lunes, 17 de agosto de 2015

ANAÏS

Una cuerda leve en la que pendo
mientras te miro y resulta delicioso
es tu dedo que me señala con su uña precisa
es tu diente que muerde, es la palabra
pie que calza treinta y seis y el corazón
se alisa el cabello y dice hola
extendiendo la lengua de los dedos
por la única espalda que tocó en toda la noche.

Una cuerda aleve que me tira con furia
y que tirita en el extremo cada vez que la voz
mudaba de hojas y sus facciones
parecían el fondo hueso de un reloj con brazos iguales,
se parecían a la nostálgica y elocuente necesidad de jugar
a que tú mirabas mis ojos y
ninguna nube debía interponerse entre
los dos cristales que podían ser copas
o una estrategia diseñada para confundirnos.

Al fin, como un gigante dispuesto a
devorarse un volcán de piedras apagadas,
debemos entender que así es el paraíso,
una colmena, una jaula, una cama,
un puñado de granos rojizos secándose al sol cantando
que atado de una cuerda pende
mi corazón alguna vez salpicado por la tinta de tu indiferencia
y hoy, a la distancia de tu piel,
a la forma de tu boca estoy de regreso,
giro alrededor de tu mano de papel
adolescente del infierno, mi labio partido
besa tu cicatriz de carne como un río,
rápidamente se aventura y toca el borde de la lengua,
inventa algo realmente idiota o tierno,
entonces estallas entre el arco de la espalda y una mano
lenta como la distancia que es una orilla
atada a la muñeca de una cuerda leve en la que pendo.