayor que hacía enormes las incomprensiones y los odios. Las cosas que me rodeaban se distorsionaban: veía que el terciopelo de los muebles, el tapiz de las paredes, el armónico ronroneo del gato, todo se iba en contra de mi paz y contra eso reaccionaba, contra el inexacto tiempo en el reloj, contra el día que devastadoramente entraba por la ventana, el día que alimentaba con su luz la belleza de las lilas sobre el alféizar e iba abriendo la puerta de aquel túnel que me atravesaba el alma, que abría la puerta por donde arrojé la botella consumida y esta, a su vez, invadiendo el vacío con su cuerpo de cristal, atravesando el espacio como un cometa que sabía que su estela debía terminar en medio de la calle, causando un estallido, provocando el esparcimiento de los vidrios, pero no lo hizo, no así; se sumergió en un viaje sin retorno, para ella y para tantos, no para mí, que seguiré perdido bajo las nubes negras de esta vida vacía como el interior de la botella sin distancia volando sobre las lilas, cortando el aire, impactando el parabrisas de un auto apresurado conducido por un tipo que dejó a Pasquel esperando, que no tenía que pasar a esa hora por allí, justo por donde la botella, para no matar a tanta gente que esperaba el autobús, toda esa gente derramada y muerta como las lilas después de cerrar para siempre la ventana, para siempre muertas las hermosas lilas.