sábado, 13 de junio de 2015

BROWN SKIN BABY

NIÑA PIEL CAFÉ

Tu beso aquel dolor y la pequeña muerte que significaba perder parte de la decencia a cambio de un poco de felicidad.

No importaba cuan bien estuviésemos ni la gran noche que hubiésemos podido pasar, nunca estábamos de acuerdo y siempre, por más insignificante que haya sido la razón por la que quisiéramos comunicarnos, terminábamos cayendo en el fango jabonoso de una discusión terrible; y cuando me ponía a pensar en quién podía ser el responsable de toda esta locura no encontraba una sola respuesta y en mi mente se dibujaba un espacio en blanco en vez de un nombre, semejante a una esponjosa mota de algodón vagando delirantemente por el cielo.
Recuerdo que cuando cumplí veinticuatro años escribí lo que entonces yo pensé que era un poema, y a lo mejor lo es, pero nada de él me haría pensar ahora que fuese en realidad un poema, y lo titulé ¨El fin de mi nombre¨.  Como en aquella época salía con una chica que era prácticamente dueña de una imprenta, me hizo el favor de publicar unos diez ejemplares, los cuales no sé dónde han ido a parar.  Pero en esos días dejé uno de aquellos librillos encima de la mesa del comedor de la casa de mi madre que es donde yo vivía todavía, sin imaginar lo que ello acarrearía.  Quizá no fue mucho, pero una tarde cuando traspasé el umbral de la puerta de la entrada, encontré a mi madre llorando.
Había leído el poema y de alguna manera le dolió profundamente.  En su contexto existencial, en él manifestaba con insistente melancolía lo que yo calificaba como el descrédito del amor y el insignificante papel que mi presencia representaba en el mundo, a tal punto que al final, el resultado de tamaña palabrería recomendaba simplemente que alguien fuera lo bastante humano como para hacerme el favor de darme un fuerte golpe en la cabeza y que borrase cualquier registro de mi paso por este planeta.  Sus lágrimas, entonces, estaban justificadas.
-¿Esto es verdad? me preguntó, posando su dedo índice sobre el título impreso en la portada del pequeño panfleto.
.No, le dije de manera despreocupada, es sólo un poema como cualquier otro.
Entonces no sé de dónde sacó lo siguiente que me dijo, y que me tomó totalmente por sorpresa, sencillamente no lo vi venir.
-Hijo, cuando sientas que la inspiración te ha abandonado y creas que necesites ¨ayuda¨ para recuperarla, es mejor que dejes de escribir.
Entendí que cuando mencionó la palabra ¨ayuda¨, lo que en realidad me estaba diciendo es que no considere el uso de drogas para adentrarme en mundos por los que ya había empezado a movilizarme.
No lo había pensado.  Aunque ya tenía años escribiendo nunca se me había ocurrido, pero nunca está demás que en un momento de tensión como aquel, el consejo de mi madre se me haya quedado grabado en la memoria.
-Está bien, mami, le dije.  No tiene por qué preocuparse.
Y entonces creí que yo tampoco tenía de qué preocuparme.
Han pasado veinte años, meses más, no menos, desde entonces, y entre todo lo que pudo haber pasado por mi vida durante ese tiempo, lo que siempre estuvo aquí, conmigo, fue el implacable deseo de escribir, y para ello, lo admito, cuando decidí que a esto y sólo a esto me debía dedicar, busqué la manera de mantener encendida esta llama y la motivación que requería para poder vivir enfocado y encendido.
No siempre supe lo que buscaba o dónde me encontraba, las cosas y situaciones simplemente se daban y creía cada vez más fervientemente que era una gigantesca mano invisible la que guiaba mis pasos.  Siempre traté de hacer las cosas de tal manera que pudiera poner en práctica todo lo que mis padres se habían empeñado en enseñarme, pero allí estaba, en cada uno de esos pasos que daba, esa energía impalpable que me hacía caminar por el lado salvaje de la vida y aún así creo que eran más los hábitos correctos que ejercía enfrentados a mis más pesados desaciertos.
Tu beso nació la oscuridad.
Jamás tuve un lado salvaje a pesar de que en el fondo de mi alma lo sentía como un sueño, un sueño inalcanzable.  Para poder tenerlo hacía falta ser un maldito hijo de perra y aunque varios rasgos me confundieran y me llevasen a creer que lo era, estaba equivocado.  Sólo sentía las inquietudes normales que el conocimiento del mundo me presentaban y yo actuaba en consecuencia.
A eso me aferraba y lo único que tenía claro era que de cada experiencia lo único bueno que me quedaba era lo que escribía.  Y así sigue siendo todavía.
Aceptar la destrucción de la mente es un paso duro, sobre todo estar consciente de las consecuencias que ello acarrearía, pero ¿qué tan duro puede ser si de todas maneras lo que vamos a encontrar al final del camino es la muerte?
A estas alturas poco me importa el orden, y escribo sobre cualquier cosa, y no me refiero al tema de las cosas que escribo, que también es sobre cualquier cosa, sino que me da lo mismo un sobre, una factura, una servilleta, cosas que no tienen sentido aparente, pero luego voy recogiendo esos retazos y armo un rompecabezas como este.
Tu beso este dolor que se manifiesta cuando pretendo ser fiel, no a ti sino a mí, que es en realidad de lo que se trata cuando hablamos de fidelidad.
Somos dos caballos en las sombra y tal vez cuando te digo que he recibido una invitación para escuchar música y fumar y en realidad no sé si hasta para consumir drogas, lo único que cruza por tu cabeza es tratar de evitarlo porque quieres salvarme.  Quizá tengas la fantasía de querer ayudarme porque en el fondo piensas que puedo estar triste o desesperado o cansado, pero lo que en verdad sucede es que tengo curiosidad, curiosidad de saber si en este instante el sonido es un brillo o es también una sombra en la que siento tu mano fría y una caricia que se queda a mitad del camino, y paso días enteros dando vueltas por la casa sin poder recostarme en medio de un calor brillante que asfixia, y de allí es que nace el temor de volver al tiempo en que creí tener deseos perversos que no son fantasmas sino crueles desvaríos de la realidad que llevo por dentro, porque siempre será terrible saber que podemos estar a punto de saltar al interior de un pozo sabiendo que existe la posibilidad de no poder salir jamás de él.
Y sé que de todas maneras hay otros abismos como el de estar en esta ciudad desconocida, con un cierto amargo diluido que brota de las hojas y de los árboles, que nos envuelve y nos arrastra, a ti hacia el norte, a mí hacia el sur, hacia lugares que no existen ya, y apenas apoyamos los labios en los límites del cristal de los vasos comenzamos a ver imágenes distorsionadas que nos evaporan las caricias y los besos, pero nos carga con la lágrima pesada y transparente que se esconde tímida y cobarde a la vez, detrás de la glándula que nos condena a ver cómo pocas cosas siguen cobrando sentido mientras seguimos juntos, pero separados.

1 comentario:

Alejandro Cabrol dijo...

Un gusto volver a pasar por aquí para leerte, Gustavo. Los recuerdos, los impulsos; los orígenes y los objetivos; los afectos y la búsqueda, pasado y futuro tensionándonos y orientándonos a seguir adelante siempre con integridad y los ojos bien abiertos, saludos!